martes, 20 de noviembre de 2007

Deslindar la frontera de la noche y no encontrar tus ojos

Deslindar la frontera de la noche y no encontrar tus ojos
querer decir palabras y sólo hablar silencios
asumido el silencio volver a las raíces,
y a golpes de latidos imprevistos asomarse a la sangre,
y en su flujo dejar que huyan los sueños.
Abandonar el camino todo
aprender a vivir en soledad hasta perderla incluso a ella
y amanecer mañana definitivamente sola.

Escrito por Musaraña
Benacazón, 29.02.1996

MIS MANOS Y MIS LABIOS Y MIS OJOS...

Mis manos y mis labios y mis ojos
rehacen
con creciente embeleso
próximo al éxtasis,
activo sin embargo,
un incesante viaje
de reconocimiento que a la vez descubre
tanta comarca donde nunca es tarde:
Aurora permanente
sobre cimas y valles.

Entre las combas y las sombras
de tu hermosura no me pierdo,
y tu nombre claro proyecta
luz muy personal sobre tu cuerpo,
que está en mi amor y fuera de
su mágico radio secreto.
Y a esa tu vida, más allá,
bajo sol y luna me entrego,
toda tú estás conmigo,
nuestro doble futuro yo lo quiero.
Jorge Guillén

lunes, 19 de noviembre de 2007

Este armazón de huesos y pellejo

Este armazón de huesos y pellejo
de pasear una cabeza loca
cansado se halla al fin, y no lo extraño;
pues, aunque es la verdad que no soy viejo,

de la parte de vida que me toca
en la vida del mundo, por mi daño
he hecho un uso tal, que juraría
que he condensado un siglo en cada día.

Así, aunque ahora muriera,
no podría decir que no he vivido;
que el sayo, al parecer nuevo por fuera,
conozco que por dentro ha envejecido.

Ha envejecido, sí, ¡pese a mi estrella!,
harto lo dice ya mi afán doliente;
que hay dolor que al pasar su horrible huella
graba en el corazón, si no en la frente.

Gustavo Adolfo Bécquer

NOCTURNO XI

Sentadas sobre un pozo alabastrino
una mujer desnuda -amor profano-
y una blanca doncella -amor divino-.
¿No recordáis el cuadro de Tiziano?

También en el nocturno chopiniano
se oye primero el cántico argentino
que nos dice las rosas del camino,
que al goce invita del amor profano.

El ave del amor borda su trino
escondida en el bíblico manzano,
y un cupidillo frívolo y pagano
apunta al cielo el chorro cristalino.

Es todo risas. Se respira un vano
perfume anacreóntico; y el vino
tiñe acaso el paisaje veneciano
como en una vendimia de Bassano
o en una bacanal del Aretino.

Un acorde litúrgico; imagino
que lo trenza algún órgano cristiano.
Es la aureola del amor divino
la que ilumina el corazón humano.

Renunciamiento, paz, quietud, lejano
son de plegarias místicas. El lino
de un cuento nazareno y peregrino
devana el dulce corazón del piano.

Y se piensa en el claustro; el vespertino
toque de Ángelus, trémulo y lontano,
un conventual jardín benedictino,
azucenas, cipreses, una mano
blanca en las sombras lentas adivino...

Pasa el encanto del amor divino.
Vuelve el triunfo del amor pagano.
Ya conoces los dos, mi buen hermano.
Pero tú no decides tu camino.
Es tan bello el amor a lo profano...
Es tan bello el amor a lo divino...
Gerardo Diego

Escrito está en mi alma vuestro gesto

Escrito está en mi alma vuestro gesto,
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribisteis, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

En esto estoy y estaré siempre puesto;
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.

Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma mismo os quiero.

Cuando tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero.

Garcilaso de la Vega

Lifting para el Ordenador

Vía Muy Interesante

La Felicidad

“La gente busca la felicidad como un borracho busca su casa, sabe que existe pero no la encuentra”
Voltaire

Truco de Magia - La carta contorsionista

Tango in the movies: Moulin Rouge

How We Met

domingo, 18 de noviembre de 2007

Las lagunas de la enciclopedia

Maximiliano estaba feliz, rechoncho con su sonrisa que se expandía de muela a muela y le dejaba a él como dueño de semejante dentadura.

Había vendido solamente un cuadro, y eso significaba que ya podía compararse con el genio de Van Gogh. Ahí estaba la causa de su alegría. Ahora, estaba seguro, su nombre iba a ser un tipo feliz de la enciclopedia.

Abrió la nevera que le servía como armario porque el motor no funcionaba y siempre conservaba los alimentos hasta donde la providencia mandaba. Tan sólo dos días y la mencionada providencia le decía que la leche era una ciénaga blanca donde sus tobillos hubieran podido repostar hasta convertirse en una estatua, y es que iba camino de mutarse en una de ellas; no vendía cuadros, vivía en la indigencia, y eso, en los artistas, son indicios.

Indicios de genialidad maltratada por un siglo ignorantón. Basilio alzó su copa de leche a punto de enranciarse y brindó por la posteridad mientras contemplaba su primera obra vendida.

De repente, se prendió uno de sus cuadros. El fuego comenzó a zampar arte ignorado, daba lametazos primero, como de degustación, y luego el plato de pintura desaparecía.

Y mientras observaba impotente la escena, supo que lo suyo sería peor que lo de Van Gogh. Ni siquiera la posteridad sabia lo recordaría y era ya demasiado viejo para volver a empezar.

La enciclopedia, desde entonces, tiene lagunas de conocimiento sin saberlo.

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La poesía no sirve para nada

LAS FORMAS DEL INSTANTE:ENTREVISTA CON ALBERTO BLANCO *Kimberly A. Eherenman -(FRAGMENTO)

¿Cuál es el propósito de la poesía? ¿Para qué sirve?

Hay muchas maneras de responder a esta pregunta. Sé que tú la formulas con una intención distinta a la que normalmente manifiestan aquellos que hacen esta pregunta. Casi siempre cuando alguien hace esta pregunta lo que está esperando es que la respuesta sea: “Para nada. La poesía no sirve para nada”. Y, en cierto sentido, tienen razón. Lo decía yo el otro día con palabras de W. H. Auden: “Poetry makes nothing happen”. Pero allí vemos, manifestado en la práctica, un ejemplo perfecto de lo que puede ser y hacer la poesía. Allí el lenguaje ya dio la vuelta. Y más que decir, “la poesía no sirve para nada”, dice, “la poesía sirve para nada, sirve para que nada suceda, hace que nada suceda”. Y esa nada es importante.

Si mal no recuerdo en la lectura que hice en La Casa del Libro de San Diego empecé citando a un maestro zen: Sawaki Roshi. Cuando le preguntaron: “¿qué caso tiene la meditación?” “Ninguno”, dijo. “La meditación es inútil. Absolutamente inútil. No sirve para nada. Pero si no haces eso que es perfectamente inútil de todo corazón, entonces tu vida sí que será perfectamente inútil.” Existe este tipo de paradoja. Podríamos empezar contestando por allí. La poesía sirve para darnos cuenta de que esta “nada” es importante.

En última instancia la poesía ofrece una misteriosa recompensa. Y esa misteriosa recompensa consiste en hacer poesía. Nada más. En el camino puede servir para otras cosas.


Puede servir para que no se nos olvide que somos misterio; que hay un lado de sombra al que no le podemos dar la espalda; que formamos parte de una red; para echarnos luz sobre las posibilidades y los límites del lenguaje; para “rectificar” el lenguaje, como decían los antiguos poetas chinos; para orientarnos (la poesía es una brújula) en medio del caos generalizado; y para lograr tener más consciencia de nuestros sueños y en nuestros sueños. “La poesía es un sueño dirigido”, decía Borges. Él lo decía de toda la literatura, pero creo que es particularmente cierto en el caso de la poesía. César Vallejo, que gustaba de ver y dar a ver “el otro lado del lenguaje” (otra forma de hablar o de tratar de definir a la poesía), decía: “Y mi madre me puso el abrigo no porque fuera a nevar sino para que nevara”. Y ella tenía razón...¡Por supuesto! La poesía sirve para que todo eso que te parece imposible, suceda.
Para leer la entrevista completa...ir a ARTE POETICA

Posted by Joel Regalado

La poesía como mecanismo de defensa

Los psicólogos hablan de los mecanismos de defensa como tretas inconscientes que se inventan los humanos para enfrentar situaciones adversas, estresantes y para atenuar el miedo y la inseguridad.
Uno de los mecanismos de defensa que se utiliza con mayor frecuencia es el de la racionalizacion:
"Racionalización: la persona se da a sí misma explicaciones que no son verdaderas, pero que le sirven para convencerse de algo y evitar aquello que le crea ansiedad, o que de otra manera sería intolerable e irracional. Un ejemplo de ello es cuando se pone el despertador pronto porque se tiene que hacer alguna tarea importante como estudiar o hacer un trabajo, y cuando suena el despertador se apaga diciéndose a uno mismo frases como: “la verdad es que no es tan importante”, “ seguro que me da tiempo a hacerlo luego en menos tiempo del que creía”....
"El poema puede ser un mecanismo de defensa real para los poetas y para sus lectores porque en ellos es posible racionalizar, compensar, identificarse, intelectualizar, reprimir, negar, adoptar una actitud regresiva, convertir en fantasía lo que se piensa, quiere, sueña o experimenta.
En este soneto vemos un ejemplo vivido de uno de estos mecanismos: el de la racionalización.

Si para recobrar lo recobrado
debí perder primero lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado,

si para estar ahora enamorado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.

Porque después de todo he comprobado
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.

Porque después de todo he comprendido
por lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado.

Autor: Federico Luís Bernárdez.
Posted by Joel Regalado

El adiós ...

No he dejado de quererte, sólo he dejado de mentirte.
por Flavia

sábado, 17 de noviembre de 2007

Hombre o mujer

Entre los elentos químicos que forman al hombre y los que forman a la mujer, sólo existe una ligera diferencia de estructura. La naturaleza ha seccionado la especie a muy bajo costo.
El Hombre y la Vida.
Jean Rostand (Biólogo francés)

Fenómeno colectivo

La mayor parte de los elementos de que estamos hechos son inmortales. Morir es un fenómeno colectivo.

El Hombre y la Vida
Jean Rostand (Biólogo francés)

El aislamiento

O se anula uno aislándose, o se envilece agremiándose.

El Hombre y la Vida
Jean Rostand (Biólogo francés)

Haga las cuentas

Hook - No use más las manos

La Posición de la Muñeca

Las Muñecas, en línea

La Altura de la Bola en el Tee

Cerveza + "x" =

Las Hierbas - Condimento Natural

Vía Cocina Lihera

Pastel de cerdo, pollo y jamón

Vía Cocina Ligera

Sardinas enharinadas

Vía Cocina Ligera

Patatas rellenas de picadillo y queso

Vía Iñaqui Oyarbide

Paté de higaditos

Vía Cocina Ligera

Tortilla de Calabacín

Vía Cocina Ligera

El placer amargo

La cerveza es la bebida social por excelencia. Debido a su carácter eufemístico de "bebida de moderación" lo mismo se la encuentra uno en un encendido partido de futbol que en una inocente fiesta infantil. Sin embargo, a pesar de su ubicuidad, la cerveza no tiende a llevarse bien con otras bebidas. Son pocas las combinaciones aceptables que se pueden hacer con ella. Recuerdo dos: la inefable "michelada" (con jugo de limón, sal y, en algunos casos extremos, chile piquín y salsa maggie, con lo que, por ejemplo, en Veracruz y otras latitudes le llaman "chelada") y el "bull" (con ron, jarabe y limón; buenísimo para sobrevivir a las crudas).

Quizá por esa naturaleza de "ajonjolí de todos los moles", la cerveza no cuenta con el prestigio, digámosle literario, que sí tienen otras bebidas como el güisqui, el ron o, recientemente, el tequila.

Otro aspecto curioso es que los contados bebedores famosos de cerveza son, en realidad, poco sociables. Por ejemplo, el rocanrolero George Thorogood tiene una canción que se llama, precisamente, "Yo bebo solo" y que empieza así: "Yo bebo solo, con nadie más, porque tú sabes que cuando bebo solo prefiero estar a solas conmigo mismo. Cada mañana incluso antes de desayunar no quiero ni café ni té, nada más yo y mi buena Budwiser, eso es lo que necesito".

Otro bebedor empedernido de cerveza era el escritor Charles Bukowski. Durante mucho tiempo fue lo único que bebía, pues además era para lo que le alcanzaba su miserable sueldo en la oficina de correo de Los Ángeles. Existe una foto, entre tierna y escalofriante, donde está tumbado en su cama y junto a él una muñeca desgreñada mientras en su regazo carga una botella de cerveza, como si la estuviera arrullando. En su poema "como ser un gran escritor", el gran Buk recomienda: "tienes que cogerte a muchas mujeres/ bellas mujeres/ y escribir unos pocos poemas de amor decentes / y no te preocupes por la edad / y/o los nuevos talentos. / sólo toma más cerveza más y más cerveza. /Ve al hipódromo por lo menos una vez /a la semana / y gana / si es posible".

En otro poema, titulado precisamente "cerveza", el autor de La senda del perdedor hace acto de fe de su bebida preferida y le dedica una verdadera oda: ""No sé cuantas botellas de cerveza/he consumido esperando que las cosas/ mejoren / no sé cuánto vino y whiskey/ y cerveza/ especialmente cerveza/ he consumido después/ de romper con una mujer… la mujer es perenne/ vive siete años y medio más/ que el hombre y toma muy poca cerveza/ porque sabe que es mala para la /figura… cerveza/ ríos y mares de cerveza/ cerveza cerveza cerveza/ por el radio se escuchan canciones de amor/ el teléfono permanece en silencio/ las paredes están fijas/ como siempre/ y cerveza es todo lo que hay.
"
En nuestro medio, un gran consumidor de esta bebida fermentada fue José Alfredo Jiménez. A él le encantaba pedir tequila y empujárselo con cerveza, lo que en términos estrictos constituye una combinación letal, que no cualquiera soporta. Se sentaba en una mesa del rincón de la cantina y se ponía a ver a los parroquianos con mirada vidriosa. De repente, tomaba una servilleta y escribía garabatos inintelegibles, que se convertirían en el germen de una canción.

Hace un par de años, en Francia tuvo gran éxito un librito de Philiphe Delerm, titulado precisamente El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida, donde mediante pequeñas viñetas rescata esas cosas que nos pasan inadvertidas y que constituyen lo que verdaderamente vale la pena vivir. Delerm afirma, entonces, que lo que realmente vale la pena es el primer trago de cerveza, "saboreamos el color, falsa miel, sol frío", y que seguimos bebiendo, como un placer amargo, para olvidar ese primer trago. Sigamos olvidando, entonces. Salud.

by Guillermo Vega Zaragoza

Jaque mate al genuino estilo androide

Vía Muy Interesante

Viaje al fondo del Zacatón

Vía Muy Interesante

Google muestra 'Android' por primera vez

El conjunto de aplicaciones para móviles que la compañía desarrolla con ayuda de otras 34 está en sus primeras fases
Pese a que algunos de sus rivales lo han despreciado en público, Google ha dado un paso más para demostrar que 'Android', su proyecto de crear un
conjunto de aplicaciones para teléfonos móviles, va muy en serio.

La compañía de California ha colgado un vídeo en YouTube, página de su propiedad, en el que enseña por primera vez alguna de las características que presentarán las aplicaciones de 'Android'. De momento no es mucho (telefonía, navegación, Google Maps y poco más) pero es una aproximación a la potencialidad que la plataforma tiene.

Y es que no hay que olvidar que 'Android' no es un software cerrado, sino un sistema abierto que permitirá a cualquier programador crear sus propios programas. Tanto confían Google y las 34 empresas que colaboran en el proyecto en dichas aplicaciones que han ofrecido una recompensa de 10 millones de dólares a quienes creen las mejores.
Ver video:
Primer vistazo a 'Android', la plataforma de Google para móviles

ELPAÍS.com - Madrid - 16/11/2007

viernes, 16 de noviembre de 2007

La Fortaleza perfecta

Vía Muy Interesante

Maldito Estrés

Vía Muy Interesante

Desde muy adentro, como si lloviera

Desde muy adentro, como si lloviera,
un recuerdo tenaz atraído de siempre por la música.
Desemboca en un piélago abisal
abotonando espumas en mi cuello
destruyendo horas de silencio
aprendiendo a vivir en otro ritmo
en otra mirada, en otro espejo.

Desde muy adentro, como si volara
suelto hilo a la cometa – inútil pasión de libertad –
para remontar gozosamente los abismos
salir a la intemperie enhebrando en el aire
ese espacio azulenco sin fronteras
resplandecer, medir la luz
perderse en la doble imagen de la vida.

Desde muy adentro, como si lloviera
Desde muy adentro, como si volara
Desde muy adentro, como si olvidara

Escrito por Musaraña
Benacazón, 10.06.1996

Gacela de la terrible presencia

Yo quiero que el agua se quede sin cauce,
yo quiero que el viento se quede sin valles.

Quiero que la noche se quede sin ojos
y mi corazón sin flor del oro;

que los bueyes hablen con las grandes hojas
y que la lombriz se muera de sombra;

que brillen los dientes de la calavera
y los amarillos inunden la seda.

Puedo ver el duelo de la noche herida
luchando enroscada con el mediodía.

Resiste un ocaso de verde veneno
y los arcos rotos donde sufre el tiempo.

Pero no ilumines tu limpio desnudo
como un negro cactus abierto en los juncos.

Déjame en un ansia de oscuros planetas,
pero no me enseñes tu cintura fresca.

Federico García Lorca

Se despereza la tristeza en mis entrañas

Se despereza la tristeza en mis entrañas
Surge con bostezo hiriente
entre gritos, empujones y lágrimas

Expira a ritmo de jadeos mi esperanza
e impulsando mi último aliento
digo adios a mis sueños.

El eco ensordecedor de mi seno
recuerda la ausencia de mis anhelos
Fluyendo el vacio por mis venas,
llenando el corazón de huecos.

Palabras de consuelo, retumban en oidos
sometidos al duelo, sordos al aliento
Vagabundean mi mente en busca de silencio.

Paz que busco y no hallo
calma que persigo y no diviso
dolor que ciega y enmudece.

ROMANA

LAS MOSCAS

Vosotras, las familiares,
inevitables golosas,
vosotras, moscas vulgares,
me evocáis todas las cosas.

¡Oh, viejas moscas voraces,
como abejas en abril,
viejas moscas pertinaces
sobre mi calva infantil!

¡Moscas del primer hastío
en el salón familiar,
las claras tardes de estío
en que yo empecé a soñar!

Y en la aborrecida escuela,
raudas moscas divertidas,
perseguidas
por amor de lo que vuela,
- que todo es volar -, sonoras
rebotando en los cristales
en los días otoñales...

Moscas de todas las horas,
de infancia y adolescencia,
de mi juventud dorada;
de esta segunda inocencia,
que da en no creer en nada,
de siempre... Moscas vulgares,
que de puro familiares
no tendréis digno cantor:
yo sé que os habéis posado
sobre el juguete encantado,
sobre el librote cerrado,
sobre la carta de amor,
sobre los párpados yertos
de los muertos.

Inevitables golosas,
que ni labráis como abejas,
ni brilláis cual mariposas;
pequeñitas, revoltosas,
vosotras, amigas viejas,
me evocáis todas las cosas.

Antonio Machado

SI TÚ ME DICES VEN

Si tú me dices ven, lo dejo todo...
No volveré siquiera la mirada
para mirar a la mujer amada...
Pero dímelo fuerte, de tal modo
que tu voz como toque de llamada
vibre hasta el más íntimo recodo del ser,
levante el alma de su lodo
y hiera el corazón como una espada.
Si tú me dices ven, todo lo dejo...
Llegaré a tu santuario casi viejo,
y al fulgor de la luz crepuscular,
más he de compensarte mi retardo,
difundiéndome ¡Oh, Cristo! como un nardo
de perfume sutil, ante tu altar.

Amado Nervo

Cuando haya muerto, llórame tan sólo

Cuando haya muerto, llórame tan sólo
mientras escuches la campana triste,
anunciadora al mundo de mi fuga
del mundo vil hacia el gusano infame.
Y no evoques, si lees esta rima,
la mano que la escribe, pues te quiero
tanto que hasta tu olvido prefiriera
a saber que te amarga mi memoria.

Pero si acaso miras estos versos
cuando del barro nada me separe,
ni siquiera mi pobre nombre digas
y que tu amor conmigo se marchite,

para que el sabio en tu llorar no indague
y se burle de ti por el ausente.

William Shakespeare

jueves, 15 de noviembre de 2007

La Salsa de los Restaurantes

Vía XL Semanal

Alhucemas - La Pasión por Freir

Nacimiento y muerte del Sol

Estructura del Planeta Tierra - La Biosfera y la Litosfera

El Destino de la Tierra

Un sueño, curiosamente no una pesadilla

Es un pueblo a orillas de un lago, un pueblo de casas de madera, sin edificios altos ni modernos, rodeado por vegetación muy verde, por bosques de enormes árboles que se alzan como despeñaderos junto al lago, en la otra orilla de este lugar que podría ser Puerto Varas o Paguipulli. Hace frío, seguramente es invierno.

Soy yo en el sueño. Quiero decir: tengo mi apariencia y mis actitudes, tengo mi nombre. No hay nadie conocido pero hay una gran cantidad de gente, todo un pueblo. Conozco a algunos y todo parece normal. Parece. Hay algo que me hace sentir incómodo, una especie de comezón interna. De pronto me doy cuenta que las uñas me crecen muy rápido y debo cortármelas todos los días. Alguien menciona, a la pasada, que estoy muy chascón y al mirarme al espejo me doy cuenta que tengo el pelo particularmente largo y que la barba está más tupida de lo usual. Puedo oír ruidos distantes con gran precisión y cuando estoy solo me quito los lentes para leer libros que coloco a cinco, seis metros de distancia. Todo es extraño, pero lo más extraño es lo bien que me siento. Como renacido, como despertando de un largo sopor.

Hay algo más. Cuando estoy mucho tiempo junto a alguien, esta persona se molesta, me grita, parece que no puede controlarse. Una chica en la calle me pega una bofetada sin razón alguna, y un comerciante me echa de su tienda sin querer atenderme. Mis amigos -tengo un grupo de ellos- se irritan en mi presencia, discuten violentamente entre ellos y conmigo. A pesar de cuidar mi apariencia, de cortarme la barba, el pelo y las uñas para parecer normal, ellos parecen intuir que hay algo que no encaja. Pero sus reacciones no son conscientes, sino que parecen generadas por algo profundo, atávico.

Un sujeto de mi grupo de amigos también parece distinto. No se violenta y, muy por el contrario, parece disfrutar la situación. Puedo sentir que él, como yo, está cambiando. Pero de otro modo, sin preocupaciones, sin pensar mucho en ello, hasta que se revela. Su cuerpo crece y él trata de ocupar su poder para someter a otros. Mata a alguien sin remordimientos. ¿Debo también revelarme, mostrar mi nueva esencia y combatir a este engendro maligno? ¿No soy yo también un monstruo? ¿No es este sujeto mi alter ego, mi reflejo en el espejo distorsionado de la vida, mi doppelgänger?

Un nuevo crimen es cometido en mitad de la noche y el miedo se huele en todo el pueblo. El sujeto ya no tiene freno, está lanzado a su propia y sangrienta cruzada. Cuando comienzo a buscarlo, la noche se abre para mi como un nuevo misterio, silencioso y fantástico. Es como caminar sobre un corazón que palpita a mil revoluciones por minuto, es como nadar con tiburones, es como convertirse en un tiburón y sumergirse en la oscuridad nocturna del océano.

Lo encuentro al tipo cuando está a punto de matar a mi amigo -eso es en el sueño-, un chico de anteojos y pelo claro. Me abalanzo contra el sujeto y nos trenzamos en una pelea. Es fuerte, pero yo también lo soy. Mis uñas crecen, y también mi pelo. Con cada golpe que le doy mi cuerpo acelera su transformación, mi piel se cubre de rugosidades, mis orejas crecen, mis extremidades se alargan rasgando mis ropas. La pelea me abre heridas que cierran al momento, la pelea se convierte en un rastro de sangre que se abre camino entre la gente hasta la orilla misma del lago. Finalmente, contra un árbol de ancho tronco, despedazo el pecho de mi oponente y su cuerpo, inerte, queda colgando de una de mis manos.

Vuelto a la paz, cansado, me encuentro con los ojos aterrorizados de la multitud. Mi amigo, el chico que estaba a punto ser asesinado, coje una rama del suelo y la parte en dos contra su muslo. Se lanza contra mi enardecido, dispuesto a enterrarme la improvisada arma. Los otros, todo el pueblo, grita pero no espanto, sino de furia, y siguen al chico en su carrera asesina. Huyo hacia el bosque, corro tan rápido como puedo hasta que me alcanzan y me acorralan. Entonces oigo a mis huesos acomodarse por última vez y desde la espalda me nace un par de monstruosas alas que se despliegan en frente de la multitud asombrada.

Al primer batir de las alas un ventarrón deja por el suelo a mis perseguidores. Al segundo batir mi cuerpo se eleva, ligero como una hoja de árbol en otoño, y deja la tierra abajo. Muy abajo. Lo último que recuerdo del sueño es estar volando sobre el lago, brillante en mitad de la noche, con una sensación de total libertad.

por El señor K.

Mago con Serrucho

Un horrible bloqueo de la memoria

¿Ha sucedido o no ha sucedido? En mi cabeza se ha formado un vacío ambiguo, que podría deberse igualmente al trauma de lo que ha ocurrido o al cambio que significa lo que está por ocurrir; y no acierto a llenar ese vacío. Sin embargo, la cosa en cuestión me concierne directa e inmediatamente: si no sucedió hace quince minutos, debe suceder dentro de quince minutos. Pero las dos posibilidades tienen en común un mismo sentimiento de impaciencia casi frenética, que me impide esperar que los hechos me proporcionen la explicación definitiva que necesito. No puedo esperar ni siquiera un minuto no sólo porque debo prepararme para enfrentar dos situaciones muy distintas, o sea, aquella de lo ya ocurrido y aquella de lo no ocurrido todavía, sino también y sobre todo porque debo indispensablemente superar lo antes posible esta especie de bloqueo que me impide hacer algo para mí fundamental: tomar conciencia. En efecto, precisamente de eso se trata, y no hay quien no vea la enorme diferencia que hay entre tomar conciencia antes de la acción y tomar conciencia después de la acción. Pero, ¿cómo se hace para tomar conciencia cuando la acción está, por así decirlo, en la punta de la lengua y no se decide a adoptar el aspecto sea de lo ya visto, ya hecho, ya padecido, sea el de lo todavía no visto, todavía no hecho, todavía no padecido?

Con una mano sola me llevo el cigarrillo a la boca; lo tomé del paquete que está sobre el tablero y lo prendo con el encendedor del automóvil. Entretanto, sigo apretando con el brazo izquierdo, doblado, el cierre relámpago de la chaqueta, que, no sé cómo, se ha trabado y quedó abierta, de modo que la empuñadura de la pistola se asoma visiblemente. Se me ocurre que para saber si la cosa ha sucedido o aún debe suceder yo podría, en vista de que la memoria está bloqueada, interrogar la realidad, buscar indicios de lo ya ocurrido o lo no ocurrido todavía. Por ejemplo, el cierre relámpago trabado. Ayer funcionaba, por lo tanto se trabó esta mañana. Pero, ¿se trabó después de algo hecho, o antes de algo que todavía falta hacer, debido a un tirón demasiado brusco, causado por la sorpresa de lo ya ocurrido, o por la nerviosidad de lo que todavía no ocurrió?

Abandono de pronto el tema porque reconozco allí la misma ambigüedad indescifrable que hay en el principio de la amnesia; y me digo que hay una sola manera de comprobar inmediatamente si el hecho se ha consumado ya o no: examinar la pistola, verificar si ha disparado. El alivio con que recibo este proyecto me dice que he pensado con exactitud. ¿Cómo no se me había pasado ya por la cabeza una solución tan lógica y tan simple?

Pero el alivio dura poco. Sí, la pistola puede proporcionarme la prueba que tan afanosamente estoy buscando; pero es una prueba “exterior”. Es como si le pidiera a las ropas que llevo puestas, a los zapatos que calzo, la prueba de mi existencia. Prueba que debe ahora, en cambio, residir en la certeza de que existo sin necesidad alguna de pruebas: en el hecho mismo de que nadie busca pruebas. Por otra parte, la prueba de la pistola me espanta, porque confirmaría esta disociación mía, funesta e insoportable. Después de la prueba, sabré con certeza que la cosa ha sucedido o no ha sucedido; pero tendré al mismo tiempo otra certeza, desconcertante, la de que la cosa ya ha sucedido o no “a otro”, puesto que yo, “dentro” de mí, seguiré ignorando si el hecho se ha verificado o no.

Sin embargo, debo saber, no puedo esperar. Es como si me hubiera sumergido hasta el fondo del mar, mi escafandra de buzo se hubiera averiado, y yo me sofocara y supiese que sólo tengo pocos segundos para salir a flote. Mi urgencia de saber, por lo demás, es justificada por un embotellamiento de tránsito donde mi automóvil se ha encastrado, según todas las apariencias, irremediablemente y como para siempre. Estamos en un gran camino periférico que no conozco. Los automóviles están quietos, en cuatro filas de ambos lados, adelante y detrás. Exactamente frente a mí, la visión es interrumpida por el rectángulo negro y amarillo de un colosal camión de transporte. A la derecha del camión, allá lejos, la luz del semáforo ya se tornó tres veces alternativamente verde y roja, sin que los vehículos se hayan movido. Debe de tratarse de un accidente; o bien de uno de esos bloqueos inextricables que pueden durar varias horas. Y yo, antes de que el embotellamiento se resuelva, tengo absoluta necesidad de llegar a saber sólo por mis propios medios, es decir, exclusivamente con ayuda de la memoria, y no gracias a indicios proporcionados por objetos, si la cosa ya sucedió o todavía debe suceder.

Recuerdo en este momento (mi memoria funciona tanto mejor cuanto más lejos están los hechos que intento recordar) que hace algunos años atravesé el Sahara, de Túnez a Agadesh, y que varias veces me extravié por perder el camino. ¿Qué hacía entonces para encontrar el camino correcto? De acuerdo con una regla dictada por la experiencia, volvía atrás hasta el punto de donde había partido. De allí partía de nuevo y, en efecto, al cabo de un recorrido más o menos largo, descubría el lugar preciso donde me había desviado. Una vez debí recorrer tres o cuatro veces el mismo camino equivocado antes de descubrir el error. Me perdía siempre de la misma manera, siempre en el mismo lugar. Al fin, sin embargo, cuando estaba ya por desesperar, con el sol cerca del poniente y la perspectiva de quedar sin gasolina, de pronto encontraba el camino. Estaba tras un matorral no más alto que un niño, y borrado por un tramo no mayor de tres o cuatro metros. Es fácil perderse en el desierto.

Ahora haré lo mismo. Volveré atrás hasta el punto en que mi memoria dejó de funcionar; hasta el punto en que empieza el vacío (estuve por decirme “el desierto”). Pero debo apresurarme a emprender esta operación mnemónica, porque de un momento a otro el embotellamiento de la ruta puede resolverse; y en ese caso es muy probable que minutos después llegue a saber con certeza si la cosa ya sucedió o todavía debe suceder. Pero no llegaré a saberlo por mérito propio, sólo gracias a mis fuerzas, sino por obra del choque con la realidad: eso jamás podré perdonármelo, y por otra parte no resolvería nada, porque mi problema ya no consiste en saber sino en recordar.

Veamos, entonces, en qué momento de la mañana (ahora son cerca de las doce) mi memoria dejó de funcionar. Entonces, con súbito sentimiento de estupor, descubro que no recuerdo nada hasta... hasta el momento del despertar. Esto quiere decir que sólo recuerdo el despertar, y nada más, porque antes del despertar está el vacío de la noche, que pasé durmiendo; y después del despertar está el vacío del bloqueo mental. Pero el despertar, esos pocos o muchos minutos que pasé en la oscuridad esta mañana, antes de levantarme, ese instante lo recuerdo muy bien y puedo describirlo con todos sus particulares. De modo que, ahora, lo describiré, y mediante esa descripción, estoy seguro, recobraré la punta de la madeja de la memoria; descubriré, como en el desierto, el pequeño matorral tras el cual se esconde el camino.

Por lo tanto, coraje. Me desperté más o menos a la hora fijada, pero por mí mismo, antes de que sonara el despertador. Encendí la luz, miré el reloj de pulsera y vi que faltaban cinco minutos; mi primer impulso fue apagar la luz, acurrucarme y dormirme de nuevo. Pero no era posible; no se puede dormir nada más que cinco minutos; de modo que apagué la luz, pero me quedé sentado en la cama, con los ojos perdidos en la oscuridad. No pensaba en nada; o, más bien, pensaba en el color de la oscuridad. ¿Qué color tenía la oscuridad? ¿Color café muy tostado? ¿Color negro de humo? ¿Color ébano? ¿Color tinta? ¿Y qué consistencia tenía, de qué estaba hecha? ¿Era un hormigueo de moléculas negras sobre un fondo imperceptiblemente luminoso, o en un hormigueo de partículas luminosas sobre un fondo uniformemente negro?

Recuerdo que descarté una tras otra esas definiciones porque no me satisfacían; pero sentí, en compensación, que la oscuridad me “apetecía”, que tenía hambre de ella, como se tiene hambre de comida después de un largo ayuno. Recuerdo también que de vez en cuando encendía la lámpara, miraba el reloj, veía que habían pasado dos minutos, después tres, después cuatro, y cada vez apagaba de nuevo la lámpara, para gozar, aunque fuera durante un minuto, durante treinta segundos, de esa oscuridad deliciosa.

Por fin encendí la lámpara sabiendo que era la última vez que lo hacía y que ya era hora de que me levantara. Fue justamente en ese instante, precisamente en esa diminuta fracción de tiempo en que encendí la luz, cuando dejé de registrar lo que hacía, porque a partir de entonces no recuerdo nada más de lo sucedido.

Observo el rectángulo amarillo y negro de la parte trasera del camión de transporte; veo que no se ha movido; por otra parte, la luz del semáforo, allá lejos, pasado el camión, está roja; tal vez me quede todavía un minuto; tal vez, si al prenderse la luz verde los vehículos no avanzan, haya todavía dos minutos. Entonces reanudo con encarnizamiento la reconstrucción del despertar. La memoria, pues, se apagó en el preciso instante en que se encendió la lámpara. ¿Qué significa esto? ¿Cómo puede haber ocurrido semejante cosa? ¿Y por que precisamente a mí?

Me digo que no es difícil imaginar lo que hice. Soy una persona más bien rutinaria: he de haberme levantado, he de haberme duchado, he de haberme afeitado, etcétera, etcétera, etcétera. Pero todo esto, como lo advierto de pronto, no lo recuerdo; me limito a reconstruirlo sobre la base del recuerdo de mis otros despertares anteriores. Y en cambio debo recordar precisamente el momento de asearme esta mañana, no el de alguna otra. Sólo si lo recuerdo podré recordar lo que aconteció después; es como encontrar de nuevo el matorral tras el cual se esconde el camino.

Hago un gran esfuerzo; me repito: “Entonces encendí la lámpara... entonces encendí la lámpara... entonces encendí la lámpara...”

Ya demasiado tarde. La luz del semáforo ahora es verde; y, casi instantáneamente, toda la calle se pone en marcha. Se mueven los automóviles que están delante, detrás y a ambos lados del mío; se mueve el rectángulo amarillo y negro del camión de transporte. Así pues, muy pronto sabré si la cosa ya ocurrió o aún debe ocurrir. Pero comprendo con angustia que no seré yo, con mi memoria, quien lo descubrirá; en cambio, me lo revelarán los objetos y las circunstancias.
por Alberto Moravia

Ganar es un Placer

por Isaac Vainstub
Club d'Escacs Sant Martí (Barcelona)