domingo, 31 de enero de 2010

El Roto y las Fiestas

Mirador del Fraile Dam - Spain


La vida ante sus ojos

Dirección: Vadim Perelman.
País: USA.
Año: 2007.
Duración: 90 min.
Género: Drama.
Interpretación: Uma Thurman (Diana McFee), Evan Rachel Wood (Diana joven), Eva Amurri (Maureen), Gabrielle Brennan (Emma McFee), Brett Cullen (Paul McFee), Oscar Isaac (Marcus), Jack Gilpin (Sr. McClood), Maggie Lacey (Amanda adulta), John Magaro (Michael).
Guión: Emil Stern; basado en la novela de Laura Kasischke.
Producción: Marc Butan, Anthony Katagas, Vadim Perelman y Aimée Peyronnet.
Música: James Horner.
Fotografía: Pawel Edelman.


Mejor dicho sería decir Un peñazo antes los ojos de un espectador cansado, que ve las continuas idas y venidas en el tiempo, con una historia que avanza a trompicones, con la escena en el baño entre las dos jóvenes, atónitas ante la balacea que se sucede tras la puerta, que acaba sacándome de quicio, para tratar dar el previsible golpe de efecto en el momento final, cuando a esas alturas de la película, yo al menos he desconectado de tal manera, que esta historia de redención, acerca del peso imposible de la culpa, me importan un pimiento.

Es una pena porque quien dirige Vadim Perelman, es el mismo que parió Casa de arena y niebla, una historia bien plasmada en la gran pantalla. En esta ocasión, sobre un tema que a priori es interesante, el ser capaz de asumir los errores y las acciones del pasado, en este caso ejecutadas durante la adolescencia, la película se sucede ante nuestros ojos estupefactos, con expectación de que pase algo, pero los minutos se suceden y no pasa nada, por más que Uma Thurman deba poner cara de desquicidada para hacernos partícipes de la cruz pesada que lleva y del calvario en el que se ha convetido su vida presente.

Aburrida a más no poder, no la recomiendo ni a mis peores enemigos.
Me gustaría saber por qué la película se ha estrenado en España dos años después de su estreno en los Estados Unidos .

por Popeye Doyle

Urban Forest


sábado, 30 de enero de 2010

El Cibertestamento


Vía Quo

Estómago



Dirección: Marcos Jorge.

Países: Brasil e Italia.
Año: 2007.
Duración: 112 min.
Género: Drama.
Interpretación: João Miguel (Raimundo Nonato), Fabiula Nascimiento (Íria), Carlo Briani (Giovanni), Babu Santana (Bujiú), Zeca Cenovicz (Zulmiro), Paulo Miklos (Etcétera), Jean Pierre Noher (Duque), Alexander Sil (Lino), Marcel Szymanski (Valtão), Sidy Correa (Bocazas), Rodrigo Ferrarini (Flacucho).
Guión: Lusa Silvestre, Marcos Jorge, Cláudia Da Natividade y Fabrizio Donvito; basado en un argumento de Lusa Silvestre y Marcos Jorge.
Producción: Cláudia Da Natividade, Fabrizio Donvito, Marco Cohen y Gabriele Muccino.
Música: Giovanni Venosta.
Fotografía: Toca Seabra

De las tres películas brasileñas que he visto recientemente, es Estómago la película que más me ha gustado y la que ha contado con menos medios materiales para su confección. La historia es mínima, pero tiene sus momentos tragicómicos hilarantes, esos que te reconcilian con la condición de ser humano y nos dejan en el lugar que nos corresponde.

El protagonista es Nonato, un fulano que llega a un bar, con una maleta de cartón, una mano delante y otra detrás. Tras zamparse un par de bocatas de masa frita, se hace el remolón y busca irse sin pagar. El dueño lo frena y a cambio de no pagar un duro por lo bebido y comido le invita a fregar los platos. Le ofrece poco después una alcoba donde pernoctar y así Nonato, pasará de limpiar a cocinar y el local recuperará cierto brillo y esplendor, se mostrará abarrotado de gente, todo por obra y gracia de Nonato que controla como pocos el arte de la fritura y será requerido por el dueño de un restaurante italiano que quiere que forme parte de su grupo de cocineros.

Nonato accede y así aumentará sus conocimientos culinarios.
Luego vemos también que Nonato está en la cárcel, por una acción que comete y que lo pondrá a la sombra una temporada. Nonato se enamora de una prostituta local, que se pirra por sus guisos, y es que ya dicen que al hombre/mujer se le conquista por el estómago. Pero la prostituta, que no es mujer de un solo hombre, profesional en extremo, no accederá fácilmente a los deseos de él, de convertirse en su mujer, pues el bueno de Nonato quiere llevarla al altar, convertirla en su esposa.

Los momentos en la cárcel son los más cachondos. Nonato entra en una celda que compartirá con otra media docena de presos. Al principio no pinta nada, pero una vez que todos se enteran de que él cocina, el jefe de la celda lo tendrá bajo su protección.

Así Nonato desplegará todos sus recursos culinarios para mejorar los guisos y alimentos que les ofrecen como comida, poniendo primero un poquito de ajo, cebolla, alecrín, y demás especies que el jefe le va consiguiendo, y es que donde hay (buena) comida hay alegría, para luego incluso traer productos de fuera, como algo de vino, un trozo de queso gorgonzolla, etc. A tanto llega la cosa que el jefe, en una reunión que tendrá con otro de los presos, le encarga un menú, que tendrá lugar en la cocina de la cárcel, con el visto bueno de los vigilantes, que a cambio disfrutarán del menú degustación que ofreceré Nonato. Lo surrealista de ciertas escenas, y la falta de pretenciosidad de la historia, embutida de realismo sucio, hace de esta comedia negra una joyita de humor ácido, que vale la pena ver, por lo que tiene la propuesta de singular y original y es que ya de entrada la historia del queso gorgonzolla contada por Nonato a sus compañeros de trena, es de las que prometen primero y cumplen después

por Popeye Doyle

SEBASTIAN'S VOODOO

viernes, 29 de enero de 2010

Personalidad en los Pájaros

Vía Muy Interesante

Boris Spassky


"El Ajedrez, con toda su profundidad filosófica, es ante todo un juego en el que se ponen de manifiesto la imaginación, el carácter y la voluntad".
Boris Spassky

QUISIERA CAMBIAR LAS FICHAS DEL JUEGO

Amiga mía,
quisiera
cambiar el juego.
Quisiera también
revolver las fichas
en el tablero
sin que te enfadaras.
Debes de reconocer
que tu juegas con ventaja,
vieja amiga,
además
tu juegas
con experiencia,
mientras que yo,
no sé nada
de éste juego,
tu ya sabes cómo acabará
también sabes cuándo,
y mientras me miras
con tu sonrisa irónica
ya le estás poniendo
el punto final.
Quisiera
sin embargo,
que en éste tablero
extendido
entre nosotras,
hubiera otros colores
y no ese espejo oscuro,
éste espejo roto,
que me has puesto delante.
Yo comprendo que
tu quieres que yo me vea
como soy en mi realidad.
Pero yo
no quisiera
ver mi imagen
reflejada así,
como me la estás mostrando,
sino aquella
que debiera haber sido
y que no fue.
No ignoro
que la culpa es mía,
querida amiga,
pero tú también
puedes constatar
que en algún modo
también las circunstancias
jugaron su parte
que no fue irrelevante.
Y por eso quisiera
que eso fuera tenido
en debida cuenta
y que ésta mueca adusta
que veo en el cristal,
se trasmutara
en una abierta sonrisa.
Al mismo modo
quisiera
que cada odio,
grande o pequeño,
cada discusión,
lógica o estúpida,
cada momento
de rabia,rencor o rencilla,
cada insensato recelo,
cada acción iracunda
con o sin razón,
cada indiferencia
ante de otros el dolor,
esa no estima,
ese desamor,
ese mirar a otra parte,
ese encogimiento de hombros,
ese ir cada uno a lo suyo,
todo ese indecoroso ramillete
que estoy viendo
en el espejo roto
de mi vida,
quisiera
poder cambiar.
Ahora comprendo,
muy adelantado el juego,
demasiado tarde quizá,
qué corta y qué tonta
es la vida
y que es verdad
que el amor si importa,
que el amor es vida,
que la experiencia
te da temperancia
y la tolerancia
te da magnanimidad.
Te enteras demasiado tarde,
casi al final.
¿Sabes que te digo?
Es cierto,
ya no veo las cosas igual,
aunque ciertamente es tarde
y veo que tu
ya quieres acabar.
De todas formas,
si fueras tan amable,
tampoco te costaría tanto
siendo como somos amigas,
atender a mi ruego,
quisiera
cambiar
algunas cosas
en éstos momentos
en que veo terminar el juego
en nuestro tablero
y también caducar
mi tiempo
con cierta velocidad.
No sé
si en éste momento
de la partida
que estoy jugando contigo,
vieja amiga,
compañera de camino,
testimonio mudo,
de mi vida,
discreta pero presente,
caminante a mi paralela,
quisieras tu
hacerme un favor,
esto es,
hacer como que no me ves,
y mientras tanto,
será solo un momento,
te lo aseguro,
yo puedo cambiar
las fichas del tablero,
y tu, amiga querida,
no me llamarás tramposa
ni terminarás el juego,
ni siquiera te enfadarás,
qué más te da,
será un juego,
una picardía,
una broma más de la vida.
Tú,
pones el reloj
unas horas atrás
y como si no hubiera pasado nada,
reiniciamos la partida
y me das
otra oportunidad.
¿Qué te cuesta?
Tú por delante
al fin y al cabo
tienes toda una eternidad.

De la Película "El Séptimo Cielo",
Publicado por Alicia Redel

jueves, 28 de enero de 2010

Te he inventado yo

Te he inventado yo
con tus silencios flexibles
con tus manos afiladas
con tu mirar reticente
con tus ojos asombrados
con ese algo de niña
perdida en inmensas playas.

Escrito por Musaraña
“El Acebuche”. Doñana 06.04.90

(DE JARDINES LEJANOS) - VI

No hay sol; el cielo de invierno
es de bruma y nubes blancas;
sólo hay un raso celeste
sobre las araucarias.

La avenida abre su sueño
llena de mujeres pálidas ...
los vientos están jugando
con las sedas perfumadas.

Hay carícias como rosas
en la lívida mañana;
la carne en flor da el perfume
que han perdido las acacias.

Es un pecado discreto,
es una carne cristiana
que va a misa, con un lirio
entre rosas deshojadas;

carne que nunca podrá
sobre la dulce frescura
de las espaldas románticas ...

en la mañana galante
rezan a Dios las campanas;
desde dentro están llamando
los corazones en gracia.

¡Fondos de oro, con albores
floreados, con fragancia
de purezas sin latido,
con dulzura de gargantas!

Pero el cielo gris ha puesto
muy rosas todas las almas
y tiende rasos celestes
sobre las araucarias ...

Juan Ramón Jiménez

ALMA DORMIDA

Me tendí sobre la hierba entre los troncos
que hoja a hoja desnudaban su belleza.
Dejé el alma que soñase:
volvería a despertar en primavera.

Nuevamente nace el mundo, nuevamente
naces, alma (estabas muerta).
Yo no sé lo que ha pasado en este tiempo:
tú dormías, esperando ser eterna.

Y por mucho que te cante la alta música
de las nubes, y por mucho que te quieran
explicar las criaturas por qué evocan
aquel tiempo negro y frío, aunque pretendas

hacer tuya tanta vida derramada
(era vida, y tú dormías), ya no llegas
a alcanzar la plenitud de su alegría:
tú dormías cuando todo estaba en vela.

Tierra nuestra, vida nuestra, tiempo nuestro...
(Alma mía, ¡quién te dijo que durmieras!)

De "Agenda" 1991
José Hierro

miércoles, 27 de enero de 2010

El mar sigue adelante

Entre tanto guijarro de la orilla
no sabe el mar
en dónde deshacerse

¿Cuándo terminará su infernidad
que lo ciñe
a la tierra enemiga
como instrumento de tortura
y no lo deja agonizar
no le otorga un minuto de reposo?

Tigre entre la olarasca
de su absoluta impermanencia
Las vueltas
jamás serán iguales
La prisión
es siempre idéntica a sí misma

Y cada ola quisiera ser la última
quedarse congelada
en la boca de sal y arena
que mudamente
le está diciendo siempre:
Adelante

José Emilio Pacheco

EL SUEÑO

Si el sueño fuera (como dicen) una
Tregua, un puro reposo de la mente,
¿Por qué, si te despiertan bruscamente,
Sientes que te han robado una fortuna?

¿Por qué es tan triste madrugar? La hora
Nos despoja de un don inconcebible,
Tan íntimo que sólo es traducible
En un sopor que la vigilia dora

De sueños, que bien pueden ser reflejos
Truncos de los tesoros de la sombra,
De un orbe intemporal que no se nombra

Y que el día deforma en sus espejos.
¿Quien serás esta noche en el oscuro
Sueño, del otro lado de su muro?

Jorge Luis Borges

CONVERSACIÓN

Los muertos pocas veces libertad
alcanzáis a tener, pero la noche
que regresáis es vuestra,
vuestra completamente.

Amada mía, remordimiento mío,
la nuit c’est toi cuando estoy solo
y vuelves tú, comienzas
en tus retratos a reconocerme.

¿Qué daño me recuerda tu sonrisa?
¿Y cuál dureza mía está en tus ojos?
¿Me tranquilizas porque estuve cerca
de ti en algún momento?

La parte de tu muerte que me doy,
la parte de tu muerte que yo puse
de mi cosecha, cómo poder pagártela...
Ni la parte de vida que tuvimos juntos.

¿Cómo poder saber que has perdonado,
conmigo sola en el lugar del crimen?
¿Cómo poder dormir, mientras que tú tiritas
en el rincón más triste de mi cuarto?

Jaime Gil de Biedma

martes, 26 de enero de 2010

A cazar la Antimateria

Vía QUO

El cocinero de Rota y el dichoso móvil (El Intermedio)

Ramón y la Crisis

EL PAÍS

lunes, 25 de enero de 2010

Desprendimiento en directo

Chicken Versus Tigers Surprise


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EL SOLDADITO DE PLOMO


Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, hermanos todos, ya que los habían fundido en la misma vieja cuchara. Fusil al hombro y la mirada al frente, así era como estaban, con sus espléndidas guerreras rojas y sus pantalones azules. Lo primero que oyeron en su vida, cuando se levantó la tapa de la caja en que venían, fue: "¡Soldaditos de plomo!" Había sido un niño pequeño quien gritó esto, batiendo palmas, pues eran su regalo de cumpleaños. Enseguida los puso en fila sobre la mesa.

Cada soldadito era la viva imagen de los otros, con excepción de uno que mostraba una pequeña diferencia. Tenía una sola pierna, pues al fundirlos, había sido el último y el plomo no alcanzó para terminarlo. Así y todo, allí estaba él, tan firme sobre su única pierna como los otros sobre las dos. Y es de este soldadito de quien vamos a contar la historia.
En la mesa donde el niño los acababa de alinear había otros muchos juguetes, pero el que más interés despertaba era un espléndido castillo de papel. Por sus diminutas ventanas podían verse los salones que tenía en su interior. Al frente había unos arbolitos que rodeaban un pequeño espejo. Este espejo hacía las veces de lago, en el que se reflejaban, nadando, unos blancos cisnes de cera. El conjunto resultaba muy hermoso, pero lo más bonito de todo era una damisela que estaba de pie a la puerta del castillo. Ella también estaba hecha de papel, vestida con un vestido de clara y vaporosa muselina, con una estrecha cinta azul anudada sobre el hombro, a manera de banda, en la que lucía una brillante lentejuela tan grande como su cara. La damisela tenía los dos brazos en alto, pues han de saber ustedes que era bailarina, y había alzado tanto una de sus piernas que el soldadito de plomo no podía ver dónde estaba, y creyó que, como él, sólo tenía una.
“Ésta es la mujer que me conviene para esposa”, se dijo. “¡Pero qué fina es; si hasta vive en un castillo! Yo, en cambio, sólo tengo una caja de cartón en la que ya habitamos veinticinco: no es un lugar propio para ella. De todos modos, pase lo que pase trataré de conocerla.”
Y se acostó cuan largo era detrás de una caja de tabaco que estaba sobre la mesa. Desde allí podía mirar a la elegante damisela, que seguía parada sobre una sola pierna sin perder el equilibrio.

Ya avanzada la noche, a los otros soldaditos de plomo los recogieron en su caja y toda la gente de la casa se fue a dormir. A esa hora, los juguetes comenzaron sus juegos, recibiendo visitas, peleándose y bailando. Los soldaditos de plomo, que también querían participar de aquel alboroto, se esforzaron ruidosamente dentro de su caja, pero no consiguieron levantar la tapa. Los cascanueces daban saltos mortales, y la tiza se divertía escribiendo bromas en la pizarra. Tanto ruido hicieron los juguetes, que el canario se despertó y contribuyó al escándalo con unos trinos en verso. Los únicos que ni pestañearon siquiera fueron el soldadito de plomo y la bailarina. Ella permanecía erguida sobre la punta del pie, con los dos brazos al aire; él no estaba menos firme sobre su única pierna, y sin apartar un solo instante de ella sus ojos.
De pronto el reloj dio las doce campanadas de la medianoche y —¡crac!— abrióse la tapa de la caja de rapé... Mas, ¿creen ustedes que contenía tabaco? No, lo que allí había era un duende negro, algo así como un muñeco de resorte.
—¡Soldadito de plomo! —gritó el duende—. ¿Quieres hacerme el favor de no mirar más a la bailarina?
Pero el soldadito se hizo el sordo.
—Está bien, espera a mañana y verás —dijo el duende negro.
Al otro día, cuando los niños se levantaron, alguien puso al soldadito de plomo en la ventana; y ya fuese obra del duende o de la corriente de aire, la ventana se abrió de repente y el soldadito se precipitó de cabeza desde el tercer piso. Fue una caída terrible. Quedó con su única pierna en alto, descansando sobre el casco y con la bayoneta clavada entre dos adoquines de la calle.
La sirvienta y el niño bajaron apresuradamente a buscarlo; pero aun cuando faltó poco para que lo aplastasen, no pudieron encontrarlo. Si el soldadito hubiera gritado: "¡Aquí estoy!", lo habrían visto. Pero él creyó que no estaba bien dar gritos, porque vestía uniforme militar.
Luego empezó a llover, cada vez más y más fuerte, hasta que la lluvia se convirtió en un aguacero torrencial. Cuando escampó, pasaron dos muchachos por la calle.
—¡Qué suerte! —exclamó uno—. ¡Aquí hay un soldadito de plomo! Vamos a hacerlo navegar.
Y construyendo un barco con un periódico, colocaron al soldadito en el centro, y allá se fue por el agua de la cuneta abajo, mientras los dos muchachos corrían a su lado dando palmadas. ¡Santo cielo, cómo se arremolinaban las olas en la cuneta y qué corriente tan fuerte había! Bueno, después de todo ya le había caído un buen remojón. El barquito de papel saltaba arriba y abajo y, a veces, giraba con tanta rapidez que el soldadito sentía vértigos. Pero continuaba firme y sin mover un músculo, mirando hacia adelante, siempre con el fusil al hombro.
De buenas a primeras el barquichuelo se adentró por una ancha alcantarilla, tan oscura como su propia caja de cartón.
"Me gustaría saber adónde iré a parar”, pensó. “Apostaría a que el duende tiene la culpa. Si al menos la pequeña bailarina estuviera aquí en el bote conmigo, no me importaría que esto fuese dos veces más oscuro."
Precisamente en ese momento apareció una enorme rata que vivía en el túnel de la alcantarilla.
—¿Dónde está tu pasaporte? —preguntó la rata—. ¡A ver, enséñame tu pasaporte!
Pero el soldadito de plomo no respondió una palabra, sino que apretó su fusil con más fuerza que nunca. El barco se precipitó adelante, perseguido de cerca por la rata. ¡Ah! había que ver cómo rechinaba los dientes y cómo les gritaba a las estaquitas y pajas que pasaban por allí.
—¡Deténgalo! ¡Deténgalo! ¡No ha pagado el peaje! ¡No ha enseñado el pasaporte!
La corriente se hacía más fuerte y más fuerte y el soldadito de plomo podía ya percibir la luz del día allá, en el sitio donde acababa el túnel. Pero a la vez escuchó un sonido atronador, capaz de desanimar al más valiente de los hombres. ¡Imagínense ustedes! Justamente donde terminaba la alcantarilla, el agua se precipitaba en un inmenso canal. Aquello era tan peligroso para el soldadito de plomo como para nosotros el arriesgarnos en un bote por una gigantesca catarata.
Por entonces estaba ya tan cerca, que no logró detenerse, y el barco se abalanzó al canal. El pobre soldadito de plomo se mantuvo tan derecho como pudo; nadie diría nunca de él que había pestañeado siquiera. El barco dio dos o tres vueltas y se llenó de agua hasta los bordes; hallábase a punto de zozobrar. El soldadito tenía ya el agua al cuello; el barquito se hundía más y más; el papel, de tan empapado, comenzaba a deshacerse. El agua se iba cerrando sobre la cabeza del soldadito de plomo… Y éste pensó en la linda bailarina, a la que no vería más, y una antigua canción resonó en sus oídos:
¡Adelante, guerrero valiente!
¡Adelante, te aguarda la muerte!
En ese momento el papel acabó de deshacerse en pedazos y el soldadito se hundió, sólo para que al instante un gran pez se lo tragara. ¡Oh, y qué oscuridad había allí dentro! Era peor aún que el túnel, y terriblemente incómodo por lo estrecho. Pero el soldadito de plomo se mantuvo firme, siempre con su fusil al hombro, aunque estaba tendido cuan largo era.
Súbitamente el pez se agitó, haciendo las más extrañas contorsiones y dando unas vueltas terribles. Por fin quedó inmóvil. Al poco rato, un haz de luz que parecía un relámpago lo atravesó todo; brilló de nuevo la luz del día y se oyó que alguien gritaba:
—¡Un soldadito de plomo!
El pez había sido pescado, llevado al mercado y vendido, y se encontraba ahora en la cocina, donde la sirvienta lo había abierto con un cuchillo. Cogió con dos dedos al soldadito por la cintura y lo condujo a la sala, donde todo el mundo quería ver a aquel hombre extraordinario que se dedicaba a viajar dentro de un pez. Pero el soldadito no le daba la menor importancia a todo aquello.
Lo colocaron sobre la mesa y allí… en fin, ¡cuántas cosas maravillosas pueden ocurrir en esta vida! El soldadito de plomo se encontró en el mismo salón donde había estado antes. Allí estaban todos: los mismos niños, los mismos juguetes sobre la mesa y el mismo hermoso castillo con la linda y pequeña bailarina, que permanecía aún sobre una sola pierna y mantenía la otra extendida, muy alto, en los aires, pues ella había sido tan firme como él. Esto conmovió tanto al soldadito, que estuvo a punto de llorar lágrimas de plomo, pero no lo hizo porque no habría estado bien que un soldado llorase. La contempló y ella le devolvió la mirada; pero ninguno dijo una palabra.
De pronto, uno de los niños agarró al soldadito de plomo y lo arrojó de cabeza a la chimenea. No tuvo motivo alguno para hacerlo; era, por supuesto, aquel muñeco de resorte el que lo había movido a ello.
El soldadito se halló en medio de intensos resplandores. Sintió un calor terrible, aunque no supo si era a causa del fuego o del amor. Había perdido todos sus brillantes colores, sin que nadie pudiese afirmar si a consecuencia del viaje o de sus sufrimientos. Miró a la bailarina, lo miró ella, y el soldadito sintió que se derretía, pero continuó impávido con su fusil al hombro. Se abrió una puerta y la corriente de aire se apoderó de la bailarina, que voló como una sílfide hasta la chimenea y fue a caer junto al soldadito de plomo, donde ardió en una repentina llamarada y desapareció. Poco después el soldadito se acabó de derretir. Cuando a la mañana siguiente la sirvienta removió las cenizas lo encontró en forma de un pequeño corazón de plomo; pero de la bailarina no había quedado sino su lentejuela, y ésta era ahora negra como el carbón.
FIN
(Hans Cristían Andersen)

sábado, 23 de enero de 2010

Seattle by Night

Bizcocho fácil de Yogur

Cocina Ligera

¿Cuántas calorías tiene cada Pan?

Cocina Ligera

viernes, 22 de enero de 2010

Lomo relleno

Cocina Ligera

Berenjenas a la Mozzarella

Cocina Ligera

Centollo Relleno

Cocina Ligera

miércoles, 20 de enero de 2010

ÁGORA

ÁGORA

Dirección: Alejandro Amenábar
Guión: Alejandro Amenábar y Mateo Gil
Reparto: Rachel Weisz, Max Minghella, Oscar Isaac, Ashraf Barhom, Michael Lonsdale, Rupert Evans, Richard Durden
Fotografía: Xavi Giménez
Montaje: Nacho Ruiz Capillas
Música: Dario Marianelli
Arte: Guy Dyas
Productores: Álvaro Augustín, Fernando Bovaira
Productores ejecutivos: Simón de Santiago, Jaime Ortiz de Artiñano
Productora: Telecinco Cinema, Himenóptero
Distribución: 20th Century Fox

Si sois capaces de conciliar que “buena peli” y “soberano coñazo” son dos conceptos que muy de vez en cuando son compatibles por la magia del cine, yo no me lo pensaría mucho antes de ver Ágora, film que en sus buenos momentos deja en ridículo al 90 por ciento del panorama patrio y que demuestra que Alejandro Amenábar funciona en otra división. Intentando resumir, Ágora es un film que maneja extraordinariamente conceptos teóricos pero que sufre enormemente cuando tiene que describir una realidad humana, en gran parte porque Amenábar tiene la sangre de horchata y en menor medida porque algunos personajes absolutamente cruciales para la trama están dibujados un poco a la remanguillé y parecen sacados del Canal Historia de puro “explicadores” que son. Ahora, con cierta perspectiva, la faena que se ha intentado marcar el chaval este es digna de encomio, por ambición y cojones: una superproducción que se mueve, respira y piensa como una superproducción y con un nivel técnico bastante ejemplar.

La acción nos traslada a Alejandría, siglo IV donde la erudita Hipatia (Rachel Weisz) intenta desarrollar una teoría alternativa sobre el movimiento de los planetas. Lo hace alejada del mundo en el que vive, donde el ascenso de los cristianos es imparable y amenazan con devorar la cultura pagana y pasarse por la piedra a todos aquellos que la cultivan. La cada vez mayor importancia de los seguidores de Cristo es el epicentro de una intensa lucha política en la que se encuentran involucrados dos antiguos alumnos de Hipatia, el prefecto romano Orestes (Oscar Isaac) y el obispo griego Sinesio de Cirene (Rupert Evans). A un nivel más popular, también seguimos a Davos (Max Minghella), esclavo de Hipatia y secretamente enamorado de ella, pero recién reclutado por los cristianos, que generan gran apoyo en las clases más bajas de la población.

Que no os engañen las escenas de masas. Ágora es una épica bastante íntima que nunca se deja llevar por la acción. Es una película tremendamente controlada y que combina géneros con mayor o menor fortuna. Es drama político, thriller científico y en última instancia, una trágica historia de amor con la que intenta dar cierta profundidad humana a la historia. Dentro de toda esta mezcla, es cierto que Amenabar está trabajando todos los aspectos del film por igual, pero está claro que hay uno de ellos que le chifla sobremanera: la labor de Hipatia. Toda la parte del film que rodea al trabajo científico de la astrónoma sobre el movimiento de los planetas es simplemente perfecta, y ejemplifica las mejores virtudes de la película. Se trata de escenas repletas de recursos visuales acompañadas de diálogos orientados a un fin: solucionar un problema científico. Para ello, Amenabar emplea antorchas, bolsas de lastre, pizarras de arena, un cono de madera, lo que sea que permita trasladar visualmente de forma efectiva lo que se nos está contando. Son escenas muy puras y vacías de cualquier tipo de matiz y consideración moral. Es un thriller científico, género prácticamente desconocido no sólo en nuestro cine, sino a nivel internacional. Son los mejores momentos de la filmografía de Amenábar sin ningún tipo de duda. En esos momentos, la película no llega, porque no está obligada a establecer una conexión emocional con el público –aunque es muy posible que sigáis con incertidumbre las pesquisas de la astrónoma–.

Donde sí tiene que llegar la película, y no llega, es prácticamente… bien, en el maldito resto del film (y aquí hablamos de más o menos hora y media que se hace eterna). Veo mucha falta de intensidad humana en Ágora, film absolutamente emperrado en explicarte los mecanismos sociales que desembocaron en el espectacular aumento de los cristianos y la sumisión del Imperio Romano. Pero es todo más descriptivo que otra cosa. Sucede una cosa muy curiosa, que tiene lugar en el momento en el que Hipatia se ve forzada a intentar comprender la realidad que la rodea y a codearse con la gente de a pie. Descubre que no es tan buena entendiendo a la gente como entendiendo el movimiento de los planetas. Es un matiz (in)humano muy coherente con el personaje, con la temática del film, que sorprendentemente ni Amenábar ni Gil parecen querer explotar demasiado, al margen de una escena que involucra un pañuelo que le da a un pretendiente (el contenido del pañuelo –hecho registrado, por cierto– es un “paso de tu culo” como pocas veces se ha visto). Hubiera sido maravilloso ver el mundo a través de los ojos de esta chica tan distante pero no, la gran apuesta personal es la horrenda historia de amor entre Davos e Hipatia, sabe Dios para convencer a qué parte de la audiencia, porque la chica no le hace ni puto caso, lo que sume al chaval en un “tormento de desconcierto” (lo de las comillas va por la interpretación de Max Minghella, sosa de puro “intensa”) que, sí, al final resulta ser imprescindible en el desarrollo de la trama, pero nunca terminamos de entender del todo. ¿Por qué Davos se hace cristiano? ¿Porque es pobre? ¿Porque está solo? ¿Porque Hipatia le llama esclavo idiota en un momento del film y desea verla caer junto con su modo de vida?. ¿Ya está?.

Faltan personajes memorables. Falta verdadero drama histriónico (un Oliver Reed de Gladiator, bien medido, hubiera sido la salvación de la peli). Todo es correctito y funcional. Las interpretaciones no se apartan de lo profesionalmente decente y Amenábar no deja ni un sólo segundo para el lucimiento de los actores salvo en el caso del cristiano Ammonio, que es un pirado (Ashraf Barhom, visto en La Sombra del Reino, haciendo picadillo interpretativo de todo el reparto estadounidense). Rachel Weisz es fría, calculadora y nerd en un papel que es frío, calculador y nerd, salvo un par de explosiones de alegría en plan Eureka un poco forzadas, y ciertas salidas de tono que la alejan de la calculina entrañable y la acercan peligrosamente al equivalente femenino de Carlos Blanco. Max Minghella, lo que decíamos, estreñido. De entre todos quizás sobresale también Richard Londsdale porque aporta una enorme gravedad al papel, pero él también se ve obligado a participar en escenas que son, sobre todo, ilustraciones de una época. La pareja de Orestes y Sinesio tampoco desafina, pero tampoco entusiasma. Tanta ilustración provoca bastante impaciencia para todos los que esperamos ver una épica intensa, que cuando debería llegar nunca llega (y como prueba: ¿cuántas veces realiza Amenábar un plano aéreo de una matanza?), impaciencia que evoluciona hasta convertirse en aburrimiento, rematado por un muy, muy, muy torpe montaje que enlaza las dos partes de la película con una elipsis realizada mediante un fundido a negro, lo que es cutrísimo y, a nivel subconsciente, juega una mala pasada al espectador, que cree que la película ha terminado porque de toda la vida, fundido a negro suele significar Fin, no “empieza la segunda parte de la peli”, en particular si esta dura sólo dos horas y no es Ben-Hur*.

*Ed.- Vuestros comentarios me han hecho ver con claridad meridiana que un fundido a negro no significa la conclusión de una peli. Pero este fundido a negro, concretamente… quizás es demasiado largo, quizás está demasiado acentuado por la banda sonora, quizás transcurre en un momento en el que prácticamente todas las tramas de la película se dan por cerradas. Creo que era necesario puntualizar este aspecto, y agradeceros a todos la corrección.

Hablando de época… ¿los 50 milloncitos de Telecinco, qué tal?. Pues bien. Tremendos los decorados, oyes. Y el trono de Orestes con dos leones de mármol, chulo. Abusa un poco del Google Earth, pero se perdona. Si hay planos en los que deja lucir el escenario, casi siempre los hace al principio de cada escena. Está claro que hemos llegado a un punto en el que existe desde hace tiempo un nivel técnico de envergadura en el cine español y que el barco de Playmobil de Alatriste ya no es tan Playmobil. Pero sobre todo que te da la sensación de que esta película ni siquiera parece una TV Movie en plan Los Borgia. Hay peso cinematográfico específico. Estás viendo una película, con mucho empaque, y sí, yo la recomendaría con alguna que otra duda. Ya está claro que sois gente lista y sabéis que no vais a ver Gladiator. Pero tampoco vais a ver Roma de la HBO, os advierto. Es un film metódico, pausado, cerebral y decididamente insatisfactorio cuando de emociones se trata. Pero no me pareció mala. Me pareció sólida, y en algunos gloriosos minutos, bastante arriesgada. Me gustó y bastante a ratitos aislados. No se acaba el mundo si no la veis, pero desde luego nunca me pareció el fostiazo que llevaba avecinando la parte más cabrona de mí. Eso de no dejarte la mitad de la peli en la sala de montaje para que la emita Antena 3 dos semanas después por la tele, sin duda, ayuda.

La Película perdida de Mishima

Animated Sketchbook

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martes, 19 de enero de 2010

Te he acariciado con ternura

Te he acariciado con ternura
por quererte pensar de todas formas.
Tú ya sabes, estabas a mi lado
y sólo me restaba a tenerte tan cerca
contarte muchas cosas con las manos.

Pero fui más allá y te besé
y además apreté tu mano entre las mías
y como no eres proclive a todas esas cosas
te armaste de paciencia, sonreíste
y me dejaste hacer porque en el fondo
algo de amor me tienes todavía.

Escrito por Musaraña
“El Acebuche”. Doñana 15.03.90

CANTO II - A TERESA - DESCANSA EN PAZ

Bueno es el mundo, ¡bueno!, ¡bueno!, ¡bueno!
Como de Dios al fin obra maestra,
Por todas partes de delicias lleno,
De que Dios ama al hombre hermosa muestra;
Salga la voz alegre de mi seno
A celebrar esta vivienda nuestra:
¡Paz a los hombres!, ¡gloria en las altruas!
¡Cantad en vuestra jaula, criaturas!

¿Por qué volvéis a la memoria mía,
Tristes recuerdos del placer perdido,
A aumentar la ansiedad y la agonía
De este desierto corazón herido?
¡Ay!, que de aquellas horas de alegría
Le quedó al corazón sólo un gemido,
¡Y el llanto que al dolor los ojos niegan,
Lágrimas son de hiel que el alma anegan!

¿Dónde volaron, ¡ay!, aquellas horas
De juventud, de amor y de ventura,
Regaladas de músicas sonoras,
Adornadas de luz y de hermosura?
Imágenes de oro bullidoras,
Sus alas de carmín y nieve pura,
Al sol de mi esperanza desplegando,
Pasaban, ¡ay!, a mi alrededor cantando.

Gorjeaban los dulces ruiseñores,
El sol iluminaba mi alegría,
El aura susurraba entre las flores,
El bosque mansamente respondía,
Las fuentes murmuraban sus amores...
¡Ilusiones que llora el alma mía!
¡Oh! ¡Cuán suave resonó en mi oído
el bullicio del mundo y su ruïdo.!

Mi vida entonces, cual guerrera nave
Que el puerto deja por la vez primera
Y al soplo de los céfiros suave
Orgullosa despliega su bandera,
Y al mar dejando que a sus pies alabe
Su triunfo en roncos cantos, va velera,
Una ola tras otra bramadora
Hollando y dividiendo vencedora,

¡Ay! En el mar del mundo, en ansia ardiente
De amor volaba; el sol de la mañana
Llevaba yo sobre mi tersa frente,
Y el alma pura de su dicha ufana:
Dentro de ella, el amor, cual rica fuente
Que entre frescura y arboledas mana,
Brotaba entonces abundante río
De ilusiones y dulce desvarío.

Yo amaba todo: Un doble sentimiento
Exaltaba mi ánimo, y sentía
En mi pecho un secreto movimiento
De grandes hechos generoso guía.
La libertad, con su inmortal aliento,
Santa diosa, mi espíritu encendía,
Continuo imaginando en mi fe pura
Sueños de gloria al mundo y de ventura.

El puñal de Catón, La adusta frente
Del noble Bruto, la constancia fiera
Y el arrojo de Scévola valiente,
La doctrina de Sócrates severa,
La voz atronadora y elocuente
Del orador de Atenas, la bandera
Contra el tirano macedonio alzando
Y al espantado pueblo arrebatando.

El valor y la fe del caballero,
Del trovador el arpa y los cantares,
Del gótico castillo el altanero
Antiguo torreón, do sus pesares
Cantó tal vez con eco lastimero,
¡Ay!, arrancada de sus patrios lares,
Joven cautiva, al rayo de la luna,
Lamentando su ausencia y su fortuna.

El dulce anhelo del amor que aguarda
Tal vez, inquieto y con mortal recelo,
La forma bella que cruzó, gallarda
alla en la noche entre el medroso velo;
La ansiada cita que en llegar se tarda
Al impaciente y amoroso anhelo,
La mujer y la voz de su dulzura,
Que inspira al alma celestial ternura;

A un tiempo mismo en rápida tormenta,
Mi alma alborotada de continuo,
Cual las olas que azota con violenta
Cólera impetuoso torbellino;
Soñaba el héroe ya, la plebe atenta
En mi voz escuchaba su destino,
Ya al caballero, al trovador soñaba
Y de gloria y de amores suspiraba.

Hay una voz secreta, un dulce canto,
Que el alma sólo recogida entiende,
Un sentimiento misterioso y santo
Que del barro al espíritu desprende;
Agreste, vago y solitario encanto
Que en inefable amor el alma enciende,
Volando tras la imagen peregrina
El corazón de su ilusión divina.

Yo, desterrado en extranjera playa,
Con los ojos extáticos seguía
La nave audaz que argentada raya
Volaba al puerto de la patria mía;
Yo cuando en Occidente el sol desmaya,
Solo y perdido en la arboleda umbría,
Oír pensaba el armonioso acento
De una mujer, al suspirar del viento.

¡Una mujer! En el templado rayo
De la mágica luna se colora,
Del sol poniente al lánguido desmayo,
Lejos entre las nubes se evapora;
Sobre las cumbres que florece mayo,
Brilla fugaz al despuntar la aurora,
Cruza tal vez por entre el bosque umbío,
Juega en las aguas del sereno río.

¡Una mujer! Deslízase en el cielo
Allá en la noche desprendida estrella,
Si aroma el aire recogió en el suelo,
Es el aroma que le presta ella.
Blanca es la nube que en callado vuelo
Cruza la esfera que su planta huella,
Y en la tarde la mar olas le ofrece
De plata y de zafir donde se mece.

Mujer que amor en su ilusión figura,
Mujer que nada dice a los sentidos,
Ensueño de suavísima ternura,
Eco que regaló nuestros oídos:
De amor la llama generosa y pura,
Los goces dulces del placer cumplidos
Que engalana la rica fantasía,
Goces que avaro el corazón ansía.

¡Ay!, aquella mujer, tan sólo aquélla
Tanto delirio a realizar alcanza,
Y esa mujer tan cándida y tan bella
Es mentida ilusión de la esperanza:
Es el alma que vívida destella
Su luz al mundo cuando en él se lanza,
Y el mundo con su magia y galanura,
Es espejo no más de su hermosura.

Es el amor que al mismo amor adora,
El que creó las sílfides y ondinas,
La sacra ninfa que bordando mora
Debajo de las aguas cristalinas:
Es el amor que recordando llora
Las arboledas del Edén divinas,
Amor de allí arrancado, allí nacido,
Que busca en vano aquí su bien perdido.

¡Oh, llama santa! ¡Celestial anhelo!
¡Sentimiento purísimo! ¡Memoria
Acaso triste de un perdido cielo,
Quizá esperanza de futura gloria!
¡Huyes y dejas llanto y desconsuelo!
Oh, mujer, que en imagen ilusoria
Tan pura, tan feliz, tan placentera,
Brindó el amor a mi liusión primera!

¡Oh, Teresa! ¡Oh, dolor! Lágrimas mías,
¡Ah!, ¿Donde estáis que no corréis a mares?
¿Por qué, por qué como en mejores días
No consoláis vosotras mis pesares?
¡Oh!, Los que no sabéis las agonías
De un corazón que penas a millares,
¡Ay!, desgarraron, y que ya no llora,
¡Piedad tened de mi tormento ahora!

¡Oh, dichosos mil veces, sí, dichosos
Los que podéis llorar! Y, ¡ay!, sin ventura
De mí, que, entre suspiros angustiosos,
¡Ahogar me siento en infernal tortura!
Retuécese entre nudos dolorosos
Mi corazón gimiendo de amargura...
También tu corazón hecho pavesa,
¡Ah!, llegó a no llorar, ¡pobre Teresa!

¿Quién pensara jamás, Teresa mía,
Que fuera eterno manantial de llanto
Tanto inocente amor, tanta alegría,
Tantas delicias y delirio tanto?
¿Quién pensara jamás llegase un día
en que, perdido el celestial encanto
Y caída la venda de los ojos,
Cuanto diera placer causara enojos?

Aún parece, Teresa, que te veo
Aérea cual dorada mariposa,
En sueño delicioso del deseo,
Sobre tallo gentil temprana rosa,
Del amor venturoso devaneo,
Angélica, purísima y dichosa,
Y oigo tu voz dulcísima, y respiro
Tu aliento perfumado en tu suspiro.

Y aún miro aquellos ojos que robaron
A los cielos su azul, y las rosadas
Tintas sobre la nieve, que envidiaron
Las de mayo serenas alboradas;
Y aquellas horas dulces que pasaron
Tan breves, ¡ay!, como después lloradas,
Horas de confianza y de delicias,
De abandono, y de amor, y de caricias.

Que así las horas rápidas pasaban,
Y pasaba a la par nuestra ventura;
Y nunca nuestras ansias las contaban,
Tú embriagada en mi amor, yo en tu hermosura
Las horas ¡ay! huyendo nos miraban,
Llanto tal vez vertiendo de ternura,
Que nuestro amor y juventud veían
Y temblaban las horas que vendrían.


Y llegaron en fin.. ¡Oh! ¿Quién, impío,
¡Ay!, agostó la flor de tu pureza?
Tú fuiste un tiempo un cristalino río,
Manantial de purísima limpieza;
Después torrente de color sombrío,
Rompiendo entre peñascos y maleza,
Y estanque, en fin, de aguas corrompidas,
Entre fétido fango detenidas.

¿Cómo caíste despeñado al suelo,
Astro de la mañana luminoso?
Ángel de luz, ¿quién te arrojó del cielo
A este valle de lágrimas odioso?
Aún cercaba tu frente el blanco velo
Del serafín, y entre ondas fulguroso,
Rayos al mundo tu esplendor vertía
Y otro cielo el amor te prometía.

Mas, ¡ay!, que es la mujer ángel caído
O mujer nada más y lodo inmundo,
Hermoso ser para llorar nacido,
O vivir como autómata en el mundo;
Sí, que el demonio en el Edén perdido
Abrasara con fuego del profundo
La primera mujer, y, ¡ay!, aquel fuego
La herencia ha sido de sus hijos luego.

Brota en el cielo del amor la fuente
Que a fecundar el universo mana,
Y en la tierra su límpida corriente
Sus márgenes con flores engalana:
Mas, ¡ay!, huid: el corazón ardiente
Que el agua clara por beber se afana,
Lágrimas verterá de duelo eterno,
Que su raudal lo envenenó el infierno.

Huid, si no queréis que llegue un día
En que, enredado en retorcidos lazos
El corazón, con bárbara porfía
Luchéis por arrancároslo a pedazos;
En que al cielo, en histérica agonía,
Frenéticos alcéis entrambos brazos,
Para en vuestra impotencia maldecirle,
Y escupiros, tal vez, al escupirle.

Los años, ¡ay!, de la ilusión pasaron;
Las dulces esperanzas que trajeron,
Con sus blancos ensueños se llevaron,
Y el porvenir de oscuridad vistieron;
Las rosas del amor se marchitaron,
Las flores en abrojos convirtieron,
Y de afán tanto y tan soñada gloria
Sólo quedó una tumba, una memoria.

¡Pobre Teresa! Al recordarte siento
Un pesar tan intenso... Embarga impío
Mi quebrantada voz mi sentimiento,
Y suspira tu nombre el labio mío;
Para allí su carrera el pensammiento,
Hiela mi corazón punzante frío,
Ante mis ojos la funesta losa,
Donde, vil polvo, tu beldad reposa.

Y tú, feliz, que hallastes en la muerte
Sombra a que descansar en tu camino,
Cuando llegabas mísera a perderte
Y era llorar tu único destino;
Cuando en tu frente la implacable suerte
Grababa de los réprobos el sino...
¡Feliz!, la muerte te arrancó del suelo,
Y otra vez ángel te volviste al cielo.

Roída de recuerdos de amargura,
Arido el corazón sin ilusiones,
La delicada flor de tu hermosura
Ajaron del dolor los aquilones;
Sola y envilecida, y sin ventura,
Tu corazón secaron las pasiones;
Tus hijos, ¡ay!, de ti se avergonzaran,
Y hasta el nombre de madre te negaran.

Tus ojos escaldados por el llanto
Tu rostro cadavérico y hundido,
Unico desahogo en tu quebranto,
El histérico, ¡ay!, de tu gemido:
¿Quién, quién pudiera en infortunio tanto
envolver tu desdicha en el olvido,
Disipar tu dolor y recogerte
En su seno de paz? ¡Sólo la muerte!

¡Y tan joven, y ya tan desgraciada!
Espirítu indomable, alma violenta,
En ti, mezquina sociedad lanzada
A romper tus barreras turbulenta;
Nave contra las rocas quebrantada,
Allá vaga, a merced de la tormenta,
En las olas tal vez náufraga tabla,
Que sólo ya de sus grandezas habla.

Un recuerdo de amor que nunca muere
Y está en mi corazón; un lastimero
Tierno quejido que en el alma hiere,
Eco suave de su amor primero:
¡Ay! De tu luz, en tanto yo viviere,
Quedará un rayo en mí, blanco lucero,
Que iluminaste con tu luz querida
La dorada mañana de mi vida.

Que yo como una flor que en la mañana
Abre su cáliz al naciente día,
¡Ay!, al amor abrí tu alma temprana,
Y exalté tu inocente fantasía.
Yo, inocente también, ¡oh, cuán ufana
Al porvenir mi mente sonreía,
Y en alas de mi amor con cuánto anhelo
Pensé contigo remontarme al cielo!

Y alegre, audaz, ansioso, enamorado,
En tus brazos, en lánguido abandono,
De glorias y deleites rodeado,
Levantar para ti soñé yo un trono:
Y allí, tú venturosa y yo a tu lado,
Vencer del mundo el implacable encono,
Y en un tiempo sin horas y medida
Ver como un sueño resbalar la vida.

¡Pobre Teresa! Cuando ya tus ojos
Aridos ni una lágrima brotaban;
Cuando ya su color tus labios rojos
En cárdenos matices cambïaban;
Cuando, de tu dolor tristes despojos,
La vida y su ilusión te abandonaban
Y consumía lenta calentura
Tu corazón al par de tu amargura;

Si en tu penosa y última agonía
Volviste a lo pasado el pensamiento;
Si comparaste a tu existencia un día
Tu triste soledad y tu aislamiento;
Si arrojó a tu dolor tu fantasía
Tus hijos, ¡ay!, en tu postrer momento,
A otra mujer tal vez acariciando,
Madre tal vez a otra mujer llamando.

Si el cuadro de tus breves glorias viste
Pasar como fantástica quimera,
Y si la voz de tu conciencia oíste
Dentro de ti gritándote severa;
Sí, en fin, entonces tú llorar quisiste
Y no brotó una lágrima siquiera
Tu seco corazón, y a Dios llamaste,
Y no te escuchó Dios, y blasfemaste;

¡Oh, cruel! ¡Muy cruel! ¡Matirio horrendo!
¡Espantosa expiación de tu pecado!
¡Sobre un lecho de espinas maldiciendo,
Morir el corazón desesperado!
Tus mismas manos de dolor mordiendo,
Presente a tu conciencia lo pasado,
Buscando en vano con los ojos fijos
Y extendiendo tus brazos a tus hijos.

¡Oh, cruel! ¡Muy cruel!... ¡Ah!, yo, entrentanto,
Dentro del pecho mi dolor oculto,
Enjugo de mis párpados el llanto
Y doy al mundo el exigido culto;
Yo escondo con vergüenza mi quebranto,
Mi propia pena con mi risa insulto,
Y me divierto en arrancar del pecho
Mi mismo corazón pedazos hecho.

Gocemos, sí; la cristalina esfera
Gira bañada en luz: ¡bella es la vida!
¿Quién a parar alcanza la carrera
Del mundo hermoso que al placer convida?
Brilla radiante el sol, la primavera
Los campos pinta en la estación florida:
Truéquese en risa mi dolor profundo...
Que haya un cadáver mas, ¡qué importa al mundo!

José de Espronceda

SÓLO EL AMOR...

Cuando el amor es gesto del amor y queda
vacío un signo sólo.
Cuando está el leño en el hogar,
mas no la llama viva.
Cuando es el rito más que el hombre.
Cuando acaso empezamos
a repetir palabras que no pueden
conjurar lo perdido.

Cuando tú y yo estamos frente a frente
y una extensión desierta nos separa.
Cuando la noche cae.
Cuando nos damos
desesperadamente a la esperanza
de que sólo el amor
abra tus labios a la luz del día.

José Ángel Valente

lunes, 18 de enero de 2010

FINAL DEL AÑO

Ni el pormenor simbólico
de reemplazar un tres por un dos
ni esa metáfora baldía
que convoca un lapso que muere y otro que surge
ni el cumplimiento de un proceso astronómico
aturden y socavan
la altiplanicie de esta noche
y nos obligan a esperar
las doce irreparables campanadas.
La causa verdadera
es la sospecha general y borrosa
del enigma del Tiempo;
es el asombro ante el milagro
de que a despecho de infinitos azares,
de que a despecho de que somos
las gotas del río de Heráclito,
perdure algo en nosotros:
inmóvil.

Jorge Luis Borges

HACIA EL FINAL

Llegamos al final,
A la etapa final de una existencia.

¿Habrá un fin a mi amor, a mis afectos?
Sólo concluirán
Bajo el tajante golpe decisivo.

¿Habrá un fin al saber?
Nunca, nunca. Se está siempre al principio
De una curiosidad inextinguible
Frente a infinita vida.

¿Habrá un fin a la obra?
Por supuesto.
Y si aspira a unidad,
Por la propia exigencia del conjunto.
¿Destino?
No, mejor: la vocación
Más íntima.

Jorge Guillén

CANCIÓN DE ANIVERSARIO

Porque son ya seis años desde entonces,
porque no hay en la tierra, todavía,
nada que sea tan dulce como una habitación
para dos, si es tuya y mía;
porque hasta el tiempo, ese pariente pobre
que conoció mejores días,
parece hoy partidario de la felicidad,
cantemos, alegría!

Y luego levantémonos más tarde,
como domingo. Que la mañana plena
se nos vaya en hacer otra vez el amor,
pero mejor: de otra manera
que la noche no puede imaginarse,
mientras el cuarto se nos puebla
de sol y vecindad tranquila, igual que el tiempo,
y de historia serena.

El eco de los días de placer,
el deseo, la música acordada
dentro del corazón, y que yo he puesto apenas
en mis poemas, por romántica;
todo el perfume, todo el pasado infiel,
lo que fue dulce y da nostalgia,
¿no ves cómo se sume en la realidad que entonces
soñabas y soñaba?

La realidad -no demasiado hermosa-
con sus inconvenientes de ser dos,
sus vergonzosas noches de amor sin deseo
y de deseo sin amor,
que ni en seis siglos de dormir a solas
las pagaríamos. Y con
sus transiciones vagas, de la traición al tedio,
del tedio a la traición.

La vida no es un sueño, tú ya sabes
que tenemos tendencia a olvidarlo.
Pero un poco de sueño, no más, un si es no es
por esta vez, callándonos
el resto de la historia, y un instante
-mientras que tú y yo nos deseamos
feliz y larga vida en común-, estoy seguro
que no puede hacer daño.

Jaime Gil de Biedma

sábado, 16 de enero de 2010

Sunami

EL SASTRECILLO VALIENTE

No hace mucho tiempo que existía un humilde sastrecillo que se ganaba la vida trabajando con sus hilos y su costura, sentado sobre su mesa, junto a la ventana; risueño y de buen humor, se había puesto a coser a todo trapo. En esto pasó par la calle una campesina que gritaba:
—¡Rica mermeladaaaa... Barataaaa! ¡Rica mermeladaaa, barataaa.

Este pregón sonó a gloria en sus oídos. Asomando el sastrecito su fina cabeza por la ventana, llamó:
—¡Eh, mi amiga! ¡Sube, que aquí te aliviaremos de tu mercancía!

Subió la campesina los tres tramos de escalera con su pesada cesta a cuestas, y el sastrecito le hizo abrir todos y cada uno de sus pomos. Los inspeccionó uno por uno acercándoles la nariz y, por fin, dijo:
—Esta mermelada no me parece mala; así que pásame cuatro onzas, muchacha, y si te pasas del cuarto de libra, no vamos a pelearnos por eso.

La mujer, que esperaba una mejor venta, se marchó malhumorada y refunfuñando:
—¡Vaya! —exclamo el sastrecito, frotándose las manos—. ¡Que Dios me bendiga esta mermelada y me de salud y fuerza!

Y, sacando el pan del armario, cortó una gran rebanada y la untó a su gusto. «Parece que no sabrá mal», se dijo. «Pero antes de probarla, terminaré esta chaqueta.»

Dejó el pan sobre la mesa y reanudó la costura; y tan contento estaba, que las puntadas le salían cada vez mas largas.

Mientras tanto, el dulce aroma que se desprendía del pan subía hasta donde estaban las moscas sentadas en gran número y éstas, sintiéndose atraídas por el olor, bajaron en verdaderas legiones.
—¡Eh, quién las invitó a ustedes! —dijo el sastrecito, tratando de espantar a tan indeseables huéspedes. Pero las moscas, que no entendían su idioma, lejos de hacerle caso, volvían a la carga en bandadas cada vez más numerosas.

Por fin el sastrecito perdió la paciencia, sacó un pedazo de paño del hueco que había bajo su mesa, y exclamando: «¡Esperen, que yo mismo voy a servirles!», descargó sin misericordia un gran golpe sobre ellas, y otro y otro. Al retirar el paño y contarlas, vio que por lo menos había aniquilado a veinte.

«¡De lo que soy capaz!», se dijo, admirado de su propia audacia. «La ciudad entera tendrá que enterarse de esto» y, de prisa y corriendo, el sastrecito se cortó un cinturón a su medida, lo cosió y luego le bordó en grandes letras el siguiente letrero: SIETE DE UN GOLPE.

«¡Qué digo la ciudad!», añadió. «¡El mundo entero se enterará de esto!»

Y de puro contento, el corazón le temblaba como el rabo al corderito.

Luego se ciñó el cinturón y se dispuso a salir por el mundo, convencido de que su taller era demasiado pequeño para su valentía. Antes de marcharse, estuvo rebuscando por toda la casa a ver si encontraba algo que le sirviera para el viaje; pero sólo encontró un queso viejo que se guardó en el bolsillo. Frente a la puerta vio un pájaro que se había enredado en un matorral, y también se lo guardó en el bolsillo para que acompañara al queso. Luego se puso animosamente en camino, y como era ágil y ligero de pies, no se cansaba nunca.

El camino lo llevó por una montaña arriba. Cuando llegó a lo mas alto, se encontró con un gigante que estaba allí sentado, mirando pacíficamente el paisaje. El sastrecito se le acercó animoso y le dijo:
—¡Buenos días, camarada! ¿Qué, contemplando el ancho mundo? Por él me voy yo, precisamente, a correr fortuna. ¿Te decides a venir conmigo?

El gigante lo miró con desprecio y dijo:
—¡Quítate de mi vista, monigote, miserable criatura!
—¿Ah, sí? —contestó el sastrecito, y, desabrochándose la chaqueta, le enseñó el cinturón—-¡Aquí puedes leer qué clase de hombre soy!

El gigante leyó: SIETE DE UN GOLPE, y pensando que se tratara de hombres derribados por el sastre, empezó a tenerle un poco de respeto. De todos modos decidió ponerlo a prueba. Agarró una piedra y la exprimió hasta sacarle unas gotas de agua.
—¡A ver si lo haces —dijo—, ya que eres tan fuerte!
—¿Nada más que eso? —contestó el sastrecito—. ¡Es un juego de niños!

Y metiendo la mano en el bolsillo sacó el queso y lo apretó hasta sacarle todo el jugo.
—¿Qué me dices? Un poquito mejor, ¿no te parece?

El gigante no supo qué contestar, y apenas podía creer que hiciera tal cosa aquel hombrecito. Tomando entonces otra piedra, la arrojó tan alto que la vista apenas podía seguirla.
—Anda, pedazo de hombre, a ver si haces algo parecido.
—Un buen tiro —dijo el sastre—, aunque la piedra volvió a caer a tierra. Ahora verás —y sacando al pájaro del bolsillo, lo arrojó al aire. El pájaro, encantado con su libertad, alzó rápido el vuelo y se perdió de vista.
—¿Qué te pareció este tiro, camarada? —preguntó el sastrecito.
—Tirar, sabes —admitió el gigante—. Ahora veremos si puedes soportar alguna carga digna de este nombre—y llevando al sastrecito hasta un inmenso roble que estaba derribado en el suelo, le dijo—: Ya que te las das de forzudo, ayúdame a sacar este árbol del bosque.
—Con gusto —respondió el sastrecito—. Tú cárgate el tronco al hombro y yo me encargaré del ramaje, que es lo más pesado .

En cuanto estuvo el tronco en su puesto, el sastrecito se acomodó sobre una rama, de modo que el gigante, que no podía volverse, tuvo de cargar también con él, además de todo el peso del árbol. El sastrecito iba de lo más contento allí detrás, silbando aquella tonadilla que dice: «A caballo salieron los tres sastres», como si la tarea de cargar árboles fuese un juego de niños.

El gigante, después de arrastrar un buen trecho la pesada carga, no pudo más y gritó:
—¡Eh, tú! ¡Cuidado, que tengo que soltar el árbol!

El sastre saltó ágilmente al suelo, sujetó el roble con los dos brazos, como si lo hubiese sostenido así todo el tiempo, y dijo:
—¡Un grandullón como tú y ni siquiera eres capaz de cargar un árbol!

Siguieron andando y, al pasar junto a un cerezo, el gigante, echando mano a la copa, donde colgaban las frutas maduras, inclinó el árbol hacia abajo y lo puso en manos del sastre, invitándolo a comer las cerezas. Pero el hombrecito era demasiado débil para sujetar el árbol, y en cuanto lo soltó el gigante, volvió la copa a su primera posición, arrastrando consigo al sastrecito por los aires. Cayó al suelo sin hacerse daño, y el gigante le dijo:
—¿Qué es eso? ¿No tienes fuerza para sujetar este tallito enclenque?
—No es que me falte fuerza —respondió el sastrecito—. ¿Crees que semejante minucia es para un hombre que mató a siete de un golpe? Es que salté por encima del árbol, porque hay unos cazadores allá abajo disparando contra los matorrales. ¡Haz tú lo mismo, si puedes!

El gigante lo intentó, pero se quedó colgando entre las ramas; de modo que también esta vez el sastrecito se llevó la victoria. Dijo entonces el gigante:
—Ya que eres tan valiente, ven conmigo a nuestra casa y pasa la noche con nosotros.

El sastrecito aceptó la invitación y lo siguió. Cuando llegaron a la caverna, encontraron a varios gigantes sentados junto al fuego: cada uno tenía en la mano un cordero asado y se lo estaba comiendo. El sastrecito miró a su alrededor y pensó: «Esto es mucho más espacioso que mi taller.»

El gigante le enseñó una cama y lo invitó a acostarse y dormir. La cama, sin embargo, era demasiado grande para el hombrecito; así que, en vez de acomodarse en ella, se acurrucó en un rincón. A medianoche, creyendo el gigante que su invitado estaría profundamente dormido, se levantó y, empuñando una enorme barra de hierro, descargó un formidable golpe sobre la cama. Luego volvió a acostarse, en la certeza de que había despachado para siempre a tan impertinente grillo. A la madrugada, los gigantes, sin acordarse ya del sastrecito, se disponían a marcharse al bosque cuando, de pronto, lo vieron tan alegre y tranquilo como de costumbre. Aquello fue más de lo que podían soportar, y pensando que iba a matarlos a todos, salieron corriendo, cada uno por su lado.

El sastrecito prosiguió su camino, siempre con su puntiaguda nariz por delante. Tras mucho caminar, llegó al jardín de un palacio real, y como se sentía muy cansado, se echó a dormir sobre la hierba. Mientras estaba así durmiendo, se le acercaron varios cortesanos, lo examinaron par todas partes y leyeron la inscripción: SIETE DE UN GOLPE.
—¡Ah! —exclamaron—. ¿Qué hace aquí tan terrible hombre de guerra, ahora que estamos en paz? Sin duda, será algún poderoso caballero.

Y corrieron a dar la noticia al rey, diciéndole que en su opinión sería un hombre extremadamente valioso en caso de guerra y que en modo alguno debía perder la oportunidad de ponerlo a su servicio. Al rey le complació el consejo, y envió a uno de sus nobles para que le hiciese una oferta tan pronto despertara. El emisario permaneció en guardia junto al durmiente, y cuando vio que éste se estiraba y abría los ojos, le comunicó la proposición del rey.
—Justamente he venido con ese propósito —contestó el sastrecito—. Estoy dispuesto a servir al rey —así que lo recibieron honrosamente y le prepararon toda una residencia para él solo.

Pero los soldados del rey lo miraban con malos ojos y, en realidad, deseaban tenerlo a mil millas de distancia.
—¿En qué parará todo esto? —comentaban entre sí—. Si nos peleamos con él y la emprende con nosotros, a cada golpe derribará a siete. No hay aquí quien pueda enfrentársele.

Tomaron, pues, la decisión de presentarse al rey y pedirle que los licenciase del ejército.
—No estamos preparados —le dijeron— para luchar al lado de un hombre capaz de matar a siete de un golpe.

El rey se disgustó mucho cuando vio que por culpa de uno iba a perder tan fieles servidores: ya se lamentaba hasta de haber visto al sastrecito y de muy buena gana se habría deshecho de él. Pero no se atrevía a despedirlo, por miedo a que acabara con él y todos los suyos, y luego se instalara en el trono. Estuvo pensándolo por horas y horas y, al fin, encontró una solución.

Mandó decir al sastrecito que, siendo tan poderoso hombre de armas como era, tenía una oferta que hacerle. En un bosque del país vivían dos gigantes que causaban enormes daños con sus robos, asesinatos, incendios y otras atrocidades; nadie podía acercárseles sin correr peligro de muerte. Si el sastrecito lograba vencer y exterminar a estos gigantes, recibiría la mano de su hija y la mitad del reino como recompensa. Además, cien soldados de caballería lo auxiliarían en la empresa.

«¡No está mal para un hombre como tú!» se dijo el sastrecito. «Que a uno le ofrezcan una bella princesa y la mitad de un reino es cosa que no sucede todos los días.» Así que contestó:
—Claro que acepto. Acabaré muy pronto con los dos gigantes. Y no me hacen falta los cien jinetes. El que derriba a siete de un golpe no tiene por qué asustarse con dos.

Así, pues, el sastrecito se puso en camino, seguido por cien jinetes. Cuando llegó a las afueras del bosque, dijo a sus seguidores:
—Esperen aquí. Yo solo acabaré con los gigantes.

Y de un salto se internó en el bosque, donde empezó a buscar a diestro y siniestro. Al cabo de un rato descubrió a los dos gigantes. Estaban durmiendo al pie de un árbol y roncaban tan fuerte, que las ramas se balanceaban arriba y abajo. El sastrecito, ni corto ni perezoso, eligió especialmente dos grandes piedras que guardó en los bolsillos y trepó al árbol. A medio camino se deslizó por una rama hasta situarse justo encima de los durmientes, y, acto seguido, hizo muy buena puntería (pues no podía fallar) pues de lo contrario estaría perdido.

Los gigantes, al recibir cada uno un fuerte golpe con la piedra, despertaron echándose entre ellos las culpas de los golpes. Uno dio un empujón a su compañero y le dijo:
—¿Por qué me pegas?
—Estás soñando —respondió el otro—. Yo no te he pegado.

Se volvieron a dormir, y entonces el sastrecito le tiró una piedra al segundo.
—¿Qué significa esto? —gruñó el gigante—. ¿Por qué me tiras piedras?
—Yo no te he tirado nada —gruñó el primero.

Discutieron todavía un rato; pero como los dos estaban cansados, dejaron las cosas como estaban y cerraron otra vez los ojos. El sastrecito volvió a las andadas. Escogiendo la más grande de sus piedras, la tiró con toda su fuerza al pecho del primer gigante.
—¡Esto ya es demasiado! —vociferó furioso. Y saltando como un loco, arremetió contra su compañero y lo empujó con tal fuerza contra el árbol, que lo hizo estremecerse hasta la copa. El segundo gigante le pagó con la misma moneda, y los dos se enfurecieron tanto que arrancaron de cuajo dos árboles enteros y estuvieron aporreándose el uno al otro hasta que los dos cayeron muertos. Entonces bajó del árbol el sastrecito.

«Suerte que no arrancaron el árbol en que yo estaba», se dijo, «pues habría tenido que saltar a otro como una ardilla. Menos mal que nosotros los sastres somos livianos.»

Y desenvainando la espada, dio un par de tajos a cada uno en el pecho. Enseguida se presentó donde estaban los caballeros y les dijo:
—Se acabaron los gigantes, aunque debo confesar que la faena fue dura. Se pusieron a arrancar árboles para defenderse. ¡Venirle con tronquitos a un hombre como yo, que mata a siete de un golpe!
—¿Y no estás herido? —preguntaron los jinetes.
—No piensen tal cosa —dijo el sastrecito—. Ni siquiera, despeinado.

Los jinetes no podían creerlo. Se internaron con él en el bosque y allí encontraron a los dos gigantes flotando en su propia sangre y, a su alrededor, los árboles arrancados de cuajo.

El sastrecito se presentó al rey para pedirle la recompensa ofrecida; pero el rey se hizo el remolón y maquinó otra manera de deshacerse del héroe.
—Antes de que recibas la mano de mi hija y la mitad de mi reino —le dijo—, tendrás que llevar a cabo una nueva hazaña. Por el bosque corre un unicornio que hace grandes destrozos, y debes capturarlo primero.
—Menos temo yo a un unicornio que a dos gigantes —respondió el sastrecito—-Siete de un golpe: ésa es mi especialidad.

Y se internó en el bosque con un hacha y una cuerda, después de haber rogado a sus seguidores que lo aguardasen afuera.

No tuvo que buscar mucho. El unicornio se presentó de pronto y lo embistió ferozmente, decidido a ensartarlo de una vez con su único cuerno.
—Poco a poco; la cosa no es tan fácil como piensas —dijo el sastrecito.

Plantándose muy quieto delante de un árbol, esperó a que el unicornio estuviese cerca y, entonces, saltó ágilmente detrás del árbol. Como el unicornio había embestido con fuerza, el cuerno se clavó en el tronco tan profundamente, que por más que hizo no pudo sacarlo, y quedó prisionero.

«¡Ya cayó el pajarito!», dijo el sastre, saliendo de detrás del árbol. Ató la cuerda al cuello de la bestia, cortó el cuerno de un hachazo y llevó su presa al rey.

Pero éste aún no quiso entregarle el premio ofrecido y le exigió un tercer trabajo. Antes de que la boda se celebrase, el sastrecito tendría que cazar un feroz jabalí que rondaba por el bosque causando enormes daños. Para ello contaría con la ayuda de los cazadores.
—¡No faltaba más! —dijo el sastrecito—. ¡Si es un juego de niños!

Dejó a los cazadores a la entrada del bosque, con gran alegría de ellos, pues de tal modo los había recibido el feroz jabalí en otras ocasiones, que no les quedaban ganas de enfrentarse con él de nuevo.

Tan pronto vio al sastrecito, el jabalí lo acometió con los agudos colmillos de su boca espumeante, y ya estaba a punto de derribarlo, cuando el héroe huyó a todo correr, se precipitó dentro de una capilla que se levantaba por aquellas cercanías. subió de un salto a la ventana del fondo y, de otro salto, estuvo enseguida afuera. El jabalí se abalanzó tras él en la capilla; pero ya el sastrecito había dado la vuelta y le cerraba la puerta de un golpe, con lo que la enfurecida bestia quedó prisionera, pues era demasiado torpe y pesada para saltar a su vez por la ventana. El sastrecito se apresuró a llamar a los cazadores, para que la contemplasen con su propios ojos.

El rey tuvo ahora que cumplir su promesa y le dio la mano de su hija y la mitad del reino, agregándole: «Ya eres mi heredero al trono».

Se celebró la boda con gran esplendor, y allí fue que se convirtió en todo un rey el sastrecito valiente.

de Wilhelm y Jacob Grimm