miércoles, 18 de abril de 2012

Tronco de chocolate y queso fresco

Cocina Ligera

martes, 17 de abril de 2012

Empanada Gallega de Bonito

Cocina Ligera

Mejillones con ajo y perejil

Cocina Ligera

Hornazo de Salamanca


Introducción:
Esta receta me la dio una amiga salmantina, heredada de su madre 
y ésta de su abuela... la considero una verdadera joya. 

Ingredientes:
- Medio kilo de harina 
- 20 g de levadura 
- 1 chorizo cular 
- 1 salchichón ibérico 
- 100 g de jamón serrano en lonchas no muy finas 
- 100 g de lomo de cerdo ibérico embuchado 
- 2 huevos 
- Azafrán (opcional) 
- Agua 
- Manteca 
- Sal 

Instrucciones:
- Preparamos la masa mezclando la levadura con media taza de agua templada y 1 taza de harina. 
- Amasamos hasta hacer un bollo. 
- Tapamos el bollo con un paño de algodón y lo dejamos en un lugar resguardado, sin corrientes de aire, hasta que doble su tamaño para que fermente. 
- Una vez que la masa anterior está fermentada, en un recipiente grande o sobre una mesa de cocina mezclamos el resto de la harina con el azafrán y añadimos sal, formamos una circunferencia. 
- Ablandamos un poco la manteca y la añadimos a la circunferencia. 
- En el centro colocamos la masa fermentada que teníamos reservada. 
- Amasamos todo, añadiendo poco a poco algo de agua templada, hasta obtener una masa elástica y suave que no se pegue a los dedos. 
- Volvemos a tapar el resultado con un paño y esperamos a que doble su tamaño. 
- Mientras tanto, cocemos 1 huevo, quitamos la piel del chorizo y el salchichón, los cortamos en rodajas y los pasamos un poco, muy poco, por la sartén. También pasamos un poco las lonchas de jamón. 
- Cortamos el lomo embuchado en rodajas y las dividimos en dos partes para que no sean muy grandes. 
- Doblado el tamaño de la masa, volvemos a amasarla durante un minuto. 
- Cogemos la mitad de la masa, la extendemos en la bandeja del horno y colocamos sobre ella el chorizo, el salchichón, el jamón y el lomo. 
- Cortamos el huevo cocido en rodajas y lo repartimos sobre lo anterior. 
- Cubrimos todo con la mitad de la masa que no hemos utilizado. Para ello, extendemos la masa sobre la mesa de la cocina haciendo la forma que tenga la base, ponemos esta lámina sobre lo anterior y cerramos bien por los lados uniendo las dos partes de la masa. 
- Dejamos de nuevo que aumente su tamaño en lugar resguardado, aproximadamente 1 hora. Con un tenedor picamos la parte de arriba para que salga el aire y no se formen ampollas. 
- Mientras tanto, precalentamos el horno a temperatura media. 
- Finalmente, pintamos la superficie superior de la masa con un huevo batido e introducimos todo en el horno durante , aproximadamente, media hora, hasta que se dore. 
- Para saber si está cocido, se pincha con una aguja larga y si al sacar la aguja, en la punta no hay restos de masa, significa que está cocido. 
- Esperaremos a que se enfríe antes de comerlo.

lunes, 16 de abril de 2012

Le Palais Idéal du Facteur Cheval (1879-1912) à Hauterives, FRANCE

Lápices

EL ABAD Y LOS TRES ENIGMAS


Esto era una vez un viejo monasterio, situado en el centro de un enorme y frondoso bosque, en el que vivían muchos frailes. 
Cada fraile tenía una misión diferente, así había un fraile portero, otro médico, otro cocinero, otro bibliotecario, otro pastor, otro jardinero, otro hortelano, otro maestro, otro boticario, es decir había un fraile para cada cosa y todos llevaban una vida monástica entregada al estudio y a la oración. Como en todos los monasterios, el fraile que más mandaba era el abad.
Se cuenta que había llegado a oídos del Señor Obispo de aquella región que el abad del monasterio era un poco tonto y no estaba a la altura de su cargo.
Para comprobar las habladurías de la gente le hizo llamar y le dio un año de plazo para que resolviera los tres enigmas siguientes:
1º) Si yo quisiera dar la vuelta al mundo ¿Cuánto tardaría?
2º) Si yo quisiera venderme ¿Cuánto valdría?
3º) ¿Qué cosa estoy yo pensando que no es verdad?
El abad regresó al monasterio y sentó en su despacho a pensar y pensar, y pensó tanto que por las orejas le salía humo. Se pasaba todo el día pensando, pero no se le ocurría nada, pensar sólo le daba un fuerte dolor de cabeza. Hasta entró en la biblioteca del monasterio por primera vez en su vida para buscar y rebuscar en los libros las soluciones y las respuestas que necesitaba. 
Pasaba el tiempo sin que el abad resolviera los enigmas que le había planteado el Señor Obispo. Cuando ya quedaban pocos días para que se cumpliera el año de plazo salió a pasear por el bosque y se sentó desesperado debajo de un árbol. 
Un joven y humilde fraile pastor que estaba cuidando las ovejas del monasterio le oyó lamentarse y le preguntó qué le ocurría. El abad le contó la entrevista con el Señor Obispo y los tres enigmas que le había planteado para probar sus conocimientos. El frailecillo le dijo que no se preocupara más porque él sabría como contestar al Señor Obispo. Así que, el mismo día que se terminaba el año de plazo, se presentó el joven fraile ante el Señor Obispo disfrazado con el hábito del abad y la cabeza cubierta con la capucha para que el Obispo no pudiera reconocerlo.
Después de recibirlo, el Señor Obispo quiso saber las respuestas a sus enigmas y volvió a plantear al falso abad la primera pregunta:
- Si yo quisiera dar la vuelta al mundo ¿Cuánto tardaría?
- Si Su Ilustrísima caminara tan deprisa como el sol -contestó rápidamente el frailecillo- sólo tardaría veinticuatro horas. 
El Obispo después de pensarlo un rato quedó satisfecho con la respuesta, así que pasó a la segunda pregunta:
- Si yo quisiera venderme ¿Cuánto valdría?
El frailecillo respondió sin dudarlo:
- Quince monedas de plata.
Cuando el Obispo oyó esta respuesta preguntó:
- ¿Por qué quince monedas?
- Porque a Jesucristo lo vendieron por treinta monedas de plata y es lógico pensar que Su Ilustrísima valga sólo la mitad.
Le iban convenciendo al Señor Obispo las respuestas de aquel abad y empezaba a pensar que no era tan tonto como le habían dicho.
Entonces realizó la tercera y última pregunta:
- ¿Qué cosa estoy yo pensando que no es verdad?
- Su Ilustrísima piensa que yo soy el abad del monasterio cuando en realidad sólo soy el fraile que cuida de las ovejas.
Entonces el Obispo, dándose cuenta de la inteligencia de aquel joven fraile, decidió que el frailecillo ocupara el cargo de abad y que el abad se encargara de las ovejas.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado, si quieres que te lo cuente otra vez cierra los ojos y cuenta hasta tres.

domingo, 15 de abril de 2012

sábado, 14 de abril de 2012

¿Por qué en el pool la bola blanca sale por otro lado?

El jubilado

Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio

Titulo original: The Adventures of Tintin
Dirección: Steven Spielberg
País: USA
Año: 2011
Género: Family, Fantasy
Guión: Edgar Wright, Steven Moffat, Joe Cornish
Producción: Peter Jackson, Kathleen Kennedy y Steven Spielberg
Música: John Williams
Montaje: Michael Kahn
Estreno en España: 2011-10-28
Reparto: Jamie Bell, Andy Serkis, Daniel Craig, Simon Pegg, Nick Frost, Gad Elmaleh, Toby Jones, Mackenzie Crook

Vaya por delante que me tocan mucho las narices los intentos de exportación cultural contemporánea francesa, intentando crear iconos internacionales de mitos tan franceses que solo le gustaran a los mismísimos parisinos. Aún así, los galos adoptaron al belga Tintín como uno de sus referentes culturales más importantes (los que tuvimos oportunidad de visitar el pabellón francés y belga en la Expo 92 nos hartamos de Tintín y todas sus variantes...). Una vez dicho esto, hay que recordar que el particular reportero del rubio flequillo es producto de una época (desde 1930 a 1976) en la que no existía internet, ni las consolas, ni los smartphones, y donde las claves visuales y estéticas del cine (y por supuesto, del cómic) eran otras completamente diferentes. Aunque Hergé bebió de toda la tradición cinematográfica clásica de aventuras de Hollywood, se quedó en lo más clásico. Por eso parecía ideal que Steven Spielberg, otro admirador de esa cinematografía -como ha demostrado sobradamente en la saga de Indiana Jones- tomara las riendas de esta bizarra adaptación cinematográfica en la que los personajes reales se digitalizan para conseguir una textura entre el cómic, la animación y lo real. Y lo cierto es que técnicamente, no se le puede poner un pero: está tan bien integrado todo -a años luz de anteriores experimentos como el "Polar Express" de Zemeckis- que a los pocos minutos de proyección uno se olvida que está viendo dibujos animados. El problema es que Tin Tín es un personaje tan pasado de moda, como Betty Boop. Pretender que la pequeña y pizpireta muñequita en blanco y negro sea un sexsymbol (como lo fue en los años 30) en la actualidad sería una locura. De la misma manera, creer que Tin Tín y sus trasnochadas aventuras, llenas de personajes tan estúpidos como Hernández y Fernández (en el original, Dupond y Dupont), el capitán Haddock o el profesor Tornasol conecten en la actualidad con un público que ya está harta de ver galaxias muy, muy lejanas o Transformers, no solo es ingenuo. Es sencillamente estúpido. La trama argumental del film no está mal, y mete al reportero pelirrojo y su foxterrier en una vorágine que le llevará a otros continentes, tesoros ocultos, misterios sin resolver y varias vicisitudes que estarán plagadas de personajes malvados, retos que superar y enigmas que resolver. Bien, todo es muy espectacular, los paisajes dibujados impresionantes, la técnica del film impecable... pero no funciona. Es todo muy tonto, muy simple, demasiado obvio, demasiado predecible... demasiado Ton Tón. Tin tín, es como Supermán: sin aristas, sin resquicios, un valor absoluto y absolutamente aburrido. La grandeza de las grandes narraciones, desde los clásicos literarios a las películas míticas en la historia del cine, es precisamente la contradicción de los personajes, su humanización. Es mucho más interesante Spiderman que Supermán, porque Peter Parker es un adolescente amargado que no se come una rosca ni queriendo y tiene una lucha interna entre ser bueno "porque sí" o rentabilizar su poder económicamente -de hecho, eso fue lo que hizo que su tío Ben resultara asesinado-, mientras que Clark Kent es un simple paréntesis para que Supermán siempre sea superbueno, superlisto, supertodo. Aburrido, muy aburrido. Por eso el nivel de todos esos personajes de ficción ha ido (gracias al cielo) subiendo enteros a lo largo de los años, y los que han permanecido incólumes en la historia (desde El Quijote a D'artagnan, desde Jasón al Capitán Alatriste) lo han hecho porque ya tenían una historia, una complejidad que les hacía únicos más allá de su primordial característica. Pero Tin tín, no: siempre ha sido un repipi con pantalones de bombacho y tupé...y lo sigue siendo, aunque ahora haya sido digitalizado y mostrado en 3d. Como si me lo muestran con un implante cibernético en el cerebro, porque si sigue siendo así de tonto, me interesará tan poco como cuando sacaron sus primeras tiras de cómics. Y esto lo dice un fanático del cómic -incluido el cómic francés, con un inolvidable Jean Giraud "Moebius" o Chantal Montellier- al que le siguen fascinando las historietas, vengan de donde vengan. Bueno, si vienen de Bélgica, y lo que cuentan son las aventuritas de un niñato con un perro, esas no me interesan. Para nada.

por Federico Casado Reina

viernes, 13 de abril de 2012

jueves, 12 de abril de 2012

Proceso de Vida

Schloß Lichtenstein

Tecnología Invisible





Vía Muy Interesante

miércoles, 11 de abril de 2012

Para Alberto, en recuerdo de Maura

Como no tengo la menor duda de que mis palabras, por sentidas que fueren, no alcanzarán nunca la fuerza y el sentimiento requerido, cedo este espacio en mi Blog a mi amigo Alberto, hoy más solo y dolido que nunca por la partida de su madre Maura a otros reinos. Lamento no haberte conocido pues, a tenor de cómo hablan de ti y del hijo que dejas, me he perdido algo importante que rozó mi vida.

Ayer por la tarde durante la misa de funeral por mi madre, estaba sentado yo en el primer banco junto a mi padre, cuando éste me susurró al oído: ¿No has preparado unas palabras? ¡Tendrás que salir a decir algo! y yo le contesté: -¡Papá, tranquilo, si las palabras tienen que salir, saldrán!
Después, abandoné el lugar que ocupaba sobre la bancada para preguntarle a un amigo el nombre del sacerdote que celebraba el sepelio: -¡Armando!- me dijo. Yo le había visto, pero no le conocía porque él oficia en San Leonardo de Yagüe, pero una vez en el altar, hasta donde me había desplazado, osé interrumpirle cuando éste comenzaba el manifiesto de agradecimiento a los asistentes, situándome ante el atril pétreo, contra el micrófono y mi garganta opresora, para soltar una plática, que más o menos, rezó así:
¡Familiares y amigos, Don Armando!
Hace un poco me preguntaba mi padre si no había preparado unas palabras.
Esta tarde, no podéis esperar al juntador de palabras, tampoco las frases profusas de un hijo a quien se le ha esfumado su madre entre los labios. Tan sólo la voz de una familia agradecida y muy mimada, por una gran Señora, que ha recibido muestras de afecto y condolencia desde Hontoria del Pinar, pasando por Ceuta... hasta Baltimore.
Me veis así, tan sereno y risueño porque ella ha sido mi ejemplo; Tal y como se despidió el pasado Domingo de Resurrección, aquí en la Aldea, mientras esperaba en su silla, fuera de la iglesia, a que salieran todos, haciendo carantoñas a los hijos de mis amigos... Porque esa repartidora de sonrisas, hija de ganaderos, llevaba su carro cargado de bondad, por el camino recto; siempre dentro de la rodera...

Incluso, cuando soportaba tantos dolores y yo la obligaba a caminar por el pasillo de casa, mientras le arengaba: -¡Maura! ¿Te acuerdas de lo que decía "El Lute": ¡Camina o revienta!-
Entonces, ella cogía su andador...
¡Y andaba!
Cualquier orador, por mediocre que fuere, os diría, que este discurso que he intentado parafrasear, de una forma fidedigna, no tiene: "ni pies ni cabeza". Si bien, amigos míos, sólo debéis extraer del mismo, una conclusión:
¡El sentido agradecimiento de una familia, a cuantos habéis expresado vuestro cariño más sincero! Por igual: a quienes lo habéis hecho de manera presencial, mediante el teléfono, o vía telemática... Esa familia mía, que ha despedido a una Señora (con mayúscula) y a una sembradora de todas esas sonrisas, de las cuales brotará, durante esta primavera, su dulce y perenne recuerdo!
POSDATA:
Mientras escribo este comentario, examino el correo postal. Una carta, remitida por la Peña San Juan del Monte, de la cual fui socio y donde jugué al fútbol hace un montón de años, la abro... Un soneto de Carlos Frühbeck de Burgos. Su pésame. El abrazo de los socios, el de su presidente (D. Domingo Esteban Tristán)...

-¡Y me doy cuenta de que así, resulta más fácil: Sonreír!-
GRACIAS, UN ABRAZOTE ALDEANO.

Temperatura ideal de un refrigerador o nevera

Toples contra los moscones

Vía Muy Interesante

Un bañito en los mares del Encélado

Vía Muy Interesante

martes, 10 de abril de 2012

PRIMERA VELADA


Desnuda, casi desnuda; 
y los árboles cotillas 
a la ventana arrimaban, 
pícaros, su fronda pícara.

Asentada en mi sillón, 
desnuda, juntó las manos. 
Y en el suelo, trepidaban,
de gusto, sus pies, tan parvos.

–Vi cómo, color de cera,
un rayo con luz de fronda 
revolaba por su risa
y su pecho –en la flor, mosca ,

–Besé sus finos tobillos. 
Y estalló en risa, tan suave,
risa hermosa de cristal. 
desgranada en claros trinos...

Bajo el camisón, sus pies
–¡Basta, basta!» –se escondieron. 
–¡La risa, falso castigo 
del primer atrevimiento!

Trémulos, pobres, sus ojos 
mis labios besaron, suaves: 
–Echó, cursi, su cabeza 
hacia atrás: «Mejor, si cabe...!

Caballero, dos palabras...»» 
–Se tragó lo que faltaba 
con un beso que le hizo 
reírse... ¡qué a gusto estaba!

–Desnuda, casi desnuda; 
y los árboles cotillas 
a la ventana asomaban, 
pícaros, su fronda pícara.

Arthur Rimbaud 

Cante hondo


Yo meditaba absorto, devanando
los hilos del hastío y la tristeza,
cuando llegó a mi oído,
por la ventana de mi estancia, abierta

a una caliente noche de verano,
el plañir de una copla soñolienta,
quebrada por los trémolos sombríos
de las músicas magas de mi tierra.

...Y era el Amor, como una roja llama...
-Nerviosa mano en la vibrante cuerda
ponía un largo suspirar de oro,
que se trocaba en surtidor de estrellas-.

...Y era la Muerte, al hombro la cuchilla,
el paso largo, torva y esquelética.
-Tal cuando yo era niño la soñaba-.

Y en la guitarra, resonante y trémula,
la brusca mano, al golpear, fingía
el reposar de un ataúd en tierra.

Y era un plañido solitario el soplo
que el polvo barre y la ceniza avienta.

Antonio Machado

La luz no hace más que enfurecer a esos perros enloquecidos


La luz no hace más que enfurecer a esos perros enloquecidos
que no son exactamente las mañanas,
sino lo que ellas alumbran o provocan:
la memoria de dientes amarillos,
el remordimiento de fauces rencorosas
el miedo de letal aliento gélido.
Hay mañanas que no deberían amanecer nunca
para que la luz no despierte lo que estaba dormido,
lo que estaría mejor dormido

Otoños y otras luces de Angel González

lunes, 9 de abril de 2012

A Leonor


Tu cabellera es negra como el ala 
del misterio; tan negra como un lóbrego 
jamás, como un adiós, como un «¡quién sabe!» 
Pero hay algo más negro aún: ¡tus ojos! 

Tus ojos son dos magos pensativos, 
dos esfinges que duermen en la sombra, 
dos enigmas muy bellos... Pero hay algo, 
pero hay algo más bello aún: tu boca. 

Tu boca, ¡oh sí!; tu boca, hecha divinamente 
para el amor, para la cálida 
comunión del amor, tu boca joven; 
pero hay algo mejor aún: ¡tu alma! 

Tu alma recogida, silenciosa, 
de piedades tan hondas como el piélago, 
de ternuras tan hondas... 
Pero hay algo, 
pero hay algo más hondo aún: ¡tu ensueño!

Amado Nervo

DOLOR


Quisiera esta tarde divina de octubre
pasear por la orilla lejana del mar;
que la arena de oro, y las aguas verdes,
y los cielos puros me vieran pasar.

Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,
como una romana, para concordar
con las grandes olas, y las rocas muertas
y las anchas playas que ciñen el mar.

Con el paso lento, y los ojos fríos
y la boca muda, dejarme llevar;
ver cómo se rompen las olas azules
contra los granitos y no parpadear;

ver cómo las aves rapaces se comen
los peces pequeños y no despertar;
pensar que pudieran las frágiles barcas
hundirse en las aguas y no suspirar;

ver que se adelanta, la garganta al aire,
el hombre más bello, no desear amar...

Perder la mirada, distraídamente,
perderla y que nunca la vuelva a encontrar:
y, figura erguida, entre cielo y playa,
sentirme el olvido perenne del mar.

Alfonsina Storni

El primer poema


Llegó a la vida el hombre, desnudo y solitario,
descalzo en las arenas, mirando en lo alto al cielo.
Parécele que aquello es algo extraordinario
y al no poder besarlo descubre el desconsuelo.

Después halla una flor, tan bella que la hiere,
para llevar por siempre consigo su belleza,
y al ver que se marchita, que lo que se ama muere,
descubre que en su pecho existe la tristeza.

Sintiéndose pequeño, efímero, con pena,
descubre otro deseo que el alma le condena:
hablar de esos temblores que el corazón pronuncia.

Entonces con los dedos furiosos en la arena
dibuja sus metáforas de finitud y pena
naciendo así en el mundo el arte y la denuncia.

(Del poemario Madrigal triste, 2005)

por Alejandro Marzioni

domingo, 8 de abril de 2012

sábado, 7 de abril de 2012

Un experimento con mucho magnetismo

Vía Muy Interesante

Un GPS antimultas y ahorrapuntos

Vía Muy Interesante

Una tarde en St. James's Park de Londres

viernes, 6 de abril de 2012

jueves, 5 de abril de 2012

miércoles, 4 de abril de 2012

martes, 3 de abril de 2012

Costillas de Cochinillo con Piña

Cocina Ligera

Fritura de Verduras

Cocina Ligera

TORTILLA DE PATATAS SIN HUEVO


Lo que pasa. Un día sales a la calle y, de repente, algo ha cambiado. Es algo en el aire, en la luz, en la atmósfera. No lo tengo muy claro, pero vas dando un paseo, distraído con tus cosas, que si los embargos del banco, que si los juicios por injurias o las demandas de paternidad que te han puesto, en fin esas cosas normales del día a día, cuando de repente, levantas la vista, te detienes un momento, miras a tu alrededor y descubres lo que pasa: huele a navidad. No es que huela a sobaco de Papá Noel ni a caca de camello. No. Es algo en el ambiente. No sabría decirlo, pero uno sabe que la navidad está a la vuelta de la esquina, con sus polvorones, su cava, su lotería nacional y sus empachos. Y ahí voy. Cuando descubro que la navidad se acerca, y el disparate gastronómico que, quieras que no quieras, se te avecina, a mí de lo que me entran ganas es de cosas muy sencillas, de poco cocinar. Manduca básica. Como la receta de hoy. Una tortilla de patatas, tan sencilla, tan sencilla que, no es que sea una cobarde, pero no tiene ni huevos.

Ingredientes:
1 paquete de preparado congelado con patata y cebolla para tortilla (lo hay de varias marcas, incluso blancas. El mío era de Findus), 1 paquete de bacon, sal y aceite de oliva. Opcionalmente, pesto rojo.
Preparación
en una sartén no muy grande, ponemos un par de cucharadas de aceite y cuatro lonchas de bacon, cortado en tiritas pequeñas. Cuando lo veamos doradillo, añadimos el contenido de nuestro paquete de patatas con cebolla sin descongelar y dejamos que se vayan haciendo según las instrucciones del fabricante (unos cinco minutos, más o menos). Cuando veamos que empiezan a estar, le ponemos sal (y si nos da por ahí, una cucharadita de pesto rojo o una salsa parecida), removemos bien por última vez, y con un tenedor empezamos a darle por los bordes forma de tortilla. Subimos el fuego un momento para que coja color por fuera y con ayuda de un plato, le damos la vuelta como si fuera una tortilla de patatas normal. Otra vez a la sartén, le rehacemos un poco los bordes y en un momento estará lista. Un acompañamiento perfecto (y chulamente presentado) para casi cualquier cosa, o un aperitivo divertido para acompañar unas cervezas fresquitas.


Por Falsarius

lunes, 2 de abril de 2012

Dónde vas, quieto ahí

Cortes de Vacunos los 14 principales

La mesa se ha vuelto a llenar de libros


I
Don Miguel de Cervantes
Hay conversaciones, y contertulios, que tienen su punto de riesgo, de azar. Conversaciones, y amigos, que nos pueden llevar por derroteros insospechados poco ha. Conversaciones capaces de desviar nuestra ruta e introducirnos en parajes novedosos, aunque visitados en una lejana época. Conversaciones, en fin, que nos recuerdan un viejo tópico: la aventura de leer.

A la inmensa mayoría de las personas nos ha sido dado experimentar la distancia que media entre el recuerdo y la realidad. La impresión de quien ha vivido esto es tan grande que, inconscientemente, anonadados, nos lleva a plantearnos si toda nuestra vida pasada, nuestros recuerdos, no estarán tan "exagerados" como el recuerdo que se acaba de esfumar. Tan profundo ha sido el contraste.

Un hombre mayor puede recordar la plaza en la que jugaba de pequeño. Un domingo por la mañana. No había nadie. Tenía toda la plaza del pueblo para él solo. Durante horas y horas jugó a rebotar la pelota contra la pared del ayuntamiento. La pelota era nueva. Un regalo de los Reyes Magos. Fue para él una mañana gozosa. Una mañana que recordaría en los momentos más inesperados de su dilatada vida. Un día, sin embargo, quiso volver a ver aquella vieja plaza. Y lo que él recordaba como una plaza grande, espaciosa, llena de sol, no es sino un rincón miserable, poco capaz y triste. ¿Y dónde está la alegría de aquellos momentos? Tal vez en el olvido de la realidad presente. O quizás tengamos dos realidades netamente diferenciadas: el recuerdo, y la realidad propiamente dicha. Pero esta realidad no tiene el sentimiento ni el gozo del recuerdo. Es probable que por eso parezca tan triste, tan mezquina.

Un planteamiento así, o similar, condujo enseguida la conversación por los derroteros de la literatura. Azorín, dijo el viejo amigo, habla, en uno de sus libros, de un caso parecido. Sabido es que Azorín era un enamorado de nuestros clásicos. Dentro de los clásicos, sin entrar en detalles, es probable que fuera a don Miguel de Cervantes a quien dedicara más páginas. A Azorín le gusta imaginar la vida de los personajes de Cervantes una vez han sido abandonados por éste. También le gusta visitar los lugares en los que él estuvo. Y repite, hasta la saciedad, que no hay páginas más emotivas y sentidas, claras y límpidas, que el prólogo de Los trabajos de Persiles y Segismunda, cuando Cervantes, pocos días antes de morir, se despide de deudos y amigos.

Al igual que se recuerda una pelota y una plaza, se puede recordar el sentimiento tenido ante un libro. La conversación sobre Azorín despertó el viejo sentimiento: la alegría sentida ante la prosa tersa y diáfana de Un pueblecito: Riofrío de Ávila. Era fácil, con los datos suministrados por el amigo, saber en qué libro Azorín habla de la "falacia" del recuerdo. Sin embargo, una mañana, subido a una silla -los libros de Azorín están en los altos de la biblioteca- de pie, se busca el viejo libro. Y allí mismo, en posición tan incómoda, se empieza a leer. Ya tenemos a Azorín camino de la Feria del Libro, en otoño y en Madrid. Poco después nos hablará del autor del libro que ha comprado, don Jacinto Bejarano Galavis y Nidos. El título del libro es larguísimo. Y en él don Jacinto, un cura ilustrado, nos habla de Riofrío, de sus habitantes, y de su soledad; de su tristeza al no poder asistir a las viejas tertulias. Un duro exilio para don Jacinto. Seguramente un talento malogrado, encerrado en un pueblo...

El libro es una maravilla: por la prosa y por don Jacinto, por su vida. Azorín engasta su libro dentro del de don Jacinto. Azorín, tras leer el libro de don Jacinto, se planteó ir a visitar Riofrío de Ávila. No lo hizo. Allí, se dijo, nada quedará de don Jacinto. Don Jacinto vive en sus páginas.

Terminado el libro queda un poso de tristeza. Y la alegría inmensa de haber leído un libro con semejante prosa. Se buscan más libros de Azorín. Los libros de Azorín se leen muy bien. Muchos de ellos son artículos periodísticos. Los libros llevan, en su primera página, la fecha en la que se adquirieron. Se asusta el lector: tienen, algunos de ellos, veinticinco años. Otros más y otros menos. Pero son todos de la misma época. Eso lo reconcilia con el recuerdo, con el pasado: también entonces le tuvo que gustar mucho Azorín, pues hay muchos libros suyos en el estante más alto de la biblioteca.

Uno tras otro van cayendo de nuevo. La prosa de Azorín es limpia y tersa. Hace falta haber escrito mucho, y haber leído mucho, para llegar a escribir con la claridad con que lo hace Azorín. Azorín sigue alabando a Cervantes, y habla, bastante, de Los trabajos de Persiles y Segismunda. Azorín dice que este libro de don Miguel ha tenido mala suerte: profesores y retóricos lo han condenado, siguiendo el resto de los mortales su erróneo juicio: "Pensamos y sentimos abrumados por una inmensa balumba de prejuicios. En los manuales y en las cátedras se repiten automáticamente juicios y opiniones que no tienen ninguna relación con la realidad"[1]. Azorín no está de acuerdo con ello. Copia pasajes de la novela, y vuelve a hablar, una y otra vez, del prólogo: "¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!"[2]

Azorín insiste en la belleza del último libro de don Miguel, y en su desconocimiento: "Raros serán los españoles que hayan leído este libro; la inmensa mayoría de los que no lo leen proceden así, dejándose guiar por el juicio de eruditos y catedráticos."[3]

Azorín ha conseguido que busquemos el libro de Cervantes. Descansa entre los Entremeses y una de las tantas ediciones de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Se queda sobre la mesa para una pronta relectura. La lectura se hizo en plena juventud, y no se recuerda nada.

II
Fray Luis, Nietzsche y Gracián
Sobre la silla, de pie, seguimos buscando el libro de Azorín que habla del contraste entre el recuerdo y la realidad. Pero mientras, apetece leer Los dos Luises y otros ensayos. En las primeras páginas de este libro, el maestro Azorín compara la actitud de Fray Luis de Granada con otros dos intelectuales: con Francisco Giner de los Ríos, y con Nietzsche: "Los ideales que profesan son distintos, muy distintos; pero su modalidad espiritual, la manera de vivir, su actitud frente al mundo son las mismas. Una cualidad exquisita domina en estos tres hombres que hemos citado, cualidad maravillosa a que no llegan sino contadísimas individualidades: el desasimiento de las cosas. Ese desinterés supremo, ese sobreponerse a todo, ese desdén callado y dulce por las pompas y vanidades mundanas, esa manera suave de mantener a distancia la grosería ambiente, esa dignidad constante y risueña es lo que hace que esos tres hombres -sean cuales sean sus ideas- inspiren una irreprimible simpatía"[4].

Sacado del estante de Filosofía, vuelve a la mesa Sobre el porvenir de nuestras escuelas, de Nietzsche. Un libro que debería conocer todo profesor o maestro. Y con él, una vieja edición de la Guía de pecadores: "Una crítica acerba del mundo, de la sociedad; crítica -maravillosa de estilo, maravillosa de independencia de espíritu- en que diríase que se traslucen rasgos y cosas de España."[5]

Ya tenemos la mesa llena de libros. Giner de los Ríos, gracias sean dadas, está fresco todavía en el recuerdo.

Sin embargo, Azorín no compara solamente a Fray Luis de Granada con Nietzsche. En otro artículo, dedicado a Gracián, Azorín, siempre tan claro, tan nítido, dice que el jesuita debe su actual renombre al filósofo alemán. Un interlocutor le pregunta si es posible que Gracián influyera en Nietzsche a través de Schopenhauer.

"No lo sabemos; probablemente, no; seguramente, no."[6]

No obstante, dice Azorín pocas líneas después: "En España la aparición de Nietzsche coincidió con el surgimiento a la vida literaria de la que después se ha llamado ‘Generación de 1898'"[7]. Y concluye:

"Estando en el ambiente las ideas de Nietzsche, estando cargada de Nietzsche la atmósfera intelectual, el autor de estas líneas acertó a leer el Oráculo manual, de Baltasar Gracián. Fue aquella lectura una revelación. El acercamiento de uno y otro pensador se impuso instantáneamente. Sobre este punto de la piedad, Nietzsche y Gracián venían a converger. (Convergían porque habían partido o partían de un mismo terreno: el de los psicólogos y filósofos de Grecia y Roma). En mayo de 1903 escribimos en El Globo los artículos titulados (sic): "Una conjetura: Nietzsche, español". Es decir, Gracián, el Nietzsche español propagando ya en el siglo XVII las ideas del filósofo alemán. Entonces, y en el primero de los dichos escritos, hacíamos una suposición de que siendo Schopenhauer un ferviente de Gracián -hasta el punto de haberlo traducido-, y siendo Nietzsche un apasionado conocedor de Schopenhauer, bien pudo, acaso, rastrear Nietzsche a Gracián. Pura sutilidad -pensamos hoy, hoy que Coster casi viene a establecer nuestra antigua conjetura... sin nombrarnos."[8]

Conocida es de sobras la influencia de Nietzsche sobre la Generación de 1898: Baroja, Pérez de Ayala, Unamuno... En Baroja es más que patente en su novela El árbol de la ciencia. Pero Gracián... Gracián y Nietzsche resultan, al menos así, en frío, difíciles de casar. No obstante, lo dice Azorín, dolido porque Adophe Coster llega a sus mismas conclusiones sin citarlo. Con todas las prevenciones del mundo, pero lo dice. Y eso abre un interrogante, un gran interrogante que vuelve a la mesa un libro leído hace tiempo, Oráculo manual.

Un buen amigo, especialista en Nietzsche, nos descubrió que el libro que ha pasado de nuevo a la mesa, Sobre el porvenir de nuestras escuelas, es una traducción hecha del italiano. Hay que releer, entonces, Schopenhauer como educador, vertida directamente del alemán por nuestro buen amigo, pues la prosa de Nietzsche, como la de Azorín, pese a las enormes diferencias, nos parece un prodigio. Y conocida es de sobras la enorme influencia de este filósofo sobre nuestra cultura. No hacen falta más razones.

III
Michel de Montaigne y Francisco de Quevedo
Ya está la mesa llena de libros, y todavía no hemos acabado de releer a Azorín. Ni acabaremos en mucho tiempo: hay muchos libros de él en el último estante de la biblioteca. Seguimos desempolvándolos y bajándolos. Azorín no solamente habla de la literatura clásica española. Habla de las ediciones de los clásicos -se horrorizaría de las ediciones de ahora, con prólogos neciamente eruditos, excesivamente largos y pesados, más absurdas notas a pie de página. Otros los editan en unas encuadernaciones que se rompen, dejando las hojas sueltas, apenas se abre el libro. Hay ediciones que producen verdadera pena y tristeza.

Azorín habla de Michel de Montaigne. De pie, sobre la silla, se recuerdan unas viejas páginas de Azorín. Contaba en ellas que le acababan de llegar los Ensayos. Los libros estaban por desbarbar. Azorín, con un cortaplumas, va separando las hojas. E inmediatamente pone en contacto a Quevedo con Michel de Montaigne. "Veía Quevedo en Montaigne no un epicúreo, no un defensor de Epicuro exclusivamente, sino un adepto y practicante de la doctrina de Epicteto. Y Quevedo, durante toda su vida fue un admirador de esa confesión filosófica."[9]

Sí, pero Quevedo vivió en una época de extrema intolerancia. Y a fin de reivindicar a Epicuro y a Epicteto, recurre a una estratagema inaudita, capaz de provocar la carcajada no por necia sino por la sutileza que encierra: según don Francisco, el primer epicureísta fue Job, ni más ni menos: permaneció impasible ante todas las desgracias que le sucedieron, tal como demandaba Epicuro. Para éste el día más feliz de su vida fue el de su muerte. Reivindicó, pues, al filósofo griego echando mano de la Biblia. Una verdadera audacia teniendo en cuenta todos los recelos que despertaba Epicuro en la Iglesia[10].

Pero hay más: unas lecturas nos llevan a otras. Y tanto Montaigne como Quevedo están preocupados por la enseñanza. Al igual que Nietzsche. Dicha preocupación nos lleva a otro libro de don Francisco, que también se queda sobre la mesa: La cuna y la sepultura.

Azorín dedica, igualmente, muchas páginas a don Francisco de Quevedo, a quien, como hemos visto, pone en relación con Montaigne. ¿Hay que volver a leer los Ensayos? En ese momento comenzamos a asustarnos: el verano ha llegado a su fin. Las clases van a comenzar de nuevo y la mesa, igual que al principio de las vacaciones, está llena de trabajo pendiente. ¿Hay que renunciar, por eso, a la gozosa lectura de Azorín? Apuramos los últimos días y, por fin, damos con el libro, con el capitulillo, donde habla del recuerdo y de la realidad. Buscando ese capítulo, hemos dado con todos estos libros.

Constanza, La ilustra fregona, nos cuenta Azorín, vuelve al mesón del Sevillano veinticinco años después de haberlo abandonado. Se casó Constanza y se fue a vivir a Burgos. Tiene dos hijos ya criados, mozos. El uno está en Madrid pretendiendo un cargo para pasar a América. Ha logrado su deseo. El marido se halla en la corte. Hace poco le llegó a Constanza una carta comunicándole el fallecimiento del Sevillano; poco más tarde falleció su mujer.

Constanza se pone en camino. Va a Sevilla a despedir a su hijo. Pero antes pasa por Toledo y visita el antiguo mesón del Sevillano, donde ejercía de fregona. Nada es como lo recordaba. Ahora a Constanza todo le parece pequeño, mezquino, miserable. Allí nadie, además, la recuerda. Una vieja criada, la Argüello, es la anciana medio ciega y pobre que demanda limosna por las calles y los mesones. No entiende lo que le preguntan. No sabe quién es Constancica, su antigua compañera en el Mesón, no sabe nada. Constanza vuelve a Burgos tras despedir a su hijo. Y los días se suceden monótonos. Concluye Azorín:

"Si hemos pasado en nuestra mocedad unos días venturosos en que lo imprevisto y lo pintoresco nos encantaban, será inútil que queramos tornarlos a vivir. Del pasado dichoso sólo podemos conservar el recuerdo; es decir, la fragancia del vaso."[11]

La mesa está llena de libros que apetece volver a leer. Y en lo alto de la biblioteca quedan muchos libros de Azorín que recuerdan largas y placenteras horas de lectura. ¿Cómo no leerlos una vez más? ¿Cómo no dejarse seducir por el maestro Azorín y volver a los clásicos y a aquel gozo de antaño?

Pero las vacaciones se han terminado, y hay que regresar a las aulas.

Volveremos a la mesa de trabajo, pues, en cuanto podamos. A engolfarnos en los libros que Azorín ha sugerido, y a seguir leyéndolo a él mismo. Sí, cuando se compra un libro, reivindicaba Schopenhauer, nos tenían que dar, también, tiempo libre para leerlo. ¿Es eso lo que dice este filósofo? La memoria a veces, demasiado a menudo, falla. ¿Habla Schopenhauer del tiempo libre o del tamaño de la letra de los libros? Dudamos. Como aquel hombre dudó de la plaza donde, de niño, jugaba con una pelota.

por Vicente Adelantado Soriano