lunes, 17 de mayo de 2010
martes, 23 de junio de 2009
Jesús Quintero entrevista a Eduard Punset
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martes, 17 de marzo de 2009
miércoles, 18 de febrero de 2009
Eduard Punset visita nuevamente a Andreu Buenafuente
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martes, 7 de octubre de 2008
Si no se hace algo, el atún será la próxima especie en caer
El pescado es un alimento cada vez más popular, pero también más escaso. Desde 1950, su consumo en todo el mundo se ha multiplicado por cinco. Sin embargo, el mar no puede dar respuesta a tanta voracidad. El 90% del daño que sufren nuestros mares y océanos se debe a la sobrepesca, explica el biólogo Daniel Pauly, director del Centro de Pesquerías de la Universidad British Columbia de Canadá, que ayer recibió el IV premio Ramón Margalef de Ecología que concede la Generalitat de Cataluña.Calificado por la revista Scientific American como "uno de los 50 científicos más influyentes", Daniel Pauly es una autoridad mundial en el estudio del declive de las reservas pesqueras y la respuesta de los ecosistemas ante la presión humana. Las grandes flotas han arrasado hasta los caladeros más recónditos y han desmontado el equilibrio del ecosistema marino. Los mercados de los países desarrollados demandan, sobre todo, grandes depredadores como el bacalao o los túnidos. "Si no se hace algo, el atún será la próxima especie en desaparecer", afirma taxativo Pauly.

Critica los subsidios pesqueros, que no hacen más que legitimar una pesca que dedica demasiados recursos para capturar poco pescado. "Si ofreces subsidios, resulta rentable continuar pescando".
Daniel Pauly defiende la pesca artesanal y el consumo de especies más pequeñas y abundantes, como la anchoa. Y cree urgente establecer reservas marinas efectivas. Un 10% de los bosques están protegidos. Tan sólo un 0,7% de los mares lo está, apunta. Así las cosas, propone crear reservas marinas, y "una caja negra" en los barcos que permita detectar y penalizar su actividad en estas zonas. Concluye que la crisis del sector ofrece una oportunidad para repensar la pesca en todo el mundo.
07/10/2008
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jueves, 2 de octubre de 2008
Los economistas han traicionado a la realidad
Vive en Montmartre pero la cita es en el centro de París, en Marais. Comemos en la terraza pues, aunque ya hace fresco, nos ahorramos el zumbido de la música de fondo. Lleva un traje oscuro y -previsor- un jersey de lana por encima de la camisa. Jean-Luc Gréau nació en Argelia hace 65 años. Entonces el país era francés pero dejó de serlo cuando él cumplió los 18. "En 1962 llegamos a Montpellier. Y allí cursé mis estudios. La ciudad nos acogió bien". Ningún trauma de pied noir, de colonizador que desentona en la metrópoli. Y enseguida trabajó en la patronal. Como economista. "Durante 27 años he estado dedicado a presionar a los diputados franceses. Había que asesorarles en materia económica. Y defender nuestro punto de vista, claro". Que era el de un estricto liberal.Su premonitorio libro sobre la crisis le ha puesto en órbita en Francia.
Pero eso es ya un pasado remoto porque hoy, convertido en autor de éxito y subido a los púlpitos de opinión gracias a La trahison des économistes (La traición de los economistas), un bombazo en plena crisis, se ha descubierto como un intenso orador que no presta demasiada atención al menú. La ensalada se aburre en el plato y el salmón a l'unilateral se queda frío.
"Hace mucho que dejé de confiar en la capacidad autorreguladora del mercado. Lentamente. Primero Nixon abandonó la garantía del llamado patrón-oro. Luego vinieron Reagan y Thatcher, la desregulación y la venta del patrimonio del Estado. El paro y la miseria se hicieron endémicos. Los ricos lo eran cada vez más y la parte del salario cada vez es menor en el coste final de un producto".
Sus dos primeros libros fueron tan minoritarios como premonitorios, pero el tercero llega en el momento adecuado y se vende como rosquillas en un país ansioso de explicaciones. "Lo que yo defiendo, antes era inaudible". Porque la crisis le ha conferido una autoridad que antes monopolizaban esos "economistas traidores". ¿A qué? "A la realidad".
Él es una excepción en un contexto donde domina el discurso no intervencionista: proteccionista, contrario a la moneda única y defensor del Estado. "No creo que Europa tenga que ser proteccionista respecto a EE UU o Canadá, pero es absurdo que no lo sea frente a China, Corea o Ucrania". Gréau pone el dedo en la llaga: los intercambios son desiguales cuando en un país existe protección social y en el otro no, cuando en uno los salarios son altos y en el otro miserables.
La crisis actual, dice, es el final de un proceso de financiarización de la economía. "Hoy el consejo de administración deja que el gerente o director se fije el propio sueldo. Es descomunal. Fuera de toda lógica. Y él, a cambio, se ocupa de multiplicar el valor de las acciones en muy poco tiempo. Jugando con la deuda. Se confunde el interés de la empresa con el de sus accionistas, de unos pocos. Y la burbuja estalla".
Lo explica con orden y calma. Con la calma del converso. "Soy una mezcla de keynesiano y schumpeteriano que se reconoce deudor ante Marx y, sobre todo, ante Adam Smith. Difícil de clasificar". Pero si hace un año nadie quería escuchar a los augures inclasificables, hoy los lectores franceses dan la razón a sus libros.
Y a nuestro alrededor, ahora caemos, el restaurante no se ha llenado. Impensable hace seis meses.
OCTAVI MARTÍ 02/10/2008
EL PAÍS
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Sin memoria histórica no hay identidad - Vaclav Havel
El escritor y político checo mantiene en la actualidad una actividad frenética. Su vuelta a los escenarios con la obra Retirándose y la publicación de sus memorias, Sea breve por favor, en varios países han revitalizado su trayectoria.Václav Havel es uno de los escasos intelectuales de primera fila, a lo largo del siglo XX, que se vio obligado por las circunstancias históricas a ocupar el poder político. Nacido en Praga en 1936, en el seno de una familia acomodada, su disidencia política en favor de las libertades le llevó a las cárceles de la dictadura comunista durante años. Desde su juventud, Havel escribió obras de teatro y ensayos que fueron muy bien recibidos en Occidente mientras eran prohibidos en su país. Como uno de los más relevantes opositores del régimen comunista, el estallido de la llamada revolución de terciopelo aupó inesperadamente al dramaturgo a la presidencia de la entonces Checoslovaquia, tras la caída del muro de Berlín a finales de 1989.
"Estoy sorprendido de la buena acogida del público a mi nueva obra teatral"
"Soy tímido, y el teatro me permite esconderme detrás de mis personajes"
Su notable carisma y su prestigio moral facilitaron la transición democrática, permitieron una separación pacífica del país entre checos y eslovacos en 1993 y mantuvieron después a Havel en el castillo de Praga, sede de la Presidencia checa, hasta 2003, reelegido por sus compatriotas. Václav Havel, que se recupera de una reciente enfermedad, recibió a El PAÍS el pasado jueves en su oficina del centro de Praga, al lado de paisajes que han marcado su vida, como el Teatro Nacional, el café Slavia o el puente Carlos.
Pregunta. Con el estreno de Retirándose, una obra sobre la lucha del individuo contra el poder, ha vuelto usted a los escenarios de Praga después de mucho tiempo. ¿Cuál ha sido la reacción del público?
Respuesta. Lo cierto es que no ha sido un regreso fácil porque no se estrenaba una obra mía desde hacía casi 40 años. Durante más de dos décadas mi teatro se representó mucho en el extranjero, pero estaba prohibido en Checoslovaquia. Más tarde ocupé la Presidencia del país durante una larga etapa (1989-2003) y en todo ese tiempo cambió mucho el teatro y cambié yo, por supuesto. Estoy satisfecho porque la acogida del público praguense ha sido bastante favorable [el pequeño teatro donde se representa Retirándose registra llenos diarios] y ha resultado una sorpresa muy agradable. No esperaba algo así porque durante mis años como presidente me gané unos cuantos enemigos que, como es natural, aguardaban mi fracaso.
P. Desde que abandonó la política hace más de cinco años. ¿Tiene más tiempo para escribir?
R. Confiaba en tenerlo, pero en la práctica no dispongo de mucho tiempo ni de facilidad para concentrarme en la escritura. Tengo muchas obligaciones [Havel dirige una fundación cultural] y me resulta difícil encontrar momentos propicios para la creación literaria.
P. En su libro de memorias, Sea breve por favor, que ha aparecido recientemente en España publicado por Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, declara que en parte lo ha escrito para las nuevas generaciones. ¿Qué pretendía?
R. Efectivamente, deseo que los jóvenes sean de algún modo los destinatarios principales del libro porque me parece muy importante conservar la memoria histórica. Sin la memoria no existe la continuidad histórica ni se mantiene la identidad. Sentí que era un deber para mí dejar un testimonio de mi trayectoria intelectual y política.
P. ¿Se arrepiente de haber aceptado ser presidente de Checoslovaquia?
R. Es difícil contestar a esa cuestión porque tuve que renunciar a muchas cosas al dar el paso a la política. Fue, sin duda alguna, un sacrificio para mí. Ahora bien, reconozco que también significó un regalo del destino porque pude influir en algunos acontecimientos fundamentales para mi país y para Europa y, al mismo tiempo, conocí a personalidades que nunca hubiera podido tratar.
P. ¿Por qué eligió el teatro como expresión literaria y no otro género?
R. Siempre he sido muy tímido, y el teatro me permite esconderme detrás de mis personajes. Además, el teatro implica una estructura narrativa, un sentido del espacio, del tiempo y del ritmo que me atraen mucho. Se trata de concentrar en las dos horas de duración de una obra toda la historia que pretendes contar.
P. La política tiene un evidente componente teatral. ¿Le sirvió su experiencia de dramaturgo para el ejercicio de la política?
R. Por supuesto existen muchas similitudes entre el teatro y la política y una de ellas se refiere a la composición del drama. En cualquier caso, yo intenté imprimir una actitud estética en mis años de presidente, sin duda, influido por el teatro. Es cierto también que concedía importancia a los símbolos de todo tipo y a la política de gestos en todos los sentidos.
P. ¿Cuál debe ser la actitud de un intelectual?
R. Creo que un intelectual tiene más responsabilidad frente a la sociedad que otras personas. Desde luego, la voz de un intelectual es importante y los políticos deberían escuchar más a los intelectuales porque una reflexión radical resulta muy necesaria para aspirar a un mundo mejor.
P. Usted siempre ha mostrado más reconocimiento y gratitud a Estados Unidos que hacia Europa por su comportamiento con su país, tanto en el pasado como en el presente. ¿A qué se debe esa actitud?
R. Sin el apoyo de EE UU nunca hubiera desaparecido el telón de acero. Esa constatación es algo indudable. La República Checa forma ahora parte de la UE, pero incluso ese ingreso se vio muy favorecido por nuestra pertenencia anterior a la OTAN. Tal vez la UE, siempre tan cautelosa, no hubiera permitido nuestra entrada de una forma tan rápida sin estar en la Alianza Atlántica. Muchos jóvenes vinculan los efectos negativos de la globalización al papel de EE UU en el mundo. Es comprensible esa actitud porque EE UU representa la potencia más fuerte, pero sería injusto echarle la culpa a los norteamericanos de la evolución del mundo.
P. Da la impresión de que la cultura checa atraviesa buenos momentos.
R. Somos un país pequeño y nuestra situación geopolítica, en pleno centro de Europa, ha llevado en ocasiones a la cultura a ocupar el lugar de la política, a paliar sus deficiencias.
P. Ha participado usted en el guión de una película sobre la anexión de la región checoslovaca de los Sudetes y el prólogo de la Segunda Guerra Mundial que prepara su amigo Milos Forman. ¿En qué consiste el proyecto?
R. En realidad sólo he colaborado en la creación de algunos diálogos. La película de mi amigo Milos Forman se basa en un libro de Georges-Marc Benamou, titulado El fantasma de Múnich, que narra la anexión de los Sudetes por parte de los nazis y su efecto como desencadenante de la guerra.
MIGUEL ÁNGEL VILLENA (ENVIADO ESPECIAL) – EL PAÍS
Praga - 21/09/2008
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domingo, 28 de septiembre de 2008
No se pueden dar 700.000 millones a los bancos y olvidarse del hambre
Hans-Gert Poettering (Alemania, 1945), ocupa la presidencia del Parlamento Europeo desde principios de 2006. Democristiano militante se muestra escandalizado porque se destinen 700.000 millones de dólares para salvar a los banqueros en lugar de destinarlo a la lucha contra la pobreza. Defiende la economía social de mercado de la UE y apuesta por un sistema bancario más regulado y transparente. Poettering visitará España entre el 2 y el 4 de octubre.- "Ciertamente, el modelo americano no es el modelo del futuro"
Respuesta. Creo que no son comparables. La caída del Muro fue un acontecimiento positivo, pero la crisis que vivimos es una experiencia muy negativa.
P. ¿Qué lecciones puede sacar Europa de la crisis de EE UU?
R. Lo más importante ahora es ver qué podemos aprender. Desgraciadamente nuestros socios americanos rechazaron más transparencia y más control en el campo financiero. Estoy aconsejando a las instituciones y Gobiernos europeos que empiecen a desarrollar una legislación política europea con más transparencia y más control en el sistema bancario.
P. ¿Esta crisis supone el fin del capitalismo anglosajón, desarrollado sobre todo en EE UU, que desconfía de la regulación y del Estado y lo fía todo al mercado?
R. Siempre hemos tenido modelos diferentes, pero esta crisis demuestra que el modelo europeo es más convincente. Pero incluso nuestro modelo requiere nuevos desarrollos. Las soluciones nacionales ya no son suficientes y necesitamos soluciones europeas. Ciertamente, el modelo americano no es el modelo del futuro.
P. La canciller Angela Merkel, propone un mayor contenido social con medidas como limitar los sueldos de los ejecutivos o la participación de los trabajadores en los beneficios empresariales.
R. Nuestro modelo se describe por primera vez en el Tratado de Lisboa. Es la política social de mercado. No es sólo política de mercado ni sólo política social, sino política social de mercado.
P. Reflexionando sobre las raíces de la crisis, el comisario de Asuntos Económicos, Joaquín Almunia, dice que las causas se resumen en una palabra: codicia.
R. Aprecio mucho al comisario Almunia y creo que tiene razón. No podemos permitir que tras la crisis monetaria, los americanos pongan 700.000 millones de dólares en el sistema bancario, es decir, a unos bancos que ganan dinero para su uso privado. Además, hay otro aspecto. Nunca comprenderé que haya 700.000 millones de dólares de los contribuyentes disponibles para salvar al sistema financiero y no para luchar contra el hambre del mundo. Esto no es aceptable y por esto propongo correcciones.
P. ¿En qué tipo de medidas piensa?
R. Es lo que decía Angela Merkel hace un año, cuando planteaba que era necesaria más transparencia y más control. Necesitamos más legislación y el Parlamento Europeo está dispuesto a hacer esta contribución. Mi consejo para Europa es no gastar dinero como hacen los americanos sino empezar a legislar.
P. La otra crisis que preocupa a los ciudadanos es las consecuencias de la guerra entre Rusia y Georgia. Parece que el retorno de las tropas rusas a las posiciones anteriores al inicio de las hostilidades como establece el acuerdo de seis puntos no está nada claro.
R. Tenemos que insistir en que el documento de seis puntos de Nicolas Sarkozy debe cumplirse. Quiero expresar mi gratitud al presidente francés, que actuó con el apoyo del Parlamento, el Consejo y la Comisión de ir a Moscú y a Tbilisi. Respecto a la crisis hay que admitir que aunque el líder de Georgia cometió un error utilizando medios militares contra Thinvali, esto no justifica la reacción rusa de atacar el territorio de Georgia. Este ataque es un nuevo aspecto de la política de Rusia.
P. La UE ha dicho que si Rusia no se retira de Georgia no reanudará las negociaciones del Pacto de Asociación y Cooperación con Moscú. ¿Lo va a mantener?
R. Rusia tiene que cumplir el acuerdo, si no, será un gran problema para negociar.
P. ¿Esta exigencia no va en contra de Europa que quiere el pacto para su seguridad energética?
R. No. Rusia quiere vender gas y nosotros queremos comprarlo. Hay un interés mutuo. Si nosotros dejamos de consumir su gas, ¿a quién se lo van a vender?
P. Usted se ha referido a las ventajas del Tratado de Lisboa, pero parece que no va a entrar pronto en vigor. Jean-Claude Juncker, presidente del Eurogrupo, teme que el nuevo Tratado no estará vigente hasta 2010.
R. Al Parlamento le gustaría que el Tratado de Lisboa entrara en vigor antes de las elecciones de junio de 2009, pero parece que esto no va a ser posible. Si los irlandeses encuentran una solución en otoño de 2009, entonces el Tratado entraría en vigor en 2010 y esto es lo que decía el primer ministro Juncker.
P. Hacer las elecciones con el viejo tratado puede desincentivar la participación y ahondar la imagen de que Europa está de baja.
R. Europa no está de baja. Lo vemos en la crisis financiera, Europa es más estable que Estados Unidos. Nuestro sistema es diferente y podemos estar contentos de tener el modelo europeo, de tener la moneda europea, el euro, que es la base de la estabilidad. Si no tuviéramos el euro, Europa estaría también metida en un lío.
P. ¿Cree que la presidencia española de la UE en 2010 puede contribuir a resolver los actuales problemas institucionales?
R. Confío especialmente en España porque tiene una muy buena experiencia de presidencias de la UE. Espero la presidencia española con ganas y gran confianza.
ANDREU MISSÉ - Bruselas - 28/09/2008
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lunes, 22 de septiembre de 2008
Todos llevamos un idiota dentro que va creciendo y prosperando
Cuando John Malkovich subió al escenario del Kursaal 2 en la madrugada del domingo para presentar la película de Joel y Ethan Coen, Quemar después de leer, se quedó estupefacto. La ovación que recibió por parte de los 600 asistentes a la sesión, la sala abarrotada, fue atronadora. Malkovich no se lo esperaba. "Soy muy tímido y no me gusta salir en público", dijo a modo de disculpa ayer durante un encuentro con un grupo de periodistas. Nadie lo diría viendo la chaqueta que ha elegido para venir al Festival de San Sebastián. Se le ve desde lejos, grande y potente, con una americana de extravagantes dibujos verdes, naranjas y amarillos.Festivales de cine
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"Siempre me sorprende que la gente no me tire tomates o cosas así".
"Sabía que trabajar con los Coen iba a ser una experiencia muy agradable".
A sus 55 años y con una sólida carrera como actor de cine y teatro (cerca de 70 películas y obras), además de productor y director esporádico, Malkovich se sigue sorprendiendo con la reacción del público. "Siempre me sorprende que la gente no me tire tomates y cosas así. El público de San Sebastián es el más simpático que he conocido en mucho tiempo. No me han propinado patadas, ni nada. Han sido muy agradables". No es fácil saber la ironía o verdad que esconden sus palabras. Es una persona muy seria, aunque solícita y tranquila.
La llamativa americana no le habría valido para el papel de Osborne Cox, el discreto analista de la CIA que interpreta en Quemar después de leer, película que ha sido proyectada en la sección Zabaltegi del certamen donostiarra y que se estrenará en España el próximo 10 de octubre. Es la primera vez que Malkovich trabaja para los hermanos Coen, quienes escribieron los personajes de la historia, una disparatada comedia de espías e intriga, pensando en cada uno de los actores. Junto a Malkovich trabajan George Clooney, Brad Pitt, Tilda Swinton y Frances McDormand, entre otros. "Obviamente, yo siempre he sido un gran admirador de los hermanos Coen, siempre me han gustado sus trabajos, creo que son dos tipos muy inteligentes. Cuando me llegó el guión quedé encantado, porque no sólo me gustaba la historia, también la posibilidad de trabajar con el resto de mis colegas. Sabía de antemano que la experiencia iba a ser muy agradable".
La narración de Quemar después de leer comienza cuando Osborne Cox (Malkovich) acude a una reunión en el cuartel general de la CIA en Arlington (Virginia) y le anuncian el fulminante despido de la agencia de espionaje. Cox no encaja bien la noticia y regresa a su casa, en Washington, para entregarse a la redacción de sus memorias y a la bebida. Su mujer (Tilda Swinton) hace tiempo que mantiene una aventura con un agente federal (George Clooney). Cuando un disco con parte de esas memorias llega accidentalmente a manos de dos empleados de un gimnasio de barrio (Frances McDormand y Brad Pitt), todos los acontecimientos se precipitan en una serie de fortuitos y desternillantes encuentros.
A todos los intérpretes, incluido a Malkovich, los Coen les pidieron algo insólito: que encontraran al idiota que llevan dentro. "En mi caso no ha sido difícil. No me cuesta mucho esfuerzo encontrar al idiota que llevo dentro. Es mi sombra", dice el actor irónico, levemente risueño. Ya más serio, añade: "Todos los personajes del filme son idiotas, pero es que todo el mundo lleva un idiota dentro que va creciendo y prosperando".
Es el peligro de los sueños y la manera de enfrentarse a ellos lo que más le ha conmovido a Malkovich de la historia de los hermanos Coen. "Los personajes van en busca de sus sueños y son tan tontos que no saben a lo que se enfrentan con los secretos de Estado. Unos creen que vendiendo el material a otro país pueden pagarse la cirugía estética, como es el caso de McDormand, o el de Clooney, que cree que con la invención de una silla consoladora va a poder resolver su vida. También mi personaje, Osborne Cox, que se cree un Tom Clancy cualquiera [escritor de gran éxito en Estados Unidos], que va a ganar una fortuna, y no se da cuenta de que no tiene nada que contar y además no sabe escribir".
Malkovich tiene muy buenos recuerdos de cuando hace cinco años hizo su debú como realizador en el Festival de San Sebastián con Pasos de baile, junto a Javier Bardem, con el que disfrutó de lo lindo y con el que lamenta no haber coincidido en esta ocasión. "Siempre he pensado que Javier Bardem es el joven actor con más talento del momento. No me extraña nada lo que está sucediendo con su carrera. Se merecía hace años el Oscar", explica el intérprete norteamericano, dos veces candidato al gran premio de Hollywood, por En un lugar en el corazón (Robert Benton) y En la línea del fuego (Wolfgang Petersen). "Pero el mundo ha cambiado mucho", reflexiona Malkovich, "ahora no se respeta la intimidad. Hay actores, como Javier, que buscan su intimidad, pero que les resulta muy difícil. Hay muchas personas que no lo entienden y otras que sí lo entienden pero que no les interesa respetarla porque se saca mucho dinero de ello".
No dice nada sobre si está dispuesto a continuar su carrera como director. De momento, le espera el estreno de Changeling, en la que ha trabajado a las órdenes de Clint Eastwood, un "tipo al que le ha ayudado su dilatada carrera y experiencia como actor a la hora de dirigir". "Creo que es más fácil para los actores convertirse en realizadores que al revés".
ROCÍO GARCÍA - San Sebastián - 22/09/2008
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lunes, 8 de septiembre de 2008
El 'torpe' Pennac
"Los padres, la televisión, los libros pueden ser idiotas, pero los chavales no lo son", afirma el popular escritor francés, autor de Mal de escuela. Él fue un cancre, un alumno cretino y desastroso, y logró triunfar sirviéndose de la lectura, la imaginación y el amor.La cita es en pleno Vercors, en las afueras del pueblecito, en su casa de veraneo. Y casa de escritura. Daniel Pennac (Casablanca, 1944) se refugia ahí para descansar o para poner en solfa un nuevo libro. Y para pasear en bicicleta o a pie por ese valle y esas montañas que, a finales de septiembre, ya pueden recibir las primeras nieves. Hoy, a almorzar, nos espera acompañado de otro escritor, Tonino Benacquista, novelista y guionista de quien Pennac dice: "Así como la mayor parte de la gente escribe por haber escrito, Tonino escribe por escribir". O lo que es lo mismo, quiere hacer películas, no ser director de cine.
- "La escuela no tiene nada que vender. Imparte saber, algo que es necesario pero que raramente se desea"
- "La imaginación es una memoria al revés. Es la ficción la que permite recordar. Es un psicoanálisis salvaje"
- "No hay nada más emocionante que ver cómo un chaval descubre que la memoria no es cuestión de acumulación"
- "La escuela es el lugar de todas las violencias. Enseñar es violento, es violentar al otro. ¡Todo acto iniciático es violento!"
Pennac es otra cosa. A él la literatura le salvó la vida. A Tonino puede que se la haya cambiado, pero no fue el salvavidas al que agarrarse cuando todo parecía perdido. Bueno, los salvavidas fueron la literatura y el amor. La primera en forma de profesor con una intuición genial, el amor en forma de chica que cree en él, en el último de la clase, en el más torpe del pelotón de los torpes, el cancre, como dicen los franceses. Ahora Mondadori publica en España Mal de escuela (Chagrin d'école), el relato y las reflexiones que le inspiran ese rescate, un libro en cuya contraportada incluye un boletín escolar de Pennac por el que aprendemos que el profesor de francés le consideraba "un alumno alegre pero un triste alumno", el de matemáticas lamentaba que careciera de bases, mientras que para el de inglés "habla mucho pero ni una palabra en inglés". El de dibujo dice algo parecido: "Dibuja por todas partes excepto en clase".
Mal de escuela podría ser un libro sobre la enseñanza, los problemas de la enseñanza, un ensayo, pero no es eso porque "estadísticamente todo se explica, personalmente todo se complica". Y Pennac habla de él, del cancre Pennac y de los cancres que ha conocido cuando, luego, él pasó a ser profesor. "Que la palabra cancre no exista en castellano me recuerda ese viejo proyecto de hacer un diccionario universal de palabras que no existen en otros idiomas, un diccionario de palabras que no existen pero son imprescindibles. La realidad existe en todas las latitudes pero no siempre tiene la palabra adecuada. La saudade de brasileños y portugueses también nos alcanza a los franceses pero carecemos del término exacto. Ustedes, en España, pueden adjetivar la vergüenza y calificarla de ajena cuando provoca un efecto de empatía, pero eso en Francia no lo hacemos".
Hoy se ríe de su pasado de alumno catastrófico pero sólo es divertido porque puede contarlo. "Sabe, un cancre no es un gandul, aunque puede serlo a consecuencia de su nulidad, de su incapacidad para comprender. Es alguien que no puede jactarse de lo que es -un gamberro sí puede creerse autorizado a hacerlo- porque sufre o ha sufrido de ello. Como un asmático que nunca se vanagloriará de sus problemas respiratorios, el cancre tampoco lo hará de sus problemas de respiración intelectual". La situación se prolongó durante los primeros quince o dieciséis años de su vida. ¿Por qué? Un misterio. El padre, profesor de élite; la madre, en casa ocupándose de los hijos; los hermanos, alumnos brillantes. Menos Pennac. Daniel Pennacchioni para el registro civil o cuando pasaban lista en clase. "Esos años fueron terribles. Todo nace de una primera incomprensión, de un problema de inhibición, provocado por la timidez, el azar o cualquier otra causa. Y se acumula y se interioriza. Te dices a ti mismo que eres idiota, un cretino, que no hay nada que hacer contigo. Si te consideras idiota entonces quedas liberado de cualquier esfuerzo. Lo tuyo es irreparable. Luego, a partir de 1969, cuando empecé a trabajar como profesor de alumnos de bachillerato, nunca me topé con ningún muchacho idiota. Los padres pueden, podemos ser idiotas, la televisión, los libros, los grupos, pero los chavales no lo son. Los hay más vivos, más atrevidos, más rápidos, pero ningún cancre es idiota".
Francia o, mejor dicho, la República Francesa ha confiado en la escuela durante cien años. El hecho de ser pública, gratuita y obligatoria, de ofrecer un nivel de calidad y exigencia uniforme para toda la población le confería legitimidad y la convertía al mismo tiempo en elemento básico del llamado ascensor social. Era el símbolo de la igualdad de oportunidades en marcha. Pennac cree haber visto morir esa escuela. "Alrededor de 1975. Mayo del 68 era un movimiento anticonsumista, pero cuando sus efectos fueron desvaneciéndose y la sociedad francesa adoptó formas más liberales, entonces irrumpió el consumo de masas también en la escuela. Los niños y los padres pasaron a ser clientes y consumidores. Y la escuela no tiene nada que vender. Imparte saber, transmite conocimiento, algo que es necesario pero que raramente se desea. Hoy muchos chavales parecen un escaparate al servicio de diversas marcas. Los que tienen libertad de espíritu respecto a esa clientelización de la enseñanza son los que saben resistir mejor los espejismos del consumo".
El primer profesor que supo qué hacer con el cancre Pennacchioni era el responsable de lengua francesa. Vio que ese alumno desastroso, incapaz de comprender las normas más elementales de la gramática y la ortografía, era un lector compulsivo. "Me liberó de preguntas y exámenes pero me exigió que escribiera una novela. Era una responsabilidad nueva y extraordinaria. De pronto tenía un estatuto propio dentro del universo escolar. Eso fue importantísimo". Pero aún debió serlo más el amor. "La gente dice que el amor te vuelve idiota. ¡No se habrán enamorado nunca! El amor te hace más inteligente: el pulso se acelera, la adrenalina sube y tú, para seducir a la chica que te gusta, de la que estás locamente enamorado, inventas lo que haga falta. La chica y yo coincidimos en un curso de teatro, ensayando La doble inconstancia, de Marivaux. Yo era muy mal actor pero me entusiasmaba el teatro. Ella, que iba dos cursos más adelantada que yo, contumaz repetidor, que tenía unas notas extraordinarias, que era bella e inteligente, me eligió a mí, al cancre. ¡Alguien me llamaba por mi nombre y no era para ridiculizarme delante de los demás, para poner en evidencia mi idiotez! Eso también fue enorme para sacarme de la condición de cretino asumido".
La escritura comenzó a interesarle a los 13 o 14 años. Cambiaba redacciones por deberes de matemáticas. Y a los 18 años escribió su primera novela de verdad y la envió a las distintas editoriales, que se la devolvieron sin comentarios. Sólo un editor, Claude Durand, se comportó de otra manera. "Me devolvió el manuscrito acompañado de una carta. Me decía que no me publicaría porque el libro era muy malo. Y me detallaba el porqué lo creía así: los personajes son arquetipos, el estilo manido, la estructura mal concebida. Y me ponía ejemplos de cada una de sus aseveraciones. La carta acababa diciendo que, de todas maneras, creía que yo sería escritor y que si me decidía a escribir otras cosas no dudase en enviárselas. Tardé cinco años en terminar otro libro, esta vez contra el servicio militar".
La literatura de ficción ha tenido para Pennac otra función que la de rescatarle del pozo del fracaso escolar. Recuerda que nunca fue capaz de llevar un diario personal "porque hubiera sido un ejercicio masoquista", pero también que nunca tuvo problemas para inventar, para imaginar. "Y la imaginación me ha servido de lugar de memoria. Es una memoria al revés. En mis historias puedo encontrar lo que me pasaba aquel año". Eso tiene que ver con sus escasas dotes para memorizar. "No pretendo compararme con él, pero me sucede lo que a Michel de Montaigne: no tengo memoria funcional. Él, que era un hombre bien educado y cortés, era incapaz de recordar los nombres de sus sirvientes. Para lograrlo recurría a trucos nemotécnicos, como asociar el apellido con la función que desempeñaban o con el nombre del pueblo donde habían nacido. Montaigne anotaba sus libros y luego no era capaz de recordar lo que significaba aquella anotación, por qué la había hecho. Hubo un momento en que intenté llevar un diario personal pero limitándome a lo factual. Cuando lo releía no recordaba ninguno de los hechos que había anotado. Es la ficción la que me permite recordar. Es un psicoanálisis salvaje".
En Mal de escuela nos explica cómo se reconcilió con la memoria, con el hecho de almacenar conocimientos en el cerebro y también cómo logró hacer partícipes de esa misma reconciliación a sus alumnos. "La memoria no es una cuestión de acumulación sino de comprensión. Cuando estudiaba había que aprenderse un poema de memoria cada semana. Y éramos examinados sobre ese poema. Luego venía otro que permitía olvidar el anterior. ¡En realidad, te pedían que lo olvidases! Al final, cuando llegaba el momento de las pruebas de acceso a la universidad, le sugerían al alumno que utilizase elementos de su cultura personal para construir un discurso. ¿De qué cultura personal podía tratarse en esa lógica cuantitativa y cronológica, en la que a cada semana le correspondía su poema y el olvido del anterior? Con los alumnos decidimos aprender a memorizar una serie de textos: de ensayo, poemas, chistes, pasajes de novelas. Podía valer un aforismo de Woody Allen o una reflexión de Montesquieu. Lo importante era haber comprendido el texto, haber logrado amarlo. En vez de someterlo a esos análisis de forense que acaban con cualquier deseo -¿quién quiere hacer el amor con un cadáver?-, se trataba de hacer propio el texto, de darse cuenta de hasta qué punto aquello nos concernía. Hablar de bovarismo como concepto puede parecer abstruso, pero no lo es cuando recuerdas el pasaje de Emma Bovary mirando por la ventana. A final de curso nos acordábamos de todos, de los aprendidos las primeras semanas y de los que habían llegado más tarde. No hay nada más emocionante que ver cómo un chaval descubre que la memoria no es cuestión de acumulación".
La lógica de Pennac tiene mucho que ver con la sensatez. Él está convencido de que las dificultades gramaticales se resuelven gracias a la gramática, que las faltas de ortografía desaparecen haciendo ejercicios de ortografía, que el pavor ante los libros se arregla leyendo y que la incapacidad para comprender exige una inmersión en el texto. Él, el niño para el que las matemáticas eran un idioma incomprensible, dice haberse encontrado un alma gemela en la persona de Stella Baruk, autora de un fenomenal diccionario de matemáticas (Dictionnaire des mathématiques élémentaires, Seuil). "En dos o tres días logra que críos que estaban reñidos con las matemáticas comprendan su lenguaje. A partir de ahí, de la comprensión de lo que les hablan, todo cambia. Es una mujer prodigiosa".
No le gusta hablar de la crisis de la enseñanza. No se trata de negar los problemas pero sí de evitar las generalizaciones. "Todo puede resumirse en esa frase mil veces repetida que afirma que el alumno carece de bases sólidas. ¡Es lo mismo que decir que la culpa no es mía! El profesor de primaria se queja de la guardería y de que los padres no educan a los hijos, pero el de secundaria cree que el de primaria no ha hecho bien su trabajo. Cuando aprueban por fin el bachillerato siguen sin tener buenos cimientos y los catedráticos de universidad se quejan de cómo les llegan los alumnos a las aulas. Los padres creen que la culpa es de los profesores, éstos arremeten contra el ministerio, que se queja del Mayo del 68 o de lo que haga falta. ¡La culpa siempre es de los otros! Es un proceso de chivo expiación global que impide hablar de nada y sobre todo intentar arreglar algo". Mientras habla, despacio, buscando cada vez la palabra adecuada, sin levantar la voz pero riéndose a menudo, Pennac no puede dejar de referirse al proceso de un profesor castigado con 500 euros de multa por haber abofeteado a un alumno que le insultó gravemente: "¿Usted cree que en un país de 62 millones de habitantes el tema de la bofetada merece la portada de un periódico? La dramatización sistemática de los conflictos también contamina la escuela".
Lamenta que gente como el filósofo Alain Finkielkraut, cuando hablan de la escuela, pierdan la razón. "Estoy de acuerdo en casi todo lo que dice. Sus programas de radio son, muy a menudo, espléndidos, pero Finkielkraut tiene miedo, teme que la lengua francesa que él maneja con tanta precisión sea destruida por esos hijos de emigrantes que se expresan de manera aproximativa, en un argot lleno de interjecciones y guturalidades. Recuerdo a los pequeños calabreses con los que jugaba de niño. ¡Cuando era la hora de reclamar la merienda, de pronto, abandonaban su idiolecto! El argot de las barriadas es el lenguaje que hablan los pobres para hacerles creer a los ricos que les esconden algo. ¡Pero no tienen nada que esconder, como no sean pequeños negocios miserables y una enorme desesperación!". Ese miedo lo alimenta el poder, la prensa, la sociedad toda. Es importante tener culpables y en la escuela todos los escalafones encuentran su culpable: el otro.
"En cualquier caso, cuando se habla de violencia en la escuela no hay que olvidar que la escuela es, per se, el lugar de todas las violencias. Es el lugar donde se entrechocan el conocimiento y la ignorancia. Enseñar es violento, es violentar al otro. ¡Todo acto iniciático es violento!", concluye sin dejar de creer en que la violencia que el saber le aplica a la ignorancia está justificada y que el aprendizaje es una forma de canalización de la violencia. Los cancres, escudados en su caparazón de nulidades, puede que sufran esa violencia más que cualquier otro tipo de alumno. "El cancre, como todos los demás, cuando tiene que responder a una pregunta, puede elegir entre una respuesta correcta, otra equivocada o la absurda. Acostumbra a elegir la absurda. Cuando sucede esto el profesor no puede calificarle, decirle que su respuesta es errónea porque no lo es: es absurda, que es otra cosa. El cancre responde lo primero que le pasa por la cabeza porque aún no ha salido de la lógica infantil que hace que el niño crea que cuando el profesor pregunta es porque necesita una respuesta. El cancre responde para que le dejen tranquilo, para que quede claro que él, el cretino, el idiota, cumple con las reglas del juego y contesta aunque sea un absurdo".
No se considera pesimista porque cree "en la posibilidad de la transmisión". Dejó la enseñanza cuando la literatura le permitió ganarse la vida. "Soy un escritor que ha llegado un poco tarde a la notoriedad. Todo lo hago despacio. El éxito me llegó a los cuarenta años". De su serie con el señor Malaussène como protagonista, con el barrio de Belville como el otro gran protagonista, se han vendido centenares de miles de ejemplares. De Mal de escuela, más de 700.000. Su madre centenaria aún no acaba de creerse que aquel retoño tan poco dotado para los estudios haya sido un buen profesor y hoy un escritor de éxito, y piensa que todo es fruto de un equívoco que no puede durar. Él evoca en su libro ese escepticismo materno o el orgullo con que el padre ponía en las cartas que le escribía, junto al nombre y apellido, el título de "profesor". Y recuerda al mismo tiempo su incomprensión ante alumnos irreductibles. "Un chaval terrible. Cuando le vi pensé que acabaría en las páginas de sucesos. Había en él una violencia fría, tremenda, que no necesitaba ni tan sólo un enfado para manifestarse. Un día detuve a tiempo su puño cuando estaba a punto de estamparlo en la cara de una chica. La directora del centro me llamó para advertirme de que el chico, en su casa, pegaba a su padre. Y mientras lo hacía, la madre rezaba. Había sido adoptado y el padre, para hacerse obedecer, le pegaba. Cuando él cumplió los 14 la situación se invirtió. Se fue de la escuela. Dos o tres años después me paró en la calle. Repartía pizzas. Fuimos a tomar un refresco. Parecía equilibrado".
Entre las satisfacciones inesperadas del autor Pennac está la acogida que mereció Como una novela (Anagrama), un ensayo sobre la naturaleza de la lectura, sobre el placer que proporciona y cómo éste no puede ser obligatorio. "Cada curso me encontraba con algún alumno que me preguntaba, el primer día de clase, si iba a ser obligatorio leer. Cuando te preguntan eso te están diciendo otra cosa: no se trata de que no les guste leer, lo que no les gusta es que a continuación les preguntes, que les pongas en evidencia en clase, aparecer ante los ojos de los demás y los propios como un imbécil. ¡Todo eso no tiene nada que ver con la lectura! ¡Las preguntas no son la lectura! Desde hace décadas esa situación viene repitiéndose y el Ministerio de Educación Nacional persiste en una técnica que se ha revelado nefasta, al menos para un porcentaje importante de alumnos. Yo les leía en clase fragmentos, les acostumbraba a descubrir la magia del sentido. Al final me pedían los libros para poder acabarlos, para saber cómo terminaba lo que yo les había comenzado". Pero si la idea general es buena para todos, la receta necesita de fórmulas de aplicaciones personalizadas. Los chavales no llegan a la escuela en igualdad de condiciones. Por eso Pennac recuerda su caso y el de otros muchos que le hicieron ser feliz como profesor. Que aún hoy hacen que vaya a menudo a los institutos y colegios para hablar con los alumnos. "Lo mejor es que muchos de ellos, que hablan un francés lleno de tacos, me reprochan que en mis novelas también los haya. ¡Para ellos la literatura, la letra impresa, es sagrada y no merece ser contaminada por vulgaridades!".
Mal de escuela. Daniel Pennac. Traducción de Manuel Serrat Crespo. Mondadori. Barcelona, 2008. 256 páginas. 20,90 euros. El libro se venderá a partir del próximo viernes.
OCTAVI MARTÍ 06/09/2008
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Etiquetas: Entrevistas
lunes, 1 de septiembre de 2008
ENTREVISTA JOHN GRISHAM
“Sé que lo que yo hago no es literatura”Ha vendido más de 250 millones de libros de suspense legal; muchos convertidos en películas de enorme éxito. Nos habla de su riguroso plan de trabajo y vida: cada año, un ‘best seller’.
Virtuoso del thriller legal, género indisociable de su nombre, John Grisham (Jonesboro, Arkansas, EE UU, 1955) es autor de una veintena de títulos de los que a lo largo de los años ha vendido más de 250 millones de ejemplares, que han generando miles de millones de dólares en beneficios, lo que le convierte en un fenómeno de marketing que ha sido objeto de numerosos estudios que han tratado de dar con el secreto de su éxito, aunque éste se les escape por igual tanto a los analistas de la industria del libro como al propio autor.
construcción que llevaba una vida nómada, John Grisham se licenció en derecho, ejerciendo de abogado en las cortes de justicia del Estado, donde adquirió de primera mano un profundo conocimiento del espinoso mundo de las causas legales. Efectuó su primera incursión en la novela a los 35 años, y lo hizo sin ánimo de iniciar una carrera literaria. Trabajaba 70 horas a la semana, repartidas entre sus obligaciones como abogado y las exigencias de su cargo político, lo cual no le dejaba ningún margen para otras cosas, pero una escena que presenció durante el transcurso de una causa criminal le afectó tan profundamente que, tratando de exorcizarla, escribió un libro, lo cual cambió el curso de su vida.
Lo que Grisham no podía quitarse de la cabeza era el escalofriante testimonio de una adolescente en el que daba cuenta de las circunstancias de su violación en presencia del hombre que la había forzado, ante la mirada atenta del jurado. Sentado entre el público, el padre de la víctima escuchaba el testimonio de su hija con el rostro congestionado por el dolor, a duras penas capaz de contener su rabia. “¿Qué ocurriría”, se preguntó el futuro autor, “si el padre de la niña se tomara la justicia por su mano y diera muerte al violador, teniendo entonces que ser juzgado por asesinato?”. La respuesta fue Tiempo de matar, su primera novela. Aunque no falta quien dice que es la mejor obra de su carrera, cuando se publicó pasó completamente inadvertida. Nada permitía sospechar entonces que el autor de aquel libro primerizo estaba destinado a ser uno de los mayores autores de best sellers de todos los tiempos. Dos años después, las cosas cambiarían radicalmente. Todavía no había enviado a ninguna editorial el manuscrito de su segunda novela cuando alguien se lo hizo llegar de manera clandestina a un productor de Hollywood, que inmediatamente vio sus posibilidades y ofreció 600.000 dólares por los derechos cinematográficos del libro. Cuando la noticia llegó a los circuitos editoriales, Grisham recibió una oferta millonaria. El libro, titulado La tapadera, se convirtió en un mega-best seller. Corría el año 1991. Desde entonces hasta hoy, todos los libros de Grisham, incluido Tiempo de matar, al que le llegó la hora del éxito con carácter retroactivo, han alcanzado un promedio de ventas superior a los diez millones de ejemplares por título, a razón de uno por año, a veces más. Muchos de ellos han sido adaptados al cine, y no por cualquiera. Entre los cineastas que han dirigido películas basadas en novelas suyas figuran nombres del calibre de Sidney Pollack, Alan J. Pakula o Francis Ford Coppola, uno de los fans del autor.
La entrevista tiene lugar en su oficina, ubicada en el centro de Charlottesville, pequeña localidad del Estado de Virginia, en cuyas afueras vive recluido el escritor. Todo en su vida está calculado al milímetro y puesto al servicio de la publicación, distribución y marketing de sus inexorables best sellers. Acude a la cita a la hora en punto, impecablemente vestido. Es un hombre sencillo, de mirada limpia, que transmite una inmediata sensación de integridad y a quien le gusta llamar a las cosas por su nombre. Tiene muy claro cuál es su misión en la vida, y a fin de que nadie se llame a engaño, afirma sin equívocos que lo que hace no es literatura, sino entretenimiento de calidad.
Los popes de la crítica y los mandarines de la alta literatura levantan las cejas cuando oyen su nombre, pero algo debe de tener este hombre cuando hay millones de lectores repartidos por los cuatro puntos cardinales del globo esperando con avidez a que publique su siguiente novela. Es alto, afable y ameno, nada estridente en sus maneras. Aunque el guión de su vida está sometido a un severísimo control debido a los plazos de producción que Grisham se ve obligado a observar, a fin de que en ningún momento se interrumpa la maquinaria encargada de mantener constante el ritmo de publicación de sus libros, hay claros en la conversación que permiten vislumbrar, siquiera durante unos momentos, al individuo que se encuentra en la base de lo que se ha dado en llamar el negocio Grisham. Lo que se ve en esos momentos es un hombre austero y trabajador, un buen tipo, o, como dice él de sí mismo, un chico blanco, de origen muy humilde, criado en el profundo Sur de Estados Unidos, con la cabeza llena de ensoñaciones, al que lo único que le importa es poder escribir sus historias, unas historias que, concebidas en los pliegues más profundos de su imaginación, llegan con regularidad perfectamente calculada a los rincones más alejados del planeta.
¿Qué es lo más destacable de ‘La apelación’, su última novela? Es el libro más abiertamente político de cuantos he escrito. Creo que ése es su rasgo más destacado. Me meto a fondo en un tema que no se ha explorado suficientemente, el mundo de las elecciones judiciales en Estados Unidos, una cuestión candente en mi país. Este tipo de elecciones tiene lugar cada dos años y está sujeto a toda clase de manipulaciones por parte de representantes del mundo de la política y las grandes corporaciones financieras. El fenómeno se ha agudizado en la última década. Cada vez hay más corrupción en el entorno de estas elecciones judiciales. La acción transcurre en el Estado de Misisipi, donde me crié. Hace bastantes años jugué un papel activo en la escena política del Estado, de modo que conozco el ambiente de primera mano.
¿Cuál es el proceso de gestación de una novela de John Grisham? Siempre estoy a la caza de ideas, porque no trabajo nunca en un solo libro, sino en varios a la vez. Aparte de la novela que esté escribiendo en un momento dado, voy dando forma en mi cabeza a las dos siguientes, de modo que el proceso de gestación de un libro empieza mucho antes de que llegue el momento de ponerme a escribirlo. En cuanto tengo la idea del libro, empiezo a organizar el argumento. Antes de escribir la primera palabra sé perfectamente todo lo que va a pasar. Luego viene un periodo que puede durar meses, durante el cual me dedico a documentarme a fondo sobre el tema, hasta que por fin llega el momento de escribir la novela, cosa que me lleva entre cuatro y seis meses. Los preliminares pueden variar, pero el grueso del libro lo remato en 90 días.
Cronológicamente, el plan es siempre el mismo, y sigue de cerca el curso de las estaciones del año. A finales de la primavera tengo una idea bastante clara de cómo va a ser la historia, y entonces empiezo a escribir, primero sólo un poco, una página al día, a veces dos; luego voy aumentando, hasta llegar a tres o cuatro páginas diarias. Cuando llega el verano, como ahora, entro en velocidad de crucero, y trabajo más horas. En estos momentos estoy sacando un promedio de cinco a siete páginas por día. Mantengo el ritmo a todo agosto, hasta que pongo fin al libro. A mediados de septiembre habré terminado la novela que tengo entre manos ahora mismo. Después de limpiar el manuscrito, lo dejo reposar, y antes de enviarlo a la imprenta, a primeros de diciembre, le echo un último vistazo. El 27 de enero estará en todas las librerías del país y esa misma noche quedaré para cenar con mi editor y con mi agente para fijar la fecha de publicación de la siguiente novela, que según mis cálculos será en febrero de 2010. Es un ritual que nunca falla.
Entonces, en estos momentos se encuentra en la fase central de la escritura. ¿Puede describir su rutina? Me levanto muy temprano, a las seis de la mañana. Me tomo un café muy cargado y me encierro en mi despacho. Vivo en el campo, a quince millas al sur de Charlottesville, y tengo una oficina sin teléfono ni fax ni Internet, nada, silencio total. A las siete de la mañana estoy escribiendo a toda máquina. Con los años he aprendido que cuando rindo mejor es entre las siete y las diez de la mañana. Ésas son las mejores horas del día para mí y procuro aprovecharlas sin interrupciones. A partir de las diez, mi mente empieza a divagar; a las once ya voy casi sin gas. Es rarísimo que la sesión de escritura se prolongue hasta mediodía. Dicho así no parece que sea una jornada de trabajo muy dura, pero escribir de manera ininterrumpida durante cuatro o cinco horas es agotador. Al final de una sesión de escritura dura estoy física y mentalmente extenuado. Cuando acabo vengo en coche a Charlottesville, almuerzo en algún restaurante cerca del despacho y, una vez aquí, me ocupo de las cuestiones organizativas. Aquí es donde concedo mis entrevistas, hago reuniones, me ocupo de la correspondencia y hablo por teléfono con Nueva York. A media tarde me voy a casa y hago ejercicio, una sesión bastante rigurosa: levanto pesas, o salgo a correr, o a nadar, o juego a squash, durante una hora, más o menos. El resto del tiempo se lo dedico a mi familia.
¿Nunca se toma un respiro? ¿Se siente presionado? No me puedo permitir parar, se iría todo inmediatamente al traste. En el negocio del entretenimiento y en el mundo de la cultura popular, todo va por ciclos, ya se trate de cine, de música o de deporte. Son ciclos bastante amplios, pero no se sabe cuánto pueden durar. Eso es particularmente cierto en el caso de la ficción. No me siento presionado. Nadie me obliga a escribir un libro al año. Tengo un contrato que me obliga a escribir creo que son dos o tres libros durante los próximos cinco años, de modo que no hay presión contractual que me obligue a producir al ritmo que lo hago, pero es algo que me impongo, por tres razones: si no escribiera, no sabría qué hacer con mi tiempo; además, me divierte inmensamente hacerlo, y por último, mis libros siguen siendo inmensamente populares. Si, por las razones que fuera, las cosas dejaran de ser así, dejaría inmediatamente de escribir.
¿Cuántos millones de ejemplares calcula que ha vendido a lo largo de su vida? Según datos recientes de mis editores, más de 250 millones en 46 idiomas.
¿Y qué le hace sentir saber que tiene tantos millones de lectores en todo el mundo? A pesar del tiempo transcurrido, sigo sin salir de mi asombro. Me resulta increíble saber de antemano que el libro que estoy escribiendo en la soledad de mi estudio lo van a leer millones de personas de todas las edades distribuidas por los cinco continentes. Tengo muy presentes a mis lectores. Ellos son la razón de todo esto. Son increíblemente fieles, aunque, en cierto modo, estoy sometido a sus exigencias. Mis fans saben perfectamente cuál es la fecha de publicación de mis libros, y esperan pacientemente a que llegue, pero no me puedo salir mucho del guión. A veces me gusta probar con otro tipo de libros, pero si lo que publico no es un thriller legal, a mis lectores no les hace mucha gracia. Una vez publiqué una novela cómica, Una Navidad diferente. Mis seguidores dijeron que habían disfrutado leyéndolo, pero dejando claro que prefieren los thrillers legales. He publicado muchas clases de libros, incluso una farsa sobre el fútbol en Italia, y todos se han vendido muy bien porque figura mi nombre en la portada, pero a mis lectores no acaban de convencerles mis devaneos. Tienen muy claro lo que les gusta y quieren que se lo dé. En ese sentido estoy un poco atado: siento que no los puedo defraudar, así que intento darles un buen libro de suspense legal cada año.
¿Cómo empezó la lluvia de ‘best sellers’? Fue algo totalmente inesperado. Mi primer libro, Tiempo de matar, no lo leyó nadie. Sin embargo, dos años después, cuando publiqué La tapadera, en 1991, las cifras de ventas alcanzaron proporciones exorbitantes. Hubo un factor de suerte: cuando salió el libro, el mercado editorial andaba a la búsqueda de nuevos talentos. Stephen King llevaba 15 años en candelero; Tom Clancy, 10, y Michael Crichton y Robert Ludlum, todos ellos autores de mega-best sellers, también llevaban mucho tiempo. Para la industria del libro es crucial descubrir a una nueva superestrella cada dos o tres años. A principios de los noventa, todo el mundo –editores, librerías, lectores- andaba a la caza de un nuevo nombre, de modo que el ambiente no podía ser más propicio para mí cuando apareció La tapadera.
Entonces ocurrió algo importante: me advirtieron contra el éxito. En plena eclosión de ventas, los expertos me dieron un consejo: “Esto que te está pasando es un milagro, pero no lo puedes dejar. Si quieres mantenerte, tienes que sacar un libro el año que viene como sea. De lo contrario puede irse todo al garete”. Me advirtieron que de la misma manera que en el mercado editorial estadounidense se celebra el triunfo de un desconocido, en cuanto pasa un poco de tiempo, los mismos que te han estado jaleando disfrutan del espectáculo de contemplar la caída del nuevo ídolo. La línea divisoria entre el éxito y el fracaso es imperceptible, y yo tuve la fortuna de que me lo hicieran ver a tiempo. Había alcanzado un nivel de popularidad espectacular, el público se había fijado en mí, y ahora tenía que hacer un esfuerzo enorme por asegurarme su fidelidad. Si no les haces caso a los lectores, enseguida te dan la espalda. Me di cuenta de que, efectivamente, los grandes autores comerciales, los gigantes de la literatura popular como Stephen King, Robert Ludlum o Tom Clancy sacaban todos un libro al año. Comprendí que no me quedaba más remedio que hacer lo mismo y durante los tres años siguientes publiqué otras tantas novelas, El informe Pelícano en el 92, El cliente en el 93 y La cámara de gas, un libro bastante oscuro, en el 94. Todas fueron grandes best sellers. Fueron unos años increíbles, porque además se llevaron todas a la pantalla, lo cual le dio el espaldarazo definitivo a mi carrera. El clímax llegó entre el verano del 93 y el verano del 94. En sólo doce meses se estrenaron tres películas basadas en mis tres primeras novelas, y todas fueron un éxito de taquilla. Hubo gente que dijo que había saturado el mercado. Llegué a tener el número 1 de ventas de tapa dura y los números 1, 2 y 3 en la lista de libros de bolsillo. Ahora que puedo ver las cosas con perspectiva, me doy cuenta de que la clave estuvo en tener la ambición y la disciplina necesarias para sacar un libro al año. Stephen King hizo una observación muy interesante al respecto. Hace muchos años que él publica hasta dos libros el mismo año. Lo que dijo King es que cuando un escritor hace algo así, los críticos dejan de fijarse en él, lo cual es una gran victoria. El autor a solas con sus lectores, haciendo de la crítica algo irrelevante.
De todos modos, los ‘best sellers’ no dejan de ser un misterio cuya lógica escapa incluso a las leyes del mercado. Son muchas las grandes operaciones comerciales que desembocan en fracaso. Por otra parte, no escribe un ‘best seller’ quien quiere, sino quien puede. A veces, ni siquiera el propio autor es capaz de explicar en qué consiste. ¿Cuál es su opinión? ¿Hay una fórmula mágica? No puedo hablar en general. Lo que puedo hacer es tratar de explicar mi caso. Se da toda una mezcla de factores. En primer lugar, para que un libro llegue a ser un best seller es indispensable que tenga suspense. Si el autor sabe manejar con destreza el elemento de suspense, las posibilidades de que el libro se venda bien son muy elevadas. El suspense es algo que engancha a todo el mundo. A todos nos encanta ver una buena película de suspense, leer un libro que te mantiene en vilo. En segundo lugar, en la historia tiene que haber un héroe o una heroína que se ganen inmediatamente las simpatías del lector. Una vez que se han identificado con él, hay que hacer que el protagonista se meta en una situación difícil, convertirlo en víctima de alguna traición, quizá poner su vida en peligro, para al final rescatarlo de las dificultades. Ésos son los ingredientes básicos del género de suspense. Luego están las marcas de identidad de cada autor; en mi caso, un buen conocimiento del mundo de la ley. En nuestra sociedad, en nuestra cultura, hay un apetito insaciable por las historias con un trasfondo legal. El mundo de la ley es algo que fascina a todo el mundo. A todo el mundo le encantan los juicios, los procesos legales, los tribunales y jurados que tratan de dirimir un asesinato; todo eso es parte de nuestro ADN. En resumidas cuentas, que la combinación de un buen suspense con un marco legal es formidable. En mi caso hay un tercer elemento, que no se da en todos los escritores, y es que mis libros son limpios, no hay nada escabroso ni moralmente objetable en ellos. Si un lector de 50 años lee una novela mía, sabe que se la puede recomendar indistintamente a su hija de 15 años o a su madre de 80, porque tiene la seguridad de que no hay nada moralmente reprobable en el libro. La clave de la fidelidad que me profesan muchos lectores es esa cualidad, que no es tan frecuente como parece. Hay una sobreabundancia de libros turbios y escabrosos.
¿Podemos apartarnos por un momento del guión? Olvídese de las ventas, de los agentes, de los calendarios de producción, de las sesiones de treinta minutos para el fotógrafo y una hora para el entrevistador. ¿Le resultaría posible desprenderse de todas esas máscaras para hacer su autorretrato? Nada de lo que ha ocurrido conmigo en la esfera pública me ha cambiado. En el fondo sigo siendo la misma persona que era antes de publicar mi primer libro: un buen chico que tuvo una infancia dura, de familia pobre, blanco, criado en Misisipi, en el profundo Sur. Tengo valores morales muy conservadores, aunque política y socialmente soy liberal. Soy demócrata, tengo mis creencias religiosas, y soy tremendamente celoso de mi intimidad. No me gustan los cambios. Llevo 27 años felizmente casado con la misma mujer, tenemos dos hijos, un chico de 25 y una chica de 17. Tengo muy arraigado el sentimiento de familia. No tengo enemigos, soy muy leal a mis amigos, con un profundo sentimiento de mi región, el Sur. Y no soy para nada una persona complicada, al revés. Soy lo que se dice un tipo sencillo.
¿Cuáles son sus obsesiones? ¿Tiene miedo de algo? No tengo tiempo para pensar en esas cosas. Mi única preocupación es que el libro que estoy escribiendo ahora mismo sea el mejor que he escrito jamás. Ahí empiezan y terminan mis obsesiones.
¿No le da miedo quedarse sin ideas? Sinceramente, no. Llevo 21 libros en 20 años, todos grandes best sellers, y en ningún momento he estado falto de ideas. Me preocuparé por eso el día que me quede sin ideas. Entonces pararé, pero de momento no parece que haya peligro.
¿Cuál es la línea divisoria entre literatura y entretenimiento? ¿Qué criterios los definen? ¿Le parecería legítimo hablar de valores artísticos frente a motivaciones económicas? Es muy difícil contestar. La línea divisoria, y la hay, qué duda cabe, es demasiado movediza. Resulta difícil determinar dónde acaba el arte y dónde empieza el entretenimiento, es una frontera porosa. Los extremos están claros: por una parte estarían los escritores que hacen literatura de calidad sin tener en cuenta ningún tipo de criterio comercial, y en las antípodas, los autores que escriben exclusivamente con ánimo de satisfacer las necesidades del mercado de masas. Pero hay toda una zona intermedia entre los dos extremos. Hay autores que escriben literatura de calidad que venden bien, así como autores populares cuyos estándares se acercan a los de la alta literatura. ¿Cuál es mi posición en todo esto? La alta literatura exige dedicar mucho tiempo a indagar en las profundidades del espíritu humano, sondeando el carácter de la gente, prestando atención a las relaciones humanas. El argumento no es tan importante. Sí es importante conseguir transmitir un sentimiento del espacio local, del entorno, del paisaje. Yo sé que lo que yo hago no es literatura. Para mí, el elemento esencial de la ficción es el argumento. Mi objetivo es conseguir que el lector se sienta impelido a pasar las páginas a toda velocidad. Si quiero lograr eso, no me puedo permitir el lujo de distraerlo. Tengo que mantenerlo en vilo, y la única manera de hacerlo es utilizando las armas del suspense. No hay más. Si me pongo a intentar entender las complejidades del alma humana, los defectos de carácter de la gente y cosas de ese tipo, el lector se distrae, y eso es un lujo que no me puedo permitir. Por supuesto que he leído literatura en el sentido clásico. Todos tenemos esa clase de libros en la biblioteca de casa. Me obligaron a leerlos en la escuela, y le confieso que no me gustaron demasiado. No entendía por qué decían que eran tan buenos.
¿Se siente envidiado por los escritores ‘serios’? ¿Ha sentido desprecio por parte de críticos y escritores ‘literarios’? Ya le he dicho que no presto atención a lo que dicen los críticos, ésa es una batalla que gané hace mucho. Sé que no me tratan demasiado bien, cosa que antes me molestaba, pero ahora ya no. Me imagino que habrá muchos escritores que no consiguen publicar o que venden muy poco que se sienten amargados y no pueden soportar que haya escritores que venden a mansalva, pero en todo caso no tengo trato con ellos. Ni los conozco ni los voy a conocer nunca. Lo único que me importa es que mi próximo libro sea el mejor que he escrito jamás. Me debo a mi público. Mi única preocupación es satisfacer a mis lectores. Lo demás da exactamente igual.
¿Ha coincidido en alguna ocasión con un autor como, pongamos por caso, Don DeLillo, Philip Roth o Cormac McCarthy? Quizá tuvieran muchas preguntas que hacerse, o cosas que contarse, ¿no cree? No se ha dado el caso. Jamás he conocido a ningún autor como los que dice usted. La escritura es un oficio solitario, que se hace en casa, lejos de todo el mundo.
Pero le interesan esos autores. En algún lugar he leído que colecciona primeras ediciones de los libros de Faulkner. Bueno, somos paisanos, los dos somos de Misisipi. Leí a Faulkner siendo muy joven, porque en el colegio nos obligaban a leerlo. Disfruté moderadamente alguno de sus libros, pero lo normal era que me resultara imposible pasar de la página 10. La razón por la que colecciono sus primeras ediciones es porque son una magnífica inversión. Me gusta coleccionar relojes de pulsera y primeras ediciones.
En ‘La apelación’ y en otros libros suyos se advierte una preocupación por temas como la justicia social. Es cierto, y supongo que también seguirá apareciendo esa preocupación en libros futuros, pero si te dedicas a la ficción popular no puedes predicar demasiado, no puedes imponer tus opiniones políticas a los lectores. Está bien abrazar una causa, pero no hay que insistir demasiado. En el libro que estoy escribiendo ahora mismo no hay nada de eso, nada de preocupaciones sociales, nada de política. Suspense puro, al viejo estilo. Claro que se pueden combinar las dos cosas. De hecho, mis mejores libros son los que logran un equilibrio entre los dos elementos. Pero la fórmula del éxito, como ocurre con La tapadera, El cliente, El socio o el libro que estoy escribiendo, prescinde de esos temas.
Sin embargo, en su vida privada no es así: le preocupa su comunidad, ha dado dinero para que se construyan viviendas sociales en Brasil, financia un equipo de béisbol para chicos necesitados. Soy de orígenes muy humildes. Nací en el seno de una familia pobre, y eso es algo que no se olvida fácilmente. Por lo menos, yo no lo olvido. He tenido éxito en la vida. Soy una persona privilegiada y me parece importante aportar algo a la comunidad.
Antes de ser escritor se metió en política. ¿Cómo recuerda la experiencia? Fui candidato a la legislatura del Estado, y me eligieron dos veces, pero no tardé mucho en dejarlo. La política me sigue interesando, pero como espectador, no como elemento activo. He brindado apoyo a los políticos con cuyas ideas comulgo, prestando mi nombre o ayuda financiera a sus campañas. En estos momentos, en EE UU se ha llegado a un punto cercano a la saturación con las elecciones presidenciales. Está siendo una campaña interminable.
No puedo poner fin a la entrevista sin preguntárselo. ¿Quién va a ser el próximo presidente de EE UU?: Obama.
Leyes, política, libros y películas
Abogado y político. Sus novelas se nutren de sus experiencias profesionales en el campo del derecho criminal, así como de lo que aprendió durante los años en los que se dedicó activamente a la política, en calidad de miembro electo del Partido Demócrata en la Cámara de Representantes del Estado de Misisipi.
Tiempo de matar, terminada en 1987 y para muchos la mejor de su carrera, pasó completamente inadvertida cuando se publicó. Pero su segundo trabajo, La tapadera (1991), ya se convirtió en un best seller. Luego llegaron El informe Pelícano, El cliente, El jurado, El socio, La hermandad, La granja, El último partido...
En cine, películas basadas en sus novelas han tenido un éxito fulminante, como El informe Pelícano(Alan J. Pakula), La tapadera (Sydney Pollack), El cliente (Joel Schumacher) y Legítima defensa (Francis Ford Coppola).
EDUARDO LAGO 31/08/2008
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