jueves, 14 de junio de 2012

SOLEDAD PRIMERA


(Parte I)

Era del año la estación florida 
En que el mentido robador de Europa 
—Media luna las armas de su frente, 
Y el Sol todo los rayos de su pelo—, 
Luciente honor del cielo, 
En campos de zafiro pace estrellas, 
Cuando el que ministrar podía la copa 
A Júpiter mejor que el garzón de Ida, 
—Náufrago y desdeñado, sobre ausente—, 
Lagrimosas de amor dulces querellas 
Da al mar; que condolido, 
Fue a las ondas, fue al viento 
El mísero gemido, 
Segundo de Arïón dulce instrumento.

Del siempre en la montaña opuesto pino 
Al enemigo Noto 
Piadoso miembro roto 
—Breve tabla— delfín no fue pequeño 
Al inconsiderado peregrino 
Que a una Libia de ondas su camino 
Fió, y su vida a un leño. 
Del Océano, pues, antes sorbido, 
Y luego vomitado 
No lejos de un escollo coronado 
De secos juncos, de calientes plumas 
—Alga todo y espumas— 
Halló hospitalidad donde halló nido 
De Júplter el ave.

Besa la arena, y de la rota nave 
Aquella parte poca 
Que le expuso en la playa dio a la roca; 
Que aun se dejan las peñas 
Lisonjear de agradecidas señas.

Desnudo el joven, cuanto ya el vestido 
Océano ha bebido 
Restituir le hace a las arenas; 
Y al Sol le extiende luego, 
Que, lamiéndole apenas 
Su dulce lengua de templado fuego, 
Lento lo embiste, y con suave estilo 
La menor onda chupa al menor hilo.

No bien, pues, de su luz los horizontes 
—Que hacían desigual, confusamente, 
Montes de agua y piélagos de montes— 
Desdorados los siente, 
Cuando —entregado el mísero extranjero 
En lo que ya del mar redimió fiero— 
Entre espinas crepúsculos pisando, 
Riscos que aun igualara mal, volando, 
Veloz, intrépida ala, 
—Menos cansado que confuso— escala.

Vencida al fin la cumbre 
—Del mar siempre sonante, 
De la muda campaña 
Árbitro igual e inexpugnable muro—, 
Con pie ya más seguro 
Declina al vacilante 
Breve esplendor de mal distinta lumbre: 
Farol de una cabaña 
Que sobre el ferro está, en aquel incierto 
Golfo de sombras anunciando el puerto.

«Rayos —les dice— ya que no de Leda 
Trémulos hijos, sed de mi fortuna 
Término luminoso.» Y —recelando 
De invidïosa bárbara arboleda 
Interposición, cuando 
De vientos no conjuración alguna— 
Cual, haciendo el villano 
La fragosa montaña fácil llano, 
Atento sigue aquella 
—Aun a pesar de las tinieblas bella, 
Aun a pesar de las estrellas clara— 
Piedra, indigna tïara 
—Si tradición apócrifa no miente— 
De animal tenebroso cuya frente 
Carro es brillante de nocturno día: 
Tal, diligente, el paso 
El joven apresura, 
Midiendo la espesura 
Con igual pie que el raso, 
Fijo —a despecho de la niebla fría— 
En el carbunclo, Norte de su aguja, 
O el Austro brame o la arboleda cruja.

El can ya, vigilante, 
Convoca, despidiendo al caminante; 
Y la que desviada 
Luz poca pareció, tanta es vecina, 
Que yace en ella la robusta encina, 
Mariposa en cenizas desatada.

Llegó, pues, el mancebo, y saludado, 
Sin ambición, sin pompa de palabras, 
De los conducidores fue de cabras, 
Que a Vulcano tenían coronado.

«¡Oh bienaventurado 
Albergue a cualquier hora, 
Templo de Pales, alquería de Flora! 
No moderno artificio 
Borró designios, bosquejó modelos, 
Al cóncavo ajustando de los cielos 
El sublime edificio; 
Retamas sobre robre 
Tu fábrica son pobre, 
Do guarda, en vez de acero, 
La inocencia al cabrero 
Más que el silbo al ganado. 
¡Oh bienaventurado 
Albergue a cualquier hora!

»No en ti la ambición mora 
Hidrópica de viento, 
Ni la que su alimento 
El áspid es gitano; 
No la que, en bulto comenzando humano, 
Acaba en mortal fiera, 
Esfinge bachillera, 
Que hace hoy a Narciso 
Ecos solicitar, desdeñar fuentes; 
Ni la que en salvas gasta impertinentes 
La pólvora del tiempo más preciso: 
Ceremonia profana 
Que la sinceridad burla villana 
Sobre el corvo cayado. 
¡Oh bienaventurado 
Albergue a cualquier hora!

»Tus umbrales ignora 
La adulación, Sirena 
De reales palacios, cuya arena 
Besó ya tanto leño: 
Trofeos dulces de un canoro sueño, 
No a la soberbia está aquí la mentira 
Dorándole los pies, en cuanto gira 
La esfera de sus plumas, 
Ni de los rayos baja a las espumas 
Favor de cera alado. 
¡Oh bienaventurado 
Albergue a cualquier hora!»

No, pues, de aquella sierra —engendradora 
Más de fierezas que de cortesía— 
La gente parecía 
Que hospedó al forastero 
Con pecho igual de aquel candor primero, 
Que, en las selvas contento, 
Tienda el fresno le dio, el robre alimento.

Limpio sayal en vez de blanco lino 
Cubrió el cuadrado pino; 
Y en boj, aunque rebelde, a quien el torno 
Forma elegante dio sin culto adorno, 
Leche que exprimir vio la Alba aquel día 
—Mientras perdían con ella 
Los blancos lilios de su frente bella—, 
Gruesa le dan y fría, 
Impenetrable casi a la cuchara, 
Del viejo Alcimedón invención rara.

El que de cabras fue dos veces ciento 
Esposo casi un lustro —cuyo diente 
No perdonó a racimo aun en la frente 
De Baco, cuanto más en su sarmiento, 
Triunfador siempre de celosas lides, 
Le coronó el Amor; mas rival tierno, 
Breve de barba y duro no de cuerno, 
Redimió con su muerte tantas vides—; 
Servido ya en cecina, 
Purpúreos hilos es de grana fina.

Sobre corchos después, más regalado 
Sueño le solicitan pieles blandas 
Que al Príncipe entre Holandas 
Púrpura Tiria o Milanés brocado. 
No de humosos vinos agravado 
Es Sísifo en la cuesta, si en la cumbre 
De ponderosa vana pesadumbre 
Es, cuanto más despierto, más burlado. 
De trompa militar no, o destemplado 
Son de cajas, fue el sueño interrumpido; 
De can sí, embravecido 
Contra la seca hoja 
Que el viento repeló a alguna coscoja.

Durmió, y recuerda al fin cuando las aves 
—Esquilas dulces de sonora pluma 
Señas dieron suaves 
Del Alba al Sol, que el pabellón de espuma 
Dejó, y en su carroza 
Rayó el verde obelisco de la choza.

Agradecido, pues, el peregrino, 
Deja el albergue y sale acompañado 
De quien lo lleva donde, levantado, 
Distante pocos pasos del camino, 
Imperïoso mira la campaña 
Un escollo, apacible galería, 
Que festivo teatro fue algún día 
De cuantos pisan, Faunos, la montaña. 
Llegó, y a vista tanta 
Obedeciendo la dudosa planta, 
Inmóvil se quedó sobre un lentisco, 
Verde balcón del agradable risco.

Si mucho poco mapa le despliega, 
Mucho es más lo que, nieblas desatando, 
Confunde el Sol y la distancia niega.

Luis 1614de Góngora y Argote, 

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