viernes, 9 de mayo de 2014

El HAARP un arma de destrución masiva en Alaska

Vía Muy Interesante

El índice térmico

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jueves, 8 de mayo de 2014

Poema El Silencio

Hay un vacío en el que no se oyen las zapatillas.
Y otro más profundo: el que disuelve nuestras manos.
Y nuestro cuerpo. Y sólo flotan unos ojos
que no lo parecen. Aunque daría lo mismo
porque ya no pensamos con palabras
que todo lo confunden.
Además
¿para qué edificar un templo de un grito?
Un grito que no suena en la expansión de las constelaciones.
Un grito que no oye el pastor de planetas.
Un grito que se llena, como un cubo, de huecos.
Un templo que visitan arenas y huracanes.
La boca ha gritado,
¿de qué huerto ha venido? ¿En qué lejana flor
se hará otra vez silencio,
historia no aprendida
y vida sin pregunta?
¿En qué agua de otro tiempo
se pulió la mandíbula y su origen?
¿En qué apagado sol
se removió su cero antes del cero?
Gritar: tan sólo un accidente, una arruga en el aire.
Y un destrozo,
un harapo de algo; un desgarrón superfluo
desde el violento, desde el distraído
que empuja, pisa y habla alto. No grita.
Alto, sólo, habla.
Se oye su voz pavorreal.
Y el grito se desenrosca desde su sima profunda:
un poquito de aire que, primero,
tropieza con la esquina del pulmón,
garganta arriba. Luego ulula, asalta
la pared que contiene su infinitud,
su triste desmesura,
arañando su cárcel, resuelto en templo,
ecos en frío crisopacio que se aleja,
en el tiempo, de la boca: su nido.
Y nada alrededor. La boca mueve
sus alas sin sonido, sin sentido,
entre el agua y el huerto,
entre hueso temprano y légamo futuro,
entre el cero y el cero.
Entre el cero y su carga.

Julia Uceda

ANTEPRIMAVERA

Llueve sobre el río...

El agua estremece
los fragantes juncos
de la orilla verde...
¡Ay, qué ansioso olor
a pétalo frío!

Llueve sobre el río...

Mi barca parece
mi sueño, en un vago
mundo. ¡Orilla verde!
¡Ay, barca sin junco!
¡Ay, corazón frío!

Llueve sobre el río...

Juan Ramón Jiménez

miércoles, 7 de mayo de 2014

ODA XLVII De la Nieve

Dame, Dorila, el vaso 
lleno de dulce vino,
que sólo en ver la nieve
temblando estoy de frío.

Ella en sueltos vellones
por el aire tranquilo
desciende, y cubre el suelo
de cándidos armiños.

¡Oh! como el verla agrada,
seguros de su tiro, 
deshecha en copos leves 
bajar con lento giro!

Los árboles del peso
se inclinan oprimidos,
y alcorza delicado
parecen en el brillo.

Los valles y laderas,
de un velo cristalino
cubiertos, disimulan
su mustio desabrigo.

Mientras el arroyuelo, 
con nuevas aguas rico,
saltando bullicioso
se burla de los grillos.

Sus surcos y trabajos
ve el rústico perdidos,
y triste no distingue
su campo del vecino.

Las aves enmudecen
medrosas en el nido
o buscan de los hombres 
el mal seguro asilo.

Y el tímido rebaño
con débiles balidos
demanda su sustento
cerrado en el aprisco.

Pero la nieve crece,
y en denso torbellino
la agita con sus soplos
el aquilón maligno.

Las nubes se amontonan, 
y el cielo de improviso
se entolda pavoroso
de un velo más sombrío. 

Dejémosla que caiga 
Dorila, y bien bebidos, 
burlemos sus rigores 
con dulces regocijos. 

Bebamos y dancemos, 
que ya el abril florido 
vendrá en las blandas alas 
del céfiro benigno.

Juan Meléndez Valdés

Plaza sola

Qué sosiego volver,
hablarte,
abrazarte con mis miradas,
besarte la boca de tiempo
dónde el polvo seca la lágrima,
qué descanso poner mi oído
sobre tu madera encantada,
apurar las gotas de música
de la caja de tu guitarra,
recordar, preguntar,
soñar ahora que nada importa nada.

José Hierro

martes, 6 de mayo de 2014

Carta de un suicida

No fue el dardo que dio en el centro 
tampoco el veneno ni la mariposa que traía en la punta 
no fue un golpe de suerte 
quizá un poco de paciencia y claro 
un blanco débil 
No se culpe a esta mujer de haberme volado la cabeza 
de traer hasta mis labios la canción de su cintura 
no se le tome venganza 
no se me tome cariño 
tampoco la detengan es su descarnizada pasión al desnudarse 
sólo prendan las velas 
súbanle a la música 
que no falte queso ni vino 
en invierno 
las catástrofes requieren sutileza 
hoy el asunto es otro: como confiar en el azar si es un padrote

José Eugenio Sánchez

El silencio

La vida, más feroz que toda muerte. 
Jorge Guillén, Clamor 

La silenciosa noche. Aquí en el bosque 
No se escuchan rumores. 
Los gusanos trabajan. 
Los pájaros de presa hacen lo suyo. 
Pero yo no oigo nada. 
Sólo el silencio que da miedo. Tan raro, 
Tan escaso se ha vuelto en este mundo 
Que ya nadie se acuerda de cómo suena, 
Nadie quiere 
Estar consigo mismo un instante. 
Mañana 
Dejaremos la verdadera vida para mañana. 
No asco de ser ni pesadumbre de estar vivo: 
Extrañeza 
De hallarse aquí y ahora en esta hora tan muda. 
Silencio en este bosque, en esta casa 
A la mitad del bosque. 
¿Se habrá acabado el mundo?

José Emilio Pacheco 

lunes, 5 de mayo de 2014

Canción de la muerte

Débil mortal no te asuste
mi oscuridad ni mi nombre;
en mi seno encuentra el hombre
un término a su pesar.
Yo, compasiva, te ofrezco
lejos del mundo un asilo,
donde a mi sombra tranquilo
para siempre duerma en paz.

Isla yo soy del reposo
en medio el mar de la vida,
y el marinero allí olvida
la tormenta que pasó;
allí convidan al sueño
aguas puras sin murmullo,
allí se duerme al arrullo
de una brisa sin rumor.

Soy melancólico sauce
que su ramaje doliente
inclina sobre la frente 
que arrugara el padecer,
y aduerme al hombre, y sus sienes
con fresco jugo rocía
mientras el ala sombría
bate el olvido sobre él.

Soy la virgen misteriosa
de los últimos amores,
y ofrezco un lecho de flores, 
sin espina ni dolor,
y amante doy mi cariño
sin vanidad ni falsía;
no doy placer ni alegría,
más es eterno mi amor.

En mi la ciencia enmudece,
en mi concluye la duda
y árida, clara, desnuda,
enseño yo la verdad;
y de la vida y la muerte
al sabio muestro el arcano
cuando al fin abre mi mano
la puerta a la eternidad.

Ven y tu ardiente cabeza
entre mis manos reposa;
tu sueño, madre amorosa;
eterno regalaré;
ven y yace para siempre
en blanca cama mullida,
donde el silencio convida
al reposo y al no ser.

Deja que inquieten al hombre
que loco al mundo se lanza;
mentiras de la esperanza,
recuerdos del bien que huyó;
mentiras son sus amores,
mentiras son sus victorias,
y son mentiras sus glorias,
y mentira su ilusión.

Cierre mi mano piadosa
tus ojos al blanco sueño,
y empape suave beleño
tus lágrimas de dolor.
Yo calmaré tu quebranto
y tus dolientes gemidos,
apagando los latidos
de tu herido corazón.

José de Espronceda

BALADA DEL LOCO AMOR

I
No, nada llega tarde, porque todas las cosas
tienen su tiempo justo, como el trigo y las rosas;
sólo que, a diferencia de la espiga y la flor,
cualquier tiempo es el tiempo de que llegue el amor.

No, amor no llegas tarde. Tu corazón y el mío
saben secretamente que no hay amor tardío.
Amor, a cualquier hora, cuando toca a una puerta,
la toca desde adentro, porque ya estaba abierta.
Y hay un amor valiente y hay un amor cobarde,
pero, de cualquier modo, ninguno llega tarde.

II
Amor, el niño loco de la loca sonrisa,
viene con pasos lentos igual que viene aprisa;
pero nadie está a salvo, nadie, si el niño loco
lanza al azar su flecha, por divertirse un poco.
Así ocurre que un niño travieso se divierte,
y un hombre, un hombre triste, queda herido de muerte.
Y más, cuando la flecha se le encona en la herida,
porque lleva el veneno de una ilusión prohibida.
Y el hombre arde en su llama de pasión, y arde, y arde,
y ni siquiera entonces el amor llega tarde.

III
No, yo no diré nunca qué noche de verano
me estremeció la fiebre de tu mano en mi mano.
No diré que esa noche que sólo a ti te digo
se me encendió en la sangre lo que soñé contigo.
No, no diré esas cosas, y, todavía menos,
la delicia culpable de contemplar tus senos.
Y no diré tampoco lo que vi en tu mirada,
que era como la llave de una puerta cerrada.
Nada más. No era el tiempo de la espiga y la flor,
y ni siquiera entonces llegó tarde el amor.

José Angel Buesa

domingo, 4 de mayo de 2014

sábado, 3 de mayo de 2014

Síndrome de Abeja


Saber más que Lepe

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jueves, 1 de mayo de 2014

miércoles, 30 de abril de 2014

martes, 29 de abril de 2014

lunes, 28 de abril de 2014

Candidatos a presidir la Comisión Europea

EL PAÍS

Catedral Gótica Esquema


Claustrofobia


domingo, 27 de abril de 2014

sábado, 26 de abril de 2014

Reflexión sensata


Quién no se ha preguntado alguna vez...

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viernes, 25 de abril de 2014

jueves, 24 de abril de 2014

Por qué a algunas personas les pican más los mosquitos que a otras

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Plataforma cruzada

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miércoles, 23 de abril de 2014

Pelo humano

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Músculos Digitales

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martes, 22 de abril de 2014

ODA ESCRITA EN 1966

Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete
Que, alto en el alba de una plaza desierta,
Rige un corcel de bronce por el tiempo,
Ni los otros que miran desde el mármol,
Ni los que prodigaron su bélica ceniza
Por los campos de América
O dejaron un verso o una hazaña
O la memoria de una vida cabal
En el justo ejercicio de los días.
Nadie es la patria. Ni siquiera los símbolos.
Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo
Cargado de batallas, de espadas y de éxodos
Y de la lenta población de regiones
Que lindan con la aurora y el ocaso,
Y de rostros que van envejeciendo
En los espejos que se empañan
Y de sufridas agonías anónimas
Que duran hasta el alba
Y de la telaraña de la lluvia
Sobre negros jardines.

La patria, amigos, es un acto perpetuo
Como el perpetuo mundo. (Si el Eterno
Espectador dejara de soñarnos
Un solo instante, nos fulminaría,
Blanco y brusco relámpago, Su olvido.)
Nadie es la patria, pero todos debemos
Ser dignos del antiguo juramento
Que prestaron aquellos caballeros
De ser lo que ignoraban, argentinos,
De ser lo que serían por el hecho
De haber jurado en esa vieja casa.
Somos el porvenir de esos varones,
La justificación de aquellos muertos;
Nuestro deber es la gloriosa carga
Que a nuestra sombra legan esas sombras
Que debemos salvar.
Nadie es la patria, pero todos lo somos.
Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante,
Ese límpido fuego misterioso.

Jorge Luis Borges

Súplica

De esta invernal mañana, amable y tibia,
por favor, no te vayas,
quédate sumergida en este patio
como si hubieses naufragado
dentro de nuestra vida.
Bajo el laurel, entre las aspidistras
de verdes hojas, anchas y románticas,
por favor, no te vayas, no te vayas.
Todo está preparado para ti.
Quédate, por favor, y no te vayas.
Tu fugaz triunfo sobre el nunca más,
dime si lo recuerdas: necesito
unas palabras con la clara y honda
voz de tu ausencia. Pero te recoges,
callada, en el pasado,
un lecho de tristeza fulgurante.
Así fuiste encerrándote, a lo largo de ocho meses,
en el capullo de la oscuridad,
y ahora, horrorizada por la luz,
surge aleteando la furiosa,
pálida mariposa de la muerte.
Pero, si estás muriéndote, aún vives,
y hago estallar la última alegría
de tu rostro cansado y las pequeñas
manos entre las mías. Y repito:
estar muriéndote es vivir aún.
De esta invernal mañana, amable y tibia,
por favor, no te vayas, no te vayas.

Joan Margarit

lunes, 21 de abril de 2014

Poema del círculo

Todo lo que decimos 
da vueltas y más vueltas 
rueda desde nosotros a nosotros 
baja por la pendiente 
que llamamos espalda mundo ser 
da vueltas y más vueltas 
para encerrarnos juntos 
en la bola de nieve en el alud 
de círculos que van por la ladera 
creciendo y retumbando 
aplastando lo frágil 
la huella de los lobos 
y al Viejo Excursionista expulsado del cielo.

II
Y lo que no decimos
da vueltas y más vueltas
gira sobre sí mismo 
en loca rotación que provoca una llama 
invisible un incendio 
que se extiende imparable por un bosque
ocupado por seres que no existen 
por seres imposibles o vacíos 
habitantes M cero o de la nada 
que escuchan temerosos 
el no-chisporroteo de las llamas 
y ponen sus no-piernas a correr
estampida de huecos 
que buscan una forma donde estar 
a salvo del no-bosque que se quema 
una forma o palabra o barro o nota 
el estruendo de un círculo bajando una montaña 
que aplaste lo más frágil la huella del Silencio.

III
Todo lo que decimos o callamos 
da vueltas y más vueltas 
abrazo de espirales 
que giran enredándose 
las curvas enlazadas a las curvas 
remolino de curvas 
que forman la palabra y su silencio 
agujero que busca sus paredes de vidrio 
para llamarse vaso 
tierra que busca el aire para llamarse halcón 
remolino de círculos que escapan de sí mismos 
de círculos abiertos enganchados forzándose 
a decir lo que callan y a callar lo que dicen 
no-palabra que busca que alguien la pronuncie 
para llamarse tiempo 
y palabra que busca la mano que la borre 
para llamarse amor
no-palabra y palabra que se enredan 
mientras van por el aire 
y se olvidan de qué estaban buscando 
y se rozan se frenan se detienen de pronto
un círculo o tifón dormido en el vacío 
un círculo al que un ojo sueña desde el vacío.

IV
Un círculo y un ojo que se miran despacio 
mientras ruedan inmóviles
la ladera hacia arriba 
y aplastan lo más frágil 
algo que estaba en ellos y dejaron caer 
un punto una pupila 
el centro de sí mismos 
algo que estaba en ellos y ya no necesitan 
pues ya no son palabra 
o no-palabra sino tiempo y amor
un círculo incansablemente quieto 
que se evadió del punto o centro o Dios 
y que ahora lo aplasta en el ahora.

Jesús Aguado