martes, 20 de noviembre de 2012

La Tabla Periódica Mutable

Vía Muy Interesante

lunes, 19 de noviembre de 2012

Hagan sitio señores

Hasta que el cuerpo aguante

 
 
 
Vía Muy Interesante

Habrá copias de seguridad del cerebro

Vía Muy Interesante

domingo, 18 de noviembre de 2012

sábado, 17 de noviembre de 2012

El Roto y la Crisis

EL PAÍS

Goyo Jimenez - Los Policias

Forges y los Bancos

EL PAÍS

viernes, 16 de noviembre de 2012

Mama clueca

Mama Jirafa y su bebe

Los Pilares de la Tierra

 

jueves, 15 de noviembre de 2012

Los Amantes


¿Quién los ve andar por la ciudad 
si todos están ciegos ? 
Ellos se toman de la mano: algo habla 
entre sus dedos, lenguas dulces 
lamen la húmeda palma, corren por las falanges, 
y arriba está la noche llena de ojos. 

Son los amantes, su isla flota a la deriva 
hacia muertes de césped, hacia puertos 
que se abren entre sábanas. 
Todo se desordena a través de ellos, 
todo encuentra su cifra escamoteada; 
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena 
hay una pausa en la obra de la nada, 
el tigre es un jardín que juega. 

Amanece en los carros de basura, 
empiezan a salir los ciegos, 
el ministerio abre sus puertas. 
Los amantes rendidos se miran y se tocan 
una vez más antes de oler el día. 

Ya están vestidos, ya se van por la calle. 
Y es sólo entonces 
cuando están muertos, cuando están vestidos, 
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos. 

JULIO CORTAZAR

Hablo de la Infancia


Escalera crujiente,
trozo de bosque organizado
por el que ir hasta la cumbre
de aquel desván lleno de sueños,
pájaros silenciosos
que viajan sin ruido.
Sobre ti estaba el premio
cubierto por el polvo
y lo muerto vivía
para mí, en mis ensueños.
Hogar sin sótanos,
todo aquello era hermoso
porque estaba creando su recuerdo;
viviéndote, sentía
que de algún modo ya te recordaba.
Y siempre que te acercas
entre la niebla, oigo
cómo se queja suavemente,
enmohecido por las lluvias,
el pesado cerrojo de una verja.
La del jardín acaso.

Julia Uceda

A las muchachas


Ofendido me tiene, 
muchachas, vuestro trato,
mucho decirlo siento, 
mas ya no he de callarlo. 

Yo os quise desde niño, 
os sirvo y os regalo,
y en burlas inocentes 
os digo mil halagos.

Mi lira os entretiene 
con sus acentos blandos; 
de ella gustáis tañendo, 
de ella gozáis bailando. 

En mis süaves versos 
vuestras delicias canto, 
vuestro desdén lamento, 
vuestra belleza alabo.

¿Y esquivas hoy vosotras 
me desdeñáis en pago? 
Pues mirad que de amigo 
me volveré contrario.

Juan Meléndez Valdés

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Epitafio


Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba en mi sangre.
Mi corazón era un violín. 

Quise o no quise. Pero a veces
me quisieron. También a mí
me alegraban: la primavera,
las manos juntas, lo feliz. 

¡Digo que el hombre debe serlo! 

Aquí yace un pájaro.
Una flor.
Un violín.

Juan Gelman

LIVERPOOL


Sobre vuestros curtidos rostros de paloma endurecida,
sobre vuestras sonrisas de sal y vino agrio, ya sobre los duros cristales de la niebla,
está mi alma, están mis ojos, amigos,
y sobre el último dolor de la tierra,
y sobre el último dolor de mis manos, tanteando el duro cemento de una puerta vacía,
y sobre la última agonía de las aguas está flotando mi corazón, señores, mi corazón.
Por favor, abridme paso, dejadme cruzar este túnel de plomo,
que quiero ser el primero en llegar con mi sangre a los muelles de Liverpool.
Amigos, vosotros que os perfiláis como aletas de pescado
sobre las últimas esquinas de los buques;
vosotros que de cada rincón saltáis de una bodega a otra
como sapos de azufre ardiendo, como tristes pezuñas de lagarto,
para husmear el rojo carbón de las calderas,
para darle vida al hierro como al alba le dais su fruto,
para darle aliento al agua que se aleja para siempre de la tierra,
del polvo que tanto amáis tras unos ojos,
decidme que puedo soñar en vuestros rostros de ceniza
y en vuestras sucias calles de alquitrán, y en vuestros hogares de nata corrompida,
y echar la raíz de mi sangre como un ancla sobre vuestras jurisdicciones marítimas,
porque además de ser un hombre como vosotros, soy un poeta,
y un poeta es un corazón más sobre la niebla del mundo.
Por favor, abridme paso, que quiero ser el primero en saludar con mi sangre vuestras sonrisas de azufre,
vuestras mujeres de estopa. Por favor, abridme paso.

José María Millares Sall

Reportaje


(Caminos exteriores que otros andan) 

Aquí está el tiempo sin símbolo 
como agua errante que no modela el río. 
Y yo, entre cosas de tiempo, 
ando, vengo y voy perdido. 
Pero estoy aquí, y aquí 
no tiene el tiempo sentido. Deseternizado, ángel 
con nostalgia de un granito 
de tiempo. Piensan al verme: 
"Si estará dormido..." 
Porque sin una evidencia 
de tiempo, yo no estoy vivo.

José Hierro

martes, 13 de noviembre de 2012

lunes, 12 de noviembre de 2012

Alimentos que ayudan a prolongar la juventud 1

 
Cocina Ligera

Tarta de cítricos

Bacalao con queso de cabra, Hojaldre de

Cocina Ligera

domingo, 11 de noviembre de 2012

Gazpacho


Rebuscando cosas sobre el gazpacho, he encontrado en el libro "La cocina andaluza" de Miguel Salcedo Hierro, este delicioso soneto que no me resisto a transcribiros :

Se machacan de un ajo cuatro dientes
con sal, miga de pan, huevo y tomate,
y en aceite de oliva bien se bate
majando con los ritmos convenientes.

Se junta el agua con los ingredientes
para que, así, la masa se dilate
y se echan al conjunto, por remate,
chorrillos de vinagre intermitente.

Cuando quede diluida bien la pasta,
afile el colador su noble casta
y, para guarnecer plato tan fino,

démosle ya su peculiar acento,
echándole trocitos de pimiento,
de cebolla, de pan y de pepino.

          Miguel Salcedo Hierro

Berenjenas rellenas de boloñesa gratinadas con emmental

Michelada veraniega


Desde que probé por primera vez la michelada hace unos 300 años, profeso una devoción sin límites por ella. Este jariguay mexicano integra tres elementos que me apasionan: el frescor de la cerveza helada, la acidez de la lima, el picante del tabasco. Es imposible no sentirte reivindico después de tomarte una michelada en un día de calor, supongo que por el efecto subidón del líquido, el chile y la sal.
El cóctel se puede hacer de mil maneras: hay quien le pone zumo de tomate o clamato, un producto mágico compuesto de tomate, especias y extracto de almeja. Como estamos en verano, yo he elegido una versión lo más ligera y fresca posible, que no pretende ser ni la original, ni la única, ni la mejor (aunque no sé para qué me esfuerzo en decir esto, porque me apuesto un brazo a que habrá comentarios en plan "eso no es michelada", "la michelada auténtica se hace así", bla, bla, bla, bla). Si se quiere potenciar el picante, se puede añadir un poco de Chile molido o pimienta de cayena al cóctel o a la sal del borde del vaso.

Ingredientes
Para 1 persona
1 cerveza muy fría
1 lima  
Tabasco
Salsa Worcestershire (Perrins)
Jugo Maggi (opcional)
Sal


Preparación
1. Poner sal en un plato. Mojar un vaso grande y poner el borde sobre la sal para que se quede pegada.
2. Añadir hielo, zumo de lima al gusto (dos cucharadas puede estar bien), una pizca de sal y unas gotas de tabasco, de salsa Worcestershire y de jugo Maggi si lo encuentras.
3. Terminar con la cerveza bien fría y servir inmediatamente.

Mikel López Iturriaga

sábado, 10 de noviembre de 2012

No manipule el golpe

Otoño devorando a una niña

No doble las muñecas

viernes, 9 de noviembre de 2012

Qué es la etiqueta energética

Vía Muy Interesante

Supermoto ecológica

Vía Muy Interesante

Soluciones para el planeta urbano

Vía Muy Interesante

jueves, 8 de noviembre de 2012

Sophia Loren - Antes y Después


Salario mínimo interprofesional en Europa

Salvajes

Dos jóvenes emprendedores de Laguna Beach, Ben (Aaron Johnson), un budista pacífico y caritativo, y su mejor amigo Chon (Taylor Kitsch), ex miembro de las fuerzas especiales de la Marina estadounidense y ex mercenario, han montado un lucrativo negocio casero: cultivar y vender una de las mejores marías que jamás se ha obtenido. También comparten un amor único con la extraordinaria y bella O. (Blake Lively). Ambos llevan una vida idílica en este pueblecito del sur de California… hasta que se instala un cártel mexicano de Baja California y exige que el trío se asocie con ellos. Pero la despiadada jefa del cártel (Salma Hayek) y su brutal matón Lado (Benicio Del Toro) no toman en cuenta la fuerza del vínculo que une a los tres amigos. Ben y Chon, con la ayuda que les proporciona a regañadientes un corrupto y escurridizo agente de la DEA (John Travolta), deciden librar una guerra imposible contra el cártel. Así empieza una serie de maniobras y estratagemas cada vez más salvajes en un enfrentamiento donde ambas partes se juegan mucho 


“Salvajes” es una estupenda adaptación de la novela de Don Winslow. Aunque su locura es más controlada, el filme de Oliver Stone conserva la pasión e irreverencia del director, presentes en la fabulosa reinvención que hace del final original.


Leyendo la novela “Salvajes”, de Don Winslow, uno no puede sorprenderse de que su adaptación fuera ofrecida directamente, vía Shane Salerno, al director Oliver Stone. Siempre sometido al examen de la polémica, siempre expuesto al ataque ideológico que inspiran sus apariciones públicas, Stone encontraría en el texto de Winslow todo aquello que ha inspirado su cine más controvertido: la naturaleza animal, depredadora del ser humano como trazo asumido para dibujar un mundo desquiciado, autodestructivo y febril; una cartografía de la imposibilidad del individuo de formar parte de una sociedad sin sabotearla —y sabotearse, de paso, a sí mismo—; una oportunidad para divertirse, de la manera más tarada posible, con un nuevo viaje cargado de épica nihilista y sangre a borbotones. El libro del autor de “El invierno de Frankie Machine” lo deja claro al rebautizar Afganistán como Istanlandia, ese lugar que funciona como origen del trauma, pero también del próspero negocio de sus protagonistas. Drogas y violencia extrema, como fundamentos de un mapa geopolítico, de un estado mental irreversible. Istanlandia, antes Vietnam. Ahora California.

“Salvajes” (ver tráiler y escenas), por tanto, era esa película esperada como renovación del talante provocador de un cineasta que, en sus últimos trabajos ha preferido decantarse por otras vías. Si el final de “Wall Street: El dinero nunca duerme”(2010) abrazaba un optimismo humanista de corte casi kitsch, la adaptación de la novela de Winslow se arma no tanto a través de sus frecuentes estallidos de violencia y sexo —que también—, sino en torno a la épica romántica que mueve su creíble, hermoso ménage a trois central. Tanto es así que Stone, en su único gran desvío respecto a la novela, replica su final poético para proponer el suyo propio mediante una desvergonzada coda —la mezquindad del personaje de John Travolta, la falsa victoria de las instituciones—. Y es esa reelaboración su mayor audacia, el atrevimiento de un autor que sigue sin rendir cuentas a nadie, pero que opta por una feliz traición en favor de sus amados salvajes. Una bellísima alternativa en la que el adjetivo titular adquiere su significado más silvestre, y el escenario se torna un antónimo de Istanlandia en el que suena una plácida versión del Here comes the sun.


En el camino hacia esa conclusión benigna, “Salvajes” se construye con seguridad entre lugares conocidos del cine de su director: personajes indómitos y viscerales —magnífica Salma Hayek en su papel de reina del cártel—, un montaje enérgico y desasosegado, escenas impregnadas de maneras operísticas —el secuestro de O. (Blake Lively) en el centro comercial— y otras tocadas de una socarronería casi enfermiza —sobre todo, aquellas en las que interviene un soberbio Benicio del Toro—. Quizá la conjunción de esos elementos habituales dé aquí como resultado una obra más controlada en su locura, más dada a levantar el pie del acelerador en ciertos momentos de su trayecto suicida. Pero en sus formas, evolucionadas y no tan brutales como a algunos les gustaría, pervive esa esencia absolutamente pasional por la que vale la pena seguir creyendo en un autor. 

Las revanchas internas del narcotráfico en California sirven a Oliver Stone para soltarse a medias la melena. Pulso vibrante y detalles coloristas en una historia con menos capacidad explosiva de la que podría haber alcanzado. 

Metido de lleno en las esferas políticas, por activa —director— o pasiva —productor de proyectos ajenos—, en presente o pretérito perfecto, Oliver Stone se planifica en“Salvajes” (ver tráiler y escenas) unas vacaciones californianas como quien ha olvidado el significado del ocio. He ahí que el cineasta se revuelve un tanto contra esos viejos comportamientos, indómitos y vandálicos, cuando nadie vigilaba las playas. Sus “Salvajes”, surgidos de la pluma de Don Winslow, son más bien dos bandos de seres que fingen: los villanos, seres tiernos que se esconden tras grietas cortantes y feroces; los buenos, o más bien buenorros, unos enclenques metidos a un negocio demasiado inteligente para ellos.

No se registra aquí la brutalidad de “Asesinos natos” (1994), ni la convicción narrativa y a contrarreloj de trabajos más cercanos como “Un domingo cualquiera” (1999), pero se nota que Stone pasea feliz por esos campos conocidos y en los que él sembró tan bien, entre el vigor de las escenas de acción y la irrealidad de sus tramas sin sentido. Ambos registros funcionan en su nueva película, que nace de una pulsión hortera y poligonera, la de esos Blake Lively, Aaron Johnson y Taylor Kitsch que conforman el triángulo amoroso de partida. Bromance con chica de por medio o tríada de amor libre, su evolución hacia notas más propias de la tragedia se produce en términos Stone: baño de sangre y golpes de efecto mediante toda técnica disponible, sea el flashbackque facilita un vídeo grabado en el móvil o un rebobinado.
 
Frente a los tres representantes del bando juvenil, en los secundarios rebosa la energía y el carácter pintoresco que se añora en el resto de la película. Desde luego que Salma Hayek con peluca, Benicio del Toro enmostachado y John Travoltaimitando sus queridos papeles de socios, maletines y disparos a lo loco habrían dado para mucho más en un momento realmente salvaje de Oliver Stone. A pesar de la gravedad que empaña la historia por momentos —las subtramas materno-filiales, la narración en off de Lively— y de una innecesaria tendencia a revolver los hilos argumentales, “Salvajes” se aproxima a una gamberrada con la fuerza de un suspiro. Aunque parezca escucharse desde un apacible resort antes que desde la costa indómita de México o Indonesia. 

Salvajemente floja. Dirigida con mano de piedra y pulso incierto. Con Salma y sin calado. Esteticista y plana como tabla de windsurf. Esto es Savages, lo último de Stone.

El señor Piedra hace lo que quiere y como quiere. Y le sale un cruce inane entre Los mercenarios de Stallone y un imaginario Malick sin talento ni poesía, ahí es nada. Videoclipera, efectista, violenta, con polvos fashion de spot publicitario y personajes de una pieza... o dos –todos, ya se sabe, albergamos extremos que son signo de lo humano: ternura y sangre fría, fragilidad y fortaleza, dureza y punto débil.

El uno folla, el otro hace el amor. El uno es dulce y cariñoso, el otro es frío como el hielo. Así son, Pin y Pon, los hombres de mi vida. La reina del cártel mexicano tiene mazo power pero a mí me da mucha penita: su hija casi no le habla y la desprecia… De ese tenor son las reflexiones en off de la protagonista, O. Sí, O. Como la chica de la peli pseudo guarra –tan guarra como ella, peli y chica, pero sin atreverse a enseñar cacho.

No deja de asombrarme el mundo puritano EEUU: qué bonito recrearse en las cabezas cercenadas, en ojos reventados por un latigazo, torturas y violencia gratuita… pero nada de miembros o felpudos. Violencia cruda en busca del efecto y sexo edulcorado, barnizado, un sexo que ni moja ni salpica ni traspasa ni se siente en modo alguno como un intercambio de fluidos verdadero. Un sexo aeróbico y sin sal, a lo Jane Fonda. Atlético, irreal, al ralentí. Con música y sonrisas profident.

“Aunque os cuente esta historia, no significa que esté viva cuando acabe. Es de esas historias que terminan sin control”. Así reza, creo, la primera frase de la cinta. Qué drama. “Si permites que piensen que eres débil, tarde o temprano tendrás que matar a uno.” Qué profundidad. “Todo empezó aquí, en el paraíso de Laguna Beach, donde dicen que Dios aparcó el séptimo día, y la grúa se lo llevó el octavo.” Qué ingenio. “Eso era en México, aquí estamos en Laguna. Los polis llevan pantalones cortos y van en bicicleta.” En fin…

Personajes y actores resultan armónicamente desastrosos. Estereotipos huecos y simplones. Benicio del Toro firma, tal vez, la peor actuación de su carrera (el nombre de su hombre es Lado, Ale Lado); Taylor Kitsch, ex-SEAL de Afganistán y primo hermano de Chuck Norris, se llama Chon –no digo más; Aaron Taylor-Johnson es el joven Ben, un fumeta de Harvard, Yale o Berkeley que trafica con maría para construir escuelas en Somalia… Y la conejita, Blake Lively, tan vivaracha, descerebrada y mona como era de prever. Travolta, Hayek y Bichir (por no hablar de un freaky-genio tipo Facebook Zuckerberg), también pululan por la cinta. Oliver Stone modela personajes y actuaciones –se ve que los actores le obedecen con ceguera. Del señor Piedra es, por tanto, el mérito o demérito.

El guión es risible a su pesar. Un ejemplo: el trío calavera (Ben-O-Chon) ha de escaparse de los narcotraficantes. Todo está dispuesto y calculado. Entonces, a O le entra un picor y se le ocurre irse de compras, a ver si así la raptan e intensificamos la tensión de la película. 

Los dos se follan a la misma, son salvajes –dice Lado. Son salvajes –dice Chon. Los animales deben de estar en sus jaulas –dice Dennis (John Travolta). Es irónico, pero los dos bandos tratan al otro de “salvaje”–dice el señor Piedra. Sí, es irónico y sutil. Y está traído por los pelos. Como buena parte de los giros de la trama.

El duelo en clímax del final es una mala imitación de Tarantino. O, mejor: es una mala imitación de Tarantino cuando Tarantino imita el cine de Leone. Un spaghetti western, según el señor Piedra. Más bien una action churro movie en plan Kill Bill. 

La historia tiene dos finales. Cuando llega el primero, pensamos que no se puede terminar de peor forma. Pero, tras una pirueta Funny Games, el señor Piedra lo consigue: el segundo final es aún más infumable que el primero.

Lo triste de esta cinta no es la decepción con que he salido de la sala. Lo verdaderamente triste es que no ha superado mis expectativas, casi nulas. Y es que ni siquiera me he sentido defraudado.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Obama reelegido


EL PAÍS

Guerra de Barcos para emborracharse

Grado de Calidad Agencias de Calificación

EL PAÍS

Retrato de la escuela

School Portrait (2011) from Michael Berliner on Vimeo.

martes, 6 de noviembre de 2012

Guauuuuu...

Gorrión acróbata

El cura de Varlungo

En el pueblo de Varlungo, que como sabréis, por oídas o experiencias, dista poco de Florencia, hubo un cura párroco vigoroso y de lo más hábil para servir a las damas. El buen pastor, que apenas sabía leer siquiera, tenía el talento de divertir a sus ovejas todos los domingos, al pie de un olmo, con sus cuentos y dichos alegres, y cuando se ausentaban los maridos sabía visitar a sus mujeres, a las que otorgaba su bendición y les regalaba, ya unos pastelillos, ya un poco de agua bendita y, a veces, algunos cabos de vela. Entre las feligresas a quienes festejaba de esta suerte, ninguna le agradaba tanto como Belcolore, esposa de un campesino conocido por Bentivegna del Mazzo. En verdad que era una excelente aldeana, rolliza, fresca, pelinegra, bien modelada, tal, en una palabra, como la necesitaba el señor cura. Por otra parte, Belcolore gastaba el mejor humor del mundo; veíase la primera siempre en el baile, en el canto o en tocar el tamboril. Apasionóse de tal suerte el cura, que poco le faltó para que se le trastornara el juicio. Todo el día de acá para allá, con la esperanza de verla; cuando sabía, los domingos y demás días festivos, que estaba en la iglesia, cantaba con toda la fuerza de sus pulmones para persuadirla de que era un gran músico; pero si no le animaba la presencia de su adorada Belcolore, usaba de más moderación. No obstante, por fuerte que fuera su pasión, supo componérselas tan bien, que ni Bentivegna. ni nadie, notaron el amor que le atormentaba. Para hacerse propicio a la que se lo inspiraba, continuamente la hacía regalitos, mandándola, ya una ristra de ajos tiernos, ya algunas cebollas acabadas de arrancar de su huerto; otras veces algunos guisantes, y otras, un ramo de flores. Si la encontraba en alguna parte, la miraba de reojo, lo mismo que un perro que se propone morder a un compañero; pero la aldeana, fingiendo no notarlo, y bien contenta de parecer agreste, pasaba casi siempre sin detenerse. Ese desdén tenía harto mohíno al señor cura, mas no se desanimó, a pesar de la indiferencia de la casadita. El amor había echado ya muy hondas raíces en su corazón para que pudiese librarse de él. Tal es el encanto de esta pasión, que nos agrada hasta cuando nos hace desgraciados. Cierto día que se paseaba, las manos detrás de la espalda y pensativo, quiso la casualidad que se encontrase con Bentivegna, el cual iba montado en un asno cargado de diversos productos de su huerto. El cura le pregunta dónde va.
—Parto a la ciudad, mi buen padre, para un asunto importante, y esas legumbres y frutas que ahí ves van destinadas a Bonaccorri da Ginestreto, a fin de que mire con buenos ojos mi negocio, pues habéis de saber que me ha citado por medio de un procurador, juez de edificios, para que comparezca ante el Tribunal civil.
—Haces bien, querido amigo —dícele el cura, muy contento en su interior—; Dios te guíe, y vuelve lo más pronto que puedas. Si por acaso encuentras a Lapuccio, mi compañero de ministerio, o a mi criado Naldino, ruégote les digas que me traigan engarces para las fallebas de mis puertas.
Bentivegna le prometió que así lo haría, y prosiguió su camino.
El cura cree que es ese momento propicio para hacer una visita a su adorada Belcolore y sondearla nuevamente. Así, pues, se encamina en derechura a su casa, diciendo al entrar:
—¡Qué Dios conceda a este albergue todos los bienes que prodiga a manos llenas!
La aldeana estaba arriba, y habiéndole oído:
—Bienvenido, señor cura —le dice—, ¿y cómo os aventuráis por esos mundos de Dios, con el calor que hace?
—He encontrado a tu marido, que marchaba para la ciudad —contestó el pastor—, y vengo a pasar algunos momentos a tu lado.
Belcolore bajó e hizo que el cura tomara asiento, reanudando su interrumpida tarea, que consistía en escoger semilla de coles, recogida por su marido poco hacía. Aprovechando el cura la entrevista, entabló de esta suerte la conversación:
—¿Está de Dios, querida amiga, que me has de hacer sufrir continuamente?
—¡Yo! ¿Y qué cosa os hago?
—Nada me haces, es verdad; pero ¿no basta que me prives de hacer contigo lo que yo quisiera?
—¿Acaso hacen eso los curas?
—Sin duda, y mejor que los demás hombres. ¿Por qué, pues, no lo haríamos nosotros? ¿No tenemos cuanto necesitamos para el caso? Hasta te diré que somos más hábiles en ello que los otros, pues lo practicamos con más rareza. Déjame trabajar contigo, y te aseguro que quedarás contenta de mí.
—Lo dudo, porque los clérigos sois de lo más avaro que se ha conocido.
—¿Acaso te he negado nunca nada? Pídeme lo que deseas, y estad segura de obtenerlo. ¿Quieres unos zapatos, una cinta, una pañoleta?
—Todo eso lo tengo; pero ya que tanto me amáis, prestadme un servicio y en el acto me plegaré a vuestros deseos.
—Habla —repuso el cura con viveza—; estoy pronto a hacer cuanto quieras en tu obsequio.
—El sábado venidero debo marchar a Florencia —dice Belcolore— para entregar una partida de lana, que he hilado, y hacer componer mi torno; si queréis prestarme cien sueldos, que no dudo tendréis, podría desempeñar mi zagalejo y mi delantal de los días de fiesta, que llevaba cuando me casé. Ved si os place darme esa cantidad; sólo así os concederé lo que deseáis.
—No llevo dinero encima, pero me comprometo a entregarte los cien sueldos antes del sábado.
—¡Oh!, vosotros, gente de sotana, prometéis mucho y no dais nada. No penséis envolverme como a la crédula Biliuzza, que despedisteis tontamente sin darla un chavo, y que, por culpa vuestra, se ha perdido. Por mi parte, no pienso dejarme engañar. Si carecéis del dinero que os pido, buscadlo.
—Ahórrame, por favor te lo pido, el trabajo de ir a mi casa, ya que tanto aprieta el calor. Por otra parte, piensa que ahora estamos solos, y que tal vez no suceda lo mismo cuando vuelva. Aprovechemos la ocasión, supuesto que tan favorable se nos ofrece.
—Haced lo que os digo; de lo contrario, os juro que no habrá nada.
Viendo el cura que la aldeana estaba resuelta a no otorgar nada, sino un salvum me fac, y deseando él, por su parte, hacer la cosa sine custodia.
—Ya que desconfías de mi palabra —le dice—, pensando que no he de traerte los cien sueldos, toma mi capa, que te dejo en prenda.
—Veamos vuestra capa y cuánto puede valer. —Esta capa es de buen paño de Flandes, de tres cabos y hasta de cuatro, según afirma uno de mis feligreses. Aun no hace quince días que el prendero Lotto vendiómela en diez buenas liras, y Buillet, que, como tú sabes, entiende en eso de géneros, pretende que vale quince. —Algo duro se me hace creer lo que decís; pero acepto el trato. Veremos si sois hombre de palabra.
El cura, que ardía en deseos de satisfacer su pasión, entrególa su capa, y después que Belcolore la hubo puesto bajo llave, le dice:
—Pasemos al troje, que media visita.
Siguióla el cura y se divirtió con ella a más y mejor, refocilándose hasta rendirse. Luego, regresó a su domicilio, vestido de sotana, como si viniese de celebrar alguna boda.
Apenas llegado a la Rectoría, cuando, considerando el poco provecho que le producía su curato, arrepintióse de haber dejado su capa, y pensó en el modo de recuperarla, sin verse obligado a desembolsar la cantidad convenida, ya que todas las ofrendas del año apenas hubiesen bastado para ello. Su espíritu maligno y astuto le procuró un expediente. Siendo festivo el día siguiente, mandó al hijo de uno de sus vecinos a casa de Belcolore, suplicándola le prestase su almirez de mármol, pues tenía convidados, lo cual hizo la aldeana con mil amores. A los pocos días se lo devolvió por medio de su ayudante, a la hora en que juzgó que Bentivegna y su mujer habían de estar comiendo.
—El señor cura me ha encargado os diera las gracias —dijo el enviado, dirigiéndose a la mujer— y os reclamase la capa que el muchacho dejó en prenda al pediros prestado el almirez.
Belcolore frunció el ceño al oír esto, e iba a contestar, cuando su marido le cortó la palabra, diciéndola con enfado:
—¿Cómo es que exiges prenda a nuestro párroco? En verdad que merecías te abofeteara, para que aprendieras a desconfiar de esta suerte de nuestro buen pastor. Devuélvele en seguida su capa, y cuida otra vez de no negarle lo que pida sin prenda alguna, aunque fuese nuestro asno.
La mujer se levanta murmurando, saca la capa del cofre donde la tenía guardada, y dice al mensajero, al entregársela:
—Te suplico digas de mi parte al cura que, ya que obra de esta manera, nunca más volverá a moler en mi almirez.
Habiendo el enviado repetido estas palabras al clérigo:
—Acordes —contestó éste—; mas puedes también decir a Belcolore, cuando la veas, que si no me presta su almirez, en cambio no la prestaré mi mano, y por cierto, que la una vale bien el otro.
Bentivenga no se fijó en las palabras de su mujer, creyendo que eran debidas a los reproches que acababa de hacerla. Respecto a Belcolore, durante mucho tiempo se mostró enfadada con el cura; mas vino la vendimia y todo se arregló. El clérigo la regaló un buen tonel de vino nuevo y unas cuantas castañas, recobrando por ese medio el favor perdido.
Vivieron luego en perfecta inteligencia y visitaron a menudo el troje, tomando sus medidas con tal acierto, que nadie llegó a sospechar su intriga.

lunes, 5 de noviembre de 2012

domingo, 4 de noviembre de 2012

Opiniones sobre la Ley Hipotecaria

EL PAÍS

Funda para DVD

Ford, conservación del Medio Ambiente