martes, 14 de agosto de 2012

Las Cuentas Autonómicas de 2012

EL PAÍS

Las Tres hijas del Rey

Erase un poderoso rey que tenía tres hermosas hijas, de las que estaba orgulloso, pero ninguna podía competir en encanto con la menor, a la que él amaba más que a ninguna. Las tres estaban prometidas con otros tantos príncipes y eran felices.

Un día, sintiendo que las fuerzas le faltaban, el monarca convocó a toda la corte, sus hijas y sus prometidos.
-Os he reunido porque me siento viejo y quisiera abdicar. He pensado dividir mi reino en tres partes, una para cada princesa. Yo viviré una temporada en casa de cada una de mis hijas, conservando a mi lado cien caballeros. Eso sí, no dividiré mi reino en tres partes iguales sino proporcionales al cariño que mis hijas sientan por mí.

Se hizo un gran silencio. El rey preguntó a la mayor:

¿Cuánto me quieres, hija mía?
-Más que a mi propia vida, padre. Ven a vivir conmigo y yo te cuidaré.
-Yo te quiero más que a nadie del mundo -dijo la segunda.

La tercera, tímidamente y sin levantar los ojos del suelo, murmuró:
-Te quiero como un hijo debe querer a un padre y te necesito como los alimentos necesitan la sal.

El rey montó en cólera, porque estaba decepcionado.
- Sólo eso? Pues bien, dividiré mi reino entre tus dos hermanas y tú no recibirás nada.

En aquel mismo instante, el prometido de la menor de las princesas salió en silencio del salón para no volver; sin duda pensó que no le convenía novia tan pobre.

Las dos princesas mayores afearon a la menor su conducta.
-Yo no sé expresarme bien, pero amo a nuestro padre tanto como vosotras -se defendió la pequeña, con lágrimas en los ojos-. Y bien contentas podéis estar, pues ambicionabais un hermoso reino y vais a poseerlo.

Las mayores se reían de ella y el rey, apesadumbrado, la arrojó de palacio porque su vista le hacía daño.

La princesa, sorbiéndose las lágrimas, se fue sin llevar más que lo que el monarca le había autorizado: un vestido para diario, otro de fiesta y su traje de boda. Y así empezó a caminar por el mundo. Anda que te andarás, llegó a la orilla de un lago junto al que se balanceaban los juncos. El lago le devolvió su imagen, demasiado suntuosa para ser una mendiga.

Entonces pensó hacerse un traje de juncos y cubrir con él su vestido palaciego. También se hizo una gorra del mismo material que ocultaba sus radiantes cabellos rubios y la belleza de su rostro.

A partir de entonces, todos cuantos la veían la llamaban "Gorra de Junco".

Andando sin parar, acabó en las tierras del príncipe que fue su prometido. Allí supo que el anciano monarca acababa de morir y que su hijo se había convertido en rey. Y supo asimismo que el joven soberano estaba buscando esposa y que daba suntuosas fiestas amenizadas por la música de los mejores trovadores.

La princesa vestida de junco lloró. Pero supo esconder sus lágrimas y su dolor. Como no quería mendigar el sustento, fue a encontrar a la cocinera del rey y le dijo:
-He sabido que tienes mucho trabajo con tanta fiesta y tanto invitado. ¿No podrías tomarme a tu servicio?

La mujer estudió con desagrado a la muchacha vestida de juncos. Parecía un adefesio...
-La verdad es que tengo mucho trabajo. Pero si no vales te despediré, con que procura andar lista.

En lo sucesivo, nunca se quejó, por duro que fuera el trabajo. Además, no percibía jornal alguno y no tenía derecho más que a las sobras de la comida. Pero de vez en cuando podía ver de lejos al rey, su antiguo prometido cuando salía de cacería y sólo con ello se sentía más feliz y cobraba alientos para sopor-tar las humillaciones.

Sucedió que el poderoso rey había dejado de serlo, porque ya había repartido el reino entre sus dos hijas mayores. Con sus cien caballeros, se dirigió a casa de su hija mayor, que le salió al encuentro, diciendo:

-Me alegro de verte, padre. Pero traes demasiada gente y supongo que con cincuenta caballeros tendrías bastante.
-¿Cómo? exclamó él encolerizado-. ¿Te he regalado un reino y te duele albergar a mis caballeros? Me iré a vivir con tu hermana.

La segunda de sus hijas le recibió con cariño y oyó sus quejas. Luego le dijo:
-Vamos, vamos, padre; no debes ponerte así, pues mi hermana tiene razón. ¿Para qué quieres tantos caballeros? Deberías despedirlos a todos. Tú puedes quedarte, pero no estoy por cargar con toda esa tropa.
-Conque esas tenemos? Ahora mismo me vuelvo a casa de tu hermana. Al menos ella, admitía a cincuenta de mis hombres. Eres una desagradecida.

El anciano, despidiendo a la mitad de su guardia, regresó al reino de la mayor con el resto. Pero como viajaba muy despacio a causa de sus años, su hija segunda envió un emisario a su hermana, haciéndola saber lo ocurrido. Así que ésta, alertada, ordenó cerrar las puertas de palacio y el guardia de la torre dijo desde lo alto:
-iMarchaos en buena hora! Mi señora no quiere recibiros.

El viejo monarca, con la tristeza en alma, despidió a sus caballeros y como nada tenía, se vio en la precisión de vender su caballo. Después, vagando por el bosque, encontró una choza abandonada y se quedó a vivir en ella.

Un día que Gorro de Junco recorría el bosque en busca de setas para la comida del soberano, divisó a su padre sentado en la puerta de la choza. El corazón le dio un vuelco. ¡Que pena, verle en aquel estado!

El rey no la reconoció, quizá por su vestido y gorra de juncos y porque había perdido mucha vista.
-Buenos días, señor -dijo ella-. ,Es que vivís aquí solo?
-Quién iba a querer cuidar de un pobre viejo? -replicó el rey con amargura.
-Mucha gente -dijo la muchacha-.

Y si necesitáis algo decídmelo.
En un momento le limpió la choza, le hizo la cama y aderezó su pobre comida.
-Eres una buena muchacha -le dijo el rey.

La joven iba a ver a su padre todos los domingos y siempre que tenía un rato libre, pero sin darse a conocer. Y también le llevaba cuanta comida podía agenciarse en las cocinas reales. De este modo hizo menos dura la vida del anciano.

En palacio iba a celebrarse un gran baile. La cocinera dijo que el personal tenía autorización para asistir.
-Pero tú, Gorra de Junco, no puedes presentarte con esa facha, así que cuida de la cocina -añadió.

En cuanto se marcharon todos, la joven se apresuró a quitarse el disfraz de juncos y con el vestido que usaba a diario cuando era princesa, que era muy hermoso, y sus lindos cabellos bien peinados, hizo su aparición en el salón. Todos se quedaron mirando a la bellísima criatura. El rey, disculpándose con las princesas que estaban a su lado, fue a su encuentro y le pidió:
-Quieres bailar conmigo, bella desconocida?

Ni siquiera había reconocido a su antigua prometida. Cierto que había pasado algún tiempo y ella se había convertido en una joven espléndida.

Bailaron un vals y luego ella, temiendo ser descubierta, escapó en cuanto tuvo ocasión, yendo a esconderse en su habitación. Pero era feliz, pues había estado junto al joven a quien seguía amando.

Al día siguiente del baile en palacio, la cocinera no hacía más que hablar de la hermosa desconocida y de la admiración que le había demostrado al soberano.

Este, quizá con la idea de ver a la linda joven, dio un segundo baile y la princesa, con su vestido de fiesta, todavía más deslumbrante que la vez anterior, apareció en el salón y el monarca no bailó más que con ella. Las princesas asistentes, fruncían el ceño.

También esta vez la princesita pudo escapar sin ser vista.

A la mañana siguiente, el jefe de cocina amonestó a la cocinera.
-Al rey no le ha gustado el desayuno que has preparado. Si vuelve a suceder, te despediré. De nuevo el monarca dio otra fiesta. Gorra de Junco, esta vez con su vestido de boda de princesa, acudió a ella. Estaba tan hermosa que todos la miraban.

El rey le dijo:
-Eres la muchacha más bonita que he conocido y también la más dulce. Te suplico que no te escapes y te cases conmigo.

La muchacha sonreía, sonreía siempre, pero pudo huir en un descuido del monarca. Este estaba tan desconsolado que en los días siguientes apenas probaba la comida

Una mañana en que ninguno se atrevía a preparar el desayuno real, pues nadie complacía al soberano, la cocinera ordenó a Gorra de Junco que lo preparase ella, para librarse así de regañinas. La muchacha puso sobre la mermelada su anillo de prometida, el que un día le regalara el joven príncipe. Al verlo, exclamó:
-jQue venga la cocinera!

La mujer se presentó muerta de miedo y aseguró que ella no tuvo parte en la confección del desayuno, sino una muchacha llamada Gorra de Junco. El monarca la llamó a su presencia. Bajo el vestido de juncos llevaba su traje de novia.
-De dónde has sacado el anillo que estaba en mi plato?
-Me lo regalaron.
-Quién eres tú?
-Me llaman Gorra de Junco, señor.

El soberano, que la estaba mirando con desconfianza, vio bajo los juncos un brillo similar al de la plata y los diamantes y exigió:
-Déjame ver lo que llevas debajo.

Ella se quitó lentamente el vestido de juncos y la gorra y apareció con el mara-villoso vestido de bodas.
-Esto no se puede comer -protestó.

La princesa entonces, mirando a su padre, ordenó que trajeran sal. Y el anciano rompió a llorar, pues en aquel momento comprendió cuánto le amaba su hija menor y lo mal que había sabido comprenderla.

En cuanto a las otras dos ambiciosas princesas, riñeron entre sí y se produjo una guerra en la que murieron ellas y sus maridos. De tan triste circunstancia supo compensar al anciano monarca el cariño de su hija menor. Fin

Autor: Lo Desconozco

lunes, 13 de agosto de 2012

Tickling Slow Loris

Self-produced animation



Posted by Phil Mitchell at 09:53
Con una línea

Presenta Zoochosis - Escalator

domingo, 12 de agosto de 2012

Museum Cavern Matte

Motor fuera borda

Vía Muy Interesante

Mickey Mouse y los Políticos

sábado, 11 de agosto de 2012

NO al cáncer

NO al Boxeo

Quién inventó el Billar

Vía Muy Interesante

viernes, 10 de agosto de 2012

Que nadie intercepte tus emails

Vía Muy Intreresante

Qué sucede cuando divides 1 entre 998.001

¿Qué es un Derecho?

jueves, 9 de agosto de 2012

WALT WHITMAN, UN COSMOS...


Walt Whitman, un cosmos, el hijo de
Manhattan,
turbulento, carnal, sensual, comiendo,
bebiendo y procreando,
no es un sentimental, no mira desde
arriba a los hombres y mujeres ni se
aparta de ellos,
no es más púdico que impúdico


¡Quitad los cerrojos de las puertas!
¡Quitad las puertas mismas de sus quicios!
Quien degrada a otro me degrada a mí,
y todo lo que hace o dice vuelve a la postre a mí.


La inspiración mana y mana de mí, 
me recorren la corriente y el índice.
Pronuncio la contraseña primordial,
doy la señal de la democracia,
nada aceptaré, ¡lo juro!, si los demás
no pueden tener su equivalente
en iguales condiciones.


Voces desde hace largo tiempo
enmudecidas me recorren,
voces de interminables generaciones
de cautivos y de esclavos,
voces de enfermos y desahuciados,
de ladrones y de enanos,
voces de ciclos de gestación
y de crecimiento,
y de los hilos que conectan las estrellas,
y de los úteros y de la savia paterna,
y de los derechos de los pisoteados,
de los deformes, vulgares, simples,
tontos, desdeñados,
niebla en el aire, escarabajos que
empujan bolitas de estiércol.


Voces prohibidas me recorren,
voces de sexo y lujuria,
veladas voces cuyo velo aparto,
voces indecentes por mí purificadas
y transfiguradas.


No me tapo la boca con la mano,
trato con igual delicadeza
a los intestinos que a la cabeza
y el corazón,
la cópula no es para mí más grosera
que la muerte.


Creo en la carne y en los apetitos,
y cada parte, cada pizca de mí
es un milagro.
Divino soy por dentro y por fuera, y
santifico todo lo que toco o me toca,
el aroma de estas axilas es más
hermoso que una plegaria,
esta cabeza más que los templos,
las biblias y todos los credos.


Versión de: León Felipe
WALT WHITMAN

Morir en soledad


Quiero morir por un momento en mi soledad
Tan solo por unos minutos quiero ser libre
Y despojar todas las puñaladas que 
La vida me ha clavado,
Y sentir la suave caricia de lágrimas 
Derramadas sobre mi soledad.


Quiero ser un alma limpia
Tan solo ser un respiro liberador,
Separado de la suciedad impune 
Que corrompe mi alma
Y no me libera de las cadenas de mi soledad


Quiero nacer nuevamente 
Con la vida plasmada en una hoja de papel
Sin manchas, sin errores, sin huellas
Que marcadas están en mi vida 
Y derramadas viven en mi alma.


Quiero borrar los recuerdos que 
Marcaron el rumbo de mi camino
Y volar por el cielo azul de mi corazón
Sin Límites ni tropiezos,
La vida será vida cuando mi ángel esperado venga
Y me llame para partir de este profundo abismo.


Víctor Andrade

EL CUERPO Y EL ALMA


Pero es más triste todavía, mucho más triste.
Triste como la rama que deja caer su fruto para nadie.
Más triste, más.  Como ese vaho
que de la tierra exhala depués la pulpa muerta.
Como esa mano que del cuerpo tendido
se eleva y quiere solamente acariciar las luces,
la sonrisa doliente, la noche aterciopelada y muda.
Luz de la noche sobre el cuerpo tendido sin alma.
Alma fuera, alma fuera del cuerpo, planeando
tan delicadamente sobre la triste forma abandonada.
Alma de niebla dulce, suspendida
sobre su ayer amante, cuerpo inerme
que pálido se enfría con las nocturnas horas
y queda quito, solo, dulcemente vacío.

Alma de amor que vela y se separa
vacilando, y al fin se aleja tiernamente fría.

Vicente Aleixandre

miércoles, 8 de agosto de 2012

Olimpiadas Londres 2012 - Medallero, al 08.12.2012

 
 
EL PAÍS

¿Que hay que celebrar?

Samuel Rego

DIVAGACIONES


Mis ojos espantos han visto;
tal ha sido mi triste suerte;
cual la de mi Señor Jesucristo,
mi alma está triste hasta la muerte.

Hombre malvado y hombre listo
en mi enemigo se convierte;
cual la de mi Señor Jesucristo,
mi alma está triste hasta la muerte.

Desde que soy, desde que existo,
mi pobre alma armonías vierte.
Cual la de mi Señor Jesucristo,
mi alma está triste hasta la muerte. 

Rubén Darío

Creyó que era eterno tu reino en el alma


Creyó que era eterno tu reino en el alma,
y creyó tu esencia, esencia inmortal;
mas, si sólo eres nube que pasa,
ilusiones que vienen y van,
rumores del onda que rueda y que muere
y nace de nuevo y vuelve a rodar,
todo es sueño y mentira en la tierra,
¡no existes, verdad!

Rosalía de Castro

martes, 7 de agosto de 2012

Bacalao aprende a desmenuzarlo

Cocina Ligera

Crema de Cuajada

EL PAÍS

Empanada de Bacalao con espinacas

Cocina Ligera

lunes, 6 de agosto de 2012

Salud

Espaguetis de calabacín a la boloñesa

EL PAÍS

Ensaladilla con salmón ahumado

El PAÍS

domingo, 5 de agosto de 2012

Y Chavela dijo: ¡Muerte, muerte, muerte!


Cuando cantaba Chavela Vargas el alma ponía atención; en sus conciertos su voz se abría paso por el aire, viajaba por los laberintos del oído, pero era el corazón quien escuchaba. Ella decía que en sus conciertos a la gente le daba por llorar porque gracias a su voz cada uno de los presentes recordaba que aún podía sentir la fuerza del deseo, el misterio de la muerte, las heridas del amor y el desamor.

Chavela Vargas habitó dos eras diferentes: en la primera fue la muchacha que vino desde Costa Rica, pobre de amor, niña mal querida, para encontrar un México que era también un volcán que arrojaba un fuego que se llamaba José Alfredo Jiménez, Frida Kahlo, Diego Rivera… A esas piedras incandescentes se fundió, y en esa tierra mexicana que todavía olía a pólvora y revolución descubrió un espejo: el arrojo temerario de los hombres valientes, la pasión y el talento de sus pintores rebeldes, el canto desgarrado de los mariachis, la melancólica guitarra de los campesinos, la onda mirada de los indios, la belleza acechante de sus mujeres, la luminosa ebriedad de su tequila. Oírla hablar de aquellos años de la primera mitad del siglo XX era escuchar la historia de una fiesta donde no faltaban las serenatas a dúo con José Alfredo, las noches interminables del Tenampa, en Garibaldi, las fiestas libérrimas en la casa azul de Diego y Frida, en Coyoacán; escuchar aquellas narraciones a principios del siglo XXI era habitar un sueño, una película en blanco y negro. En voz de Chavela Vargas aquellos años fecundos, apasionados, que definirían en parte el rostro mítico de México, se revelaban íntimos y ciertos.

Cuando se extinguieron aquellos tiempos, cuando la dejaron sus amigos entrañables para encontrarse con la muerte, Chavela se fue a un exilio interior a los pies de la montaña sagrada del Tepozteco; primero la acompañó una botella fiel de tequila, después ni aquella, y se quedó definitivamente sola con su recuerdos. En esos años de exorcismo y soledad Chavela murió por primera vez para el mundo y junto con sus hermanos de la noche mexicana se convirtió en un mito.

Renació a mediados de los años noventa en España, donde la llevó su amigo Fernando Arroyo. Yo la vi por primera vez en mi vida, a principios de los años noventa, mientras desayunaba una mañana en la Residencia de Estudiantes de Madrid, porque escucharla, ya la había escuchado hace muchos años en un elepé que mi madre atesoraba (mi madre, Mary Martín, española de Salamanca pero pintora de México). Ahí comenzó la segunda era de Chavela Vargas, cuando los españoles -que como los mexicanos aman y sufren los rigores de la melancolía- la hicieron suya y la devolvieron a los escenarios y le dieron otra tierra que amar. De aquellos tiempos españoles surge el amor de Chavela por Federico García Lorca; si en la primera era de su vida Chavela amó a un poeta vivo, el mexicano José Alfredo, en la segunda su alma se encontraría con un poeta muerto: el granadino García Lorca.

Desde los escenarios de España, Chavela nos recordó a todos que la canción mexicana de la primera mitad del siglo XX, cuya fuerza poética había conmovido al mundo, seguía viva gracias a su presencia, y España y México se dieron la oportunidad de volver a esa música que tanto habían amado y que creían extinta. Tras el abrazo de España de la mano de Pedro Almodóvar y Joaquín Sabina, entre otros, México la trajo de regreso; así la conoció una nueva generación que vio en vivo lo que creía historia, que sintió propio lo que hasta ese momento era de sus abuelos o sus padres. Así la voz de Chavela, en su regreso, se unió a la de Eugenia León, y su presencia alentó a Lila Downs y conmovió a Julieta Venegas, entre otros artistas nóveles. Chavela amaba a los jóvenes, y en un concierto en el Zócalo de la ciudad de México, ante una plaza llena de muchachos y a un lado del Templo Mayor de Tenochtitlan, Chavela Vargas repartió una parte fundamental de su herencia: “a ustedes, jóvenes de México, les dejo lo que más quiero, les heredo mi libertad”.

En la última década de vida Chavela se encontró a una compañera inseparable, leal y luminosa como un sol: fue la periodista María Cortina la gran amistad de la cantante del 2000 en adelante; a su lado y gracias también a Mary Farquharson y Eduardo Llerenas, del sello discográfico Discos Corasón, Chavela pudo realizar sus últimas hazañas musicales, entre ellas su homenaje a Federico, donde a sus noventa y tres años le cantó al poeta y a sus versos.

Dice María Cortina que lo último que dijo Chavela antes de morir fue “Muerte, muerte, muerte”. ¿La saludaba, la reconocía, se estaba ya abrazando a la Llorona? Es posible, pero no soltó la mano de María: la autora de la Macorina abrazó a la muerte enamorada eternamente de la vida.

Eduardo Vázquez Martín es poeta

Sin Salir del Coche

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Secadero de Bacalao en Noruega

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sábado, 4 de agosto de 2012

Valoración del Equipo del Gobierno 04.08.2012

EL PAÍS

PSICOTEST _ Cuáles son tus principales pecados sociales a

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Moda española

Menos estrés para vivir más

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viernes, 3 de agosto de 2012

Optimista... me quiere...

México, maíz, fuego y un toque de limón

Vía Muy Interesante

McIlroy y Woods, dos maneras de hacer el swing

 
 
 
Vía Golf Digest

jueves, 2 de agosto de 2012

Los nuevos dirigibles

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Los Problemas

Los envases de 25 antibióticos se adaptan a la duración de los tratamientos habituales