viernes, 4 de noviembre de 2011

A la muerte del Príncipe Don Carlos


¡Oh! rompa ya el silencio el dolor mío,
y en lágrimas y quejas desatado,
al mar corra y al viento, que bien fío

del mar hoy y del viento mi cuidado,
pues patrimonio son del mar y el viento,
a un tiempo, lo gemido y lo llorado.

¡Oh! rompa ya mi pena el sufrimiento
y en lágrimas y quejas dividido,
dignísimo Fernando, mi lamento

llegue (o bien de las ondas repetido
o mal restituido de las peñas)
piadosamente a merecer tu oído.

Lisonjas, y lisonjas no pequeñas,
hace al dolor el que al dolor engaña
con voces, con suspiros o con señas.

Tú, de la gran metrópoli de España
que con arenas y átomos de oro
pródigo dora el Tajo y el sol baña,

purpúreo Atlante; tú, cuyo decoro
desde lejos saludan dulcemente
dos cisnes, éste mudo, aquél canoro.

Ya que al Cuarto Planeta en otro oriente
sustituyes la luz, suples el día,
lucero habilitado dignamente,

bien como en la celeste monarquía
virrey del sol es el mejor lucero
de quien el alma de sus rayos fía,

engaña tu dolor (no porque espero
que rústica mi voz te obligue a tanto)
sino porque mi llanto lisonjero,

las lágrimas mezclando con el canto
en destempladas cláusulas, ignora
aun él mismo si fue música o llanto.

No por vencer tu sentimiento agora
mi acento sulca ni mi pluma vuela
(si bien harto le vence quien le llora).

Con inútil retórica consuela
al triste el que su mal le facilita;
pues al son que le aduerme, le desvela.

Llore el que de su llanto necesita,
que en su principio a un accidente extraño
fuerzas le da quien lágrimas le quita.

Una pena dorada de un engaño
o cobra la razón o pierde el brío
y aquél es sólo repetirle el daño.

Así quejas y lágrimas te envío,
¡Oh, rompa ya mi pena el sufrimiento!
¡Oh, rompa ya el silencio el dolor mío!

Aunque mejor la fuerza de un tormento
sabe sentirse que decirse sabe,
porque en la voz no cabe el sentimiento,

que en el silencio solamente cabe.
Mas ya que a tanto la pasión me obliga,
quejas escucha (o con acento grave

la voz las calle o el callar las diga).
De aquella son, y con razón de aquella
dos veces, y de todos enemiga

fatal deidad, cuya triunfante huella,
sin que el respeto ni el temor la impida,
alcáceres supremos atropella.

A cuyo carro la ambición asida
arrastra las coronas que antes fueron
los ídolos humanos de la vida.

Aquella a quien en vano previnieron
defensa, ni la pluma ni la espada,
que el valor y el ingenio se rindieron.

Alcaide de la vida, que a su entrada
registro es nuestro el libro de la muerte,
partida por partida señalada.

Con condición que ha de morir advierte,
que entra a vivir el que nacer procura
echado a los umbrales de la suerte.

No el poder la venció, no la hermosura;
que ésta ni aquél pasó sin que primero
con llanto no firmase la escritura.

Luego, ¡oh rigor! (iba a decir) severo,
por cuenta le da el aire con que vive,
que aun no es suyo este soplo más ligero.

¿Quién vive, pues, sabiendo que recibe
tan contado el vivir, que siempre atenta
la muerte por los márgenes escribe

una vez que respira, otra que alienta,
y vez ninguna alienta ni respira
que no adelgace el número a la cuenta?

¿Quién no se pasma aquí, quién no se admira
y quién sin miedo en desventura tanta
de que se cumple el número suspira?

¡Oh, cuánta es hoy nuestra miseria, cuánta!
Que aunque siempre lo fue, considerando
que hoy la muerte los plazos adelanta,

parece que es mayor porque antes, cuando
bozal y torpe en su principio estaba
de sí misma ella misma hería temblando.

Un siglo entonces en poner tardaba
la flecha; un siglo entonces prevenía
el golpe; y tras dos siglos aún le erraba.

Mas hoy, que diestra la hizo la porfía,
ni un instante el vivir deja seguro,
que el día menos cierto es cualquier día.

No el sagrado dosel, no el fuerte muro,
la edad florida, ingenio el más perfecto,
la generosa sangre, el lustre puro,

la heroica majestad, el real sujeto,
todo adornado de gallardo brío,
temor la causan ni la dan respeto.

Todo lo postra, todo a su albedrío,
Carlos lo diga (y cuando a Carlos nombra
¡oh, rompa ya el silencio el dolor mío!).

Dígalo pues su voz, que muda asombra,
y débale suspiros a la muerte
ver tanta luz desvanecida en sombra.

¿Si sagrado dosel?, ¿si muro fuerte?
¿Qué muro fuerte, qué dosel sagrado
el sol ciñe, el mar cerca, el cielo advierte

ya luciente, ya nuboso, ya estrellado,
aquél vuele, aquél corra y éste ande,
que mirarse merezca reservado

como el Alcázar de Felipe el Grande,
cuando piadoso el hado un edificio
privilegiar de sus rigores mande?

Si lustre puro ¿qué mayor indicio
de esplendor y de lustre que ser rayo
de tanto sol? (No aquí delire el juicio

porque un rayo de sol sienta un desmayo,
que no deja de ser rey de las flores
porque una flor se le malogre al mayo.)

¿Si majestad heroica? Sus mayores
triunfan hoy en las lides del olvido,
nunca vencidos, siempre vencedores.

El águila alemana les dio nido,
el león de España albergue, que absoluto
término fue a su vuelo y su bramido.

Todo el orbe pagándoles tributo,
de una cuna del sol hasta otra cuna,
Emperatriz el ave y Rey el bruto.

¿Si real sujeto? Aun siendo siempre una,
su fama se excedió tal vez, pues sella
ésta con más aplausos la fortuna.

Felipe santo y Margarita bella
sus padres fueron de tan alta planta,
que humana flor no es hoy divina estrella.

¿Si claro ingenio? Manzanares canta
conceptos suyos y conceptos llora:
tanta en la fuerza de un afecto, tanta,

que con la voz que al gusto hoy se enamora,
quizá el pesar se llorará mañana,
que aun una voz a lo que nace ignora.

¿Si edad florida y juventud lozana?
Apenas cinco veces, cinco, era
cumplido el curso en que veloz devana

con hilos de oro el sol nuestra carrera,
cuando por medio enmarañando el hilo,
le cortó inexorable la tijera.

No llegó al fin su fin; con nuevo estilo
hoy se acabó y hoy se quedó pendiente.
¡Oh!, ¿para cuándo era embotarse el filo?

¿Si brío gallardo y ánimo valiente?
Dígalo el mar que le rindió oportuno
en pequeño bajel más diligente.

Por Príncipe los reinos de Neptuno
y en cortes de agua Príncipe jurado
votaron todos y faltó ninguno.

De esperanzas entonces coronado
le vio la paz y le aclamó la guerra;
sólo a la tierra le costó cuidado,

pues celosa de ver que se destierra
del centro natural al centro frío,
en sus entrañas le escondió la tierra.

¡Oh sacrílego amor! ¡Oh amor impío,
que a tu costa tus celos has vengado!
¡Oh, rompa ya el silencio el dolor mío!

Y ya que tanto mérito postrado,
humano al fin reparo no previno
a la infalible indignación del hado,

al enojo infalible del destino,
vamos a ver si le previene el celo
en la piedad del mérito divino.

Iba pues de la noche el negro velo
borrando los matices con que había
al temple bosquejado tierra y cielo

el doctísimo artífice del día,
y el sol, depositado en luces bellas
espejo hecho pedazos parecía,

que pedazos del sol son las estrellas;
y así, cuando su luz se quiebra hermosa,
es un pequeño sol cada una dellas.

Declarose la noche temerosa,
y tropezando perezoso el sueño
en la que iba arrastrando falda umbrosa,

salió mostrando el arrugado ceño,
que más horrores que cabellos vierte
de ciprés coronado y de beleño.

Y como medio hermano de la muerte
al mundo medio muerto sepultaba
cuando aun al sueño hicieron que despierte.

Voces que sólo el eco articulaba,
porque todas a un ¡ay! las reducía
y errando el pueblo (si por dicha erraba,

aunque confusamente discurría)
al Monte de piedad llegó, al Erario
en uno y otro templo de María.

No perdonó devoto santuario
que no solicitase a aquella hora,
uno en la fe y en el efecto vario;

pues aunque dos imágenes adora,
es sola una deidad: y así, en lo oculto,
de noche en dos orientes vio una aurora.

Con poca pompa, el venerado bulto
(si ya no fueran pompas las querellas,
que querellas de fe también son culto)

llegó a palacio; y mudas las estrellas,
con muestras de dolor extraordinarias
(quizá por ser de Carlos una dellas)

acompañaron, aunque en luz contrarias,
las antorchas conformes en belleza,
unas y otras nocturnas luminarias.

Madrid, viendo que plebe y que nobleza
igualmente se inclina, igual se mueve
al llanto, a la piedad y a la tristeza,

quiere que suyos dos mensajes lleve:
por la nobleza un Duque de Gandía
y un labrador humilde por la plebe.

Francisco, pues, y Isidro ante María,
a un tiempo en cielo y tierra están postrados
alma y cuerpo gloriosos aquel día.

¡Oh! ¿No parece aquí que con candados
están los cielos? Pues abridlos, cielos:
mirad qué implican cielos y cerrados.

¿Tantos suspiros? ¿Tantos desconsuelos?
¿Tan sincero clamor? ¿Llanto tan pío?
¿Tantas penas, Señor, tantos desvelos,

solamente os merecen un desvío?
¿Cuándo la voz no fue del cielo llave?
¡Oh! rompa ya el silencio el dolor mío.

Mas ¡ay! que en la mayor, en la más grave
pena, aunque sabe el que afligido llega
que ha de pedir, qué ha de pedir no sabe,

que el hombre es liberal con quien le ruega,
por lo que a quién le ruega le concede,
y Dios es liberal por lo que niega.

Tanto con él la voz o el llanto puede,
que por agradecer la voz o el llanto,
tal vez negando su poder excede.

Luego tanto retiro, enojo tanto,
pareciendo rigor, será clemencia,
pues siempre es liberal el cielo santo.

¡Oh, quién de parte de la providencia
hoy estos dos extremos careara,
aquí el dolor y allí la conveniencia!

Porque al mundo el examen consolara
cuando en sombras y lejos percibiera
el daño que otro daño le repara.

Qué alegre entonces, si la piedad viera
disfrazada en rigor del mismo cielo,
otra vez sus desdichas le pidiera.

Pues si ignorante pide nuestro celo,
y docto él nos mejora la fortuna,
sírvanos el castigo de consuelo.

Y pues del ataúd y de la cuna,
líneas en que nacemos y morimos,
una es la forma y la materia es una,

y de un sepulcro a otro sepulcro fuimos
(polos en que el pequeño mundo estriba),
muriendo desde el punto en que nacimos,

dichoso aquél que de vivir se priva;
pues si a morir viviendo el hombre nace,
muriendo bien no hay más para qué viva.

Ninguna acción al dueño satisface
tanto, que la atención escrupulosa
no la enmiende después, con que se hace

más perfecta, más noble o más hermosa:
sólo el morir esta elección no tiene,
siendo el morir la más dificultosa.

Luego a aquél que la muerte le previene
con avisos de un día y otro día,
no llorarle, envidiarle nos conviene.

Suceda, pues, al llanto la alegría,
pues para que al morir perfeccionase,
murió Carlos sabiendo que moría.

Y ya que el cielo quiere que hoy abrase
las plumas, siendo pira el monumento
de quien su luz entre cenizas pase

a otro centro, a otra esfera y a otro asiento,
y dejando a la tierra sus despojos
es ya estrella añadida al firmamento,

pasen también nuestros turbados ojos
de un objeto a otro objeto su sentido,
que dichas podrán ver quien pudo enojos.

Vean que en prendas hoy de un bien perdido
dos los cielos eternos aperciben
que aun mal está el consuelo repetido.

Felipe y Baltasar felices viven,
cuyo nombre los hados respetando,
con letras de oro en láminas escriben.

Que nunca el tiempo alcanzará volando,
porque aun el tiempo parará primero.
¡Oh! vivan pues; y tú, noble Fernando,

ya Marte religioso, ya guerrero
Apolo, con la espada y con la pluma,
de tantas esperanzas heredero,

al mar sujeta la rizada espuma,
postra a la tierra la cerviz altiva
y haz que el mar y la tierra te presuma

luz que del Sol Felipe se deriva;
y pues de ti tantos aplausos fío,
mientras tu nombre, ¡oh gran Fernando!, viva,
no rompa ya el silencio el dolor mío.

Pedro Calderón de la Barca

CANTO A LAS MADRES DE LOS MILICIANOS MUERTOS

NO han muerto! Están en medio 
de la pólvora, 
de pie, como mechas ardiendo. 
Sus sombras puras se han unido
en la pradera de color de cobre 
como una cortina de viento blindado,
como una barrera de color de furia, 
como el mismo invisible pecho del cielo.

Madres! Ellos están de pie en el trigo, 
altos como el profundo mediodía, 
dominando las grandes llanuras! 
Son una campanada de voz negra 
que a través de los cuerpos de acero asesinado
repica la victoria.
                         Hermanas como el polvo
caído, corazones
quebrantados, 
tened fe en vuestros muertos! 
No sólo son raíces 
bajo las piedras teñidas de sangre, 
no sólo sus pobres huesos derribados 
definitivamente trabajan en la tierra, 
sino que aun sus bocas muerden pólvora seca
y atacan como océanos de hierro, y aun 
sus puños levantados contradicen la muerte.

Porque de tantos cuerpos una vida invisible
se levanta. Madres, banderas, hijos! 
Un solo cuerpo vivo como la vida:
un rostro de ojos rotos vigila las tinieblas 
con una espada llena de esperanzas terrestres! 

Dejad
vuestros mantos de luto, juntad todas
vuestras lágrimas hasta hacerlas metales:
que allí golpeamos de día y de noche, 
allí pateamos de día y de noche,
allí escupimos de día y de noche
hasta que caigan las puertas del odio!

Yo no me olvido de vuestras desgracias, conozco 
vuestros hijos
y si estoy orgulloso de sus muertes, 
estoy también orgulloso de sus vidas.
                                                       Sus risas
relampagueaban en los sordos talleres,
sus pasos en el Metro
sonaban a mi lado cada día, y junto
a las naranjas de Levante, a las redes del Sur, junto
a la tinta de las imprentas, sobre el cemento de las arquitecturas
he visto llamear sus corazones de fuego y energías.

Y como en vuestros corazones, madres,
hay en mi corazón tanto luto y tanta muerte 
que parece una selva
mojada por la sangre que mató sus sonrisas, 
y entran en él las rabiosas nieblas del desvelo 
con la desgarradora soledad de los días.

Pero
más que la maldición a las hienas sedientas, al estertor 
         bestial
que aúlla desde el África sus patentes inmundas,
más que la cólera, más que el desprecio, más que el llanto,
madres atravesadas por la angustia y la muerte, 
mirad el corazón del noble día que nace,
y sabed que vuestros muertos sonríen desde la tierra
levantando los puños sobre el trigo.

por Pablo Neruda

jueves, 3 de noviembre de 2011

Vitaminas para sustentar cerebros

Vives lo que lees

Vía Muy Interesante

Volver a reír

Vía Muy Interesante

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Un error colosal

El referéndum propuesto por Papandreu es una pésima opción para Grecia y un riesgo para la UE

Quizá no resulte sorprendente que, tras 24 meses de desgaste por las crecientes exigencias de austeridad a sus ciudadanos, el primer ministro griego pretenda ahora recuperar la legitimidad mellada, el apoyo de una mayoría silenciosa y la iniciativa política. Especialmente cuando, frente a otros dirigentes europeos frívolos o incompetentes, Yorgos Papandreu ha demostrado coraje político y determinación personal para afrontar su crisis nacional: su pecado ha sido la lentitud en la ejecución de las reformas legales emprendidas. El reconocimiento de su trayectoria, sin embargo, no empeche para concluir que su propuesta de convocar un referéndum para aprobar el segundo paquete de rescate europeo a su país es un error de dimensiones colosales.
Lo es porque entraña un cálculo demasiado arriesgado. Es cierto que los griegos no pueden aspirar a un mejor trato que el decidido en la reciente cumbre, que supone en principio la condonación de la mitad de su deuda pública en manos de la banca. Pero también lo es que resulta muy difícil hacer valer este tipo de argumentación en una votación binaria, esquemática y susceptible de toda suerte de demagogias populistas como un referéndum. Especialmente si al final los ciudadanos acaban votando no sobre una medida concreta, sino sobre dos años de sacrificios que han exasperado a la sociedad griega. La experiencia de otros referendos en países como Francia, Irlanda u Holanda ilustran hasta qué punto suele prevalecer el malhumor social sobre la discusión del asunto sometido a las urnas.
Pero si lo que pretende Papandreu es emitir un signo ante sus socios para que no aumenten aún más la pesada carga de austeridad que arrastra su país, ese órdago tacticista supone ya jugar con fuego. De consumarse, no solo podría conducir a Grecia a la suspensión desordenada de pagos, sino también poner en tela de juicio los otros elementos del paquete aprobado en la última cumbre, de interés directo para todos los europeos: la recapitalización bancaria y el redimensionamiento del Fondo de rescate, y abocar así al conjunto de la Unión al abismo.
El daño que esta iniciativa disparatada puede inflingir a la UE, al futuro de Grecia y a la imagen de sus dirigentes resulta incalculable, de modo que lo mejor es que sea retirada cuanto antes. Es evidente que situaciones parecidas, en las que la entera Unión pende del hilo de un país, de su voto popular, de su mayoría parlamentaria o de su tribunal constitucional (como viene ocurriendo con Alemania), se prodigan con exceso, por cuanto los Veintisiete deciden sobre demasiadas materias por unanimidad. En este caso, además, castiga tanto al Estado miembro en la picota como a quienes pugnan por salvarlo de ella.
Para castigar a las Bolsas europeas y a la cotización de los bonos públicos, al disparate griego se unió ayer el impacto de la quiebra -por especular con deuda soberana europea-del bróker norteamericano MF Global, la octava en dimensión de la historia de EE UU. Solo una masiva intervención del Banco Central Europeo, cuando ya una de las más afectadas era la deuda francesa, evitó un cierre catastrófico.
Los efectos benéficos de la última cumbre apenas han durado 24 horas hábiles. La falta de detalle, las tardanzas, aplazamientos y fracturas internas vienen a cotizar tanto o más que los acuerdos. Es algo que Europa no va a poder permitirse mucho tiempo más, pues contribuye al estancamiento económico. La alerta lanzada por la OCDE, según la cual el crecimiento de la eurozona en 2012 bajará al 0,3%, en lugar del previsto 2%, confirma que no hay margen para el diletantismo. Lo que se redobla en el caso de España, situada en crecimiento cero desde el tercer trimestre, como acaba de certificar el Banco de España. La hora es muy grave.

Editorial EL PAÍS, 02/11/2011 

Forges y la Crisis

Walled City of Dubrovnik, Croatia

El Roto y las nubes

martes, 1 de noviembre de 2011

PP: Programa dudoso

Rajoy presenta un paquete de propuestas genéricas que evitan de nuevo los asuntos más conflictivos.

El Comité Ejecutivo Nacional del PP aprobó ayer por unanimidad un programa electoral que muchos de sus miembros no conocían, con la excepción del resumen presentado a la prensa el día anterior. La escenificación en Santiago de Compostela de un momento, en principio, tan relevante, a pocos días del inicio de la campaña del 20-N, repitió el guion de anteriores actos del PP: ausencia de debate y aclamación de las genéricas proclamas de líder. También el programa popular parece más diseñado para alcanzar el triunfo electoral a lomos del desgaste del Gobierno que para motivar a su electorado con propuestas concretas.
Del programa se desprende, a la espera de que se conozca el texto definitivo, que el PP ha decidido jugarse la recuperación económica a la carta de los incentivos fiscales. Es una estrategia arriesgada, que puede dañar el sistema fiscal a través de la maraña de nuevas deducciones y estímulos, y que, además, depende del cumplimiento del objetivo de déficit para este año (6%). De no ser así, las anunciadas rebajas de impuestos podrían sufrir algún retraso. En cualquier caso, el PP propone vaciar de contenido el impuesto de sociedades, generalizando el tipo impositivo del 20% en las pequeñas empresas cuando es un hecho que pocas pagan a más del 18% de tipo efectivo, y recuperar la deducción en el IRPF por adquisición de vivienda, lo que podría favorecer la formación de una nueva burbuja inmobiliaria. Se trata, por tanto, de una estrategia fiscal discutible que equivale a una reducción de ingresos difícil de cuantificar e incompatible con el compromiso de controlar el déficit público. Fiarlo todo a que una rebaja de impuestos animará el consumo y, en consecuencia, la generación de empleo y la recaudación es una fórmula que no siempre se cumple.
La estrategia de crecimiento y empleo también ofrece dudas, por inconcreta. Parece fiar buena parte de la recuperación a los "mecanismos no bancarios de financiación empresarial", el "capital semilla" y otros asuntos de poca importancia. La financiación bancaria es el grueso del crédito que necesitan las empresas; el capital semilla y otras modalidades son recursos marginales. Rajoy no puede obviar que una economía cercana a la recesi1ón, con cinco millones de parados, necesita consumo e inversión. Las medidas que propone son, en este sentido, minimalistas en relación con la gravedad de la crisis.
En otros asuntos, Rajoy quiere evitar polémicas que podrían movilizar a los deprimidos votantes socialistas. No habló del aborto, y se comprometió en la defensa del Estado de bienestar, mencionando expresamente la sanidad, la educación y las pensiones. Solo que este discurso no se corresponde con lo que han empezado a hacer las autonomías del PP. España necesita reformas -entre las más urgentes, un nuevo mercado laboral y una Administración más eficiente- y Rajoy puede verse obligado a hacerlas. Conviene que los ciudadanos sepamos a qué atenernos.
Editorial EL PAÍS, 01/11/201

Nathalie - Gilbert Becaud

Antonio Aguilar - Caballo de patas blancas

EL ABUELO, EL NIETO Y EL BURRO


Un abuelo y su nieto salieron de viaje con un burro. El nieto había pasado las vacaciones con su abuelo y ahora volvía a casa de sus padres para empezar nuevamente el colegio. A ratos, el abuelo o el nieto se subían al burro y así iban haciendo el viaje más cómodo.

El primer día de viaje llegaron a un pueblo. En ese momento el abuelo iba sentado sobre el burro y el nieto iba caminando al lado.
Al pasar por la calle principal del pueblo algunas personas se enfadaron cuando vieron al viejo sobre el burro y al niño caminando. Decían:
- ¡Parece mentira! ¡Qué viejo tan egoísta! Va montado en el burro y el pobre niño a pie.

Al salir del pueblo, el abuelo se bajó del burro. Llegaron a otro pueblo. Como iban caminando los dos junto al burro, un grupo de muchachos se rió de ellos, diciendo:
- ¡Qué par de tontos! Tienen un burro y, en lugar de montarse, van los dos andando.
Salieron del pueblo, el abuelo subió al niño al burro y continuaron el viaje.

Al llegar a otra aldea, la gente exclamó escandalizada:
- ¡Qué niño más maleducado! ¡Qué poco respeto! Va montado en el burro y el pobre viejo caminando a su lado.

En las afueras de la aldea, el abuelo y el nieto se subieron los dos al burro. Pasaron junto a un grupo de campesinos y éstos les gritaron:
- ¡Sinvergüenzas! ¿Es que no tenéis corazón? ¡Vais a reventar al pobre animal!

El anciano y el niño se cargaron al burro sobre sus hombros. De este modo llegaron al siguiente pueblo. La gente acudió de todas partes. Con grandes risotadas los pueblerinos se burlaban diciendo:
- ¡Qué par de tontos! Nunca hemos visto gente tan tonta. Tienen un burro y, en lugar de montarse, lo llevan a cuestas.

Al salir del pueblo, el abuelo después de pensar un buen rato le dijo a su nieto:
- Ya ves que hay que tener opinión propia y no hacer mucho caso de lo que diga la gente.



Francisco J. Briz Hidalgo