domingo, 17 de enero de 2010
sábado, 16 de enero de 2010
EL SASTRECILLO VALIENTE
No hace mucho tiempo que existía un humilde sastrecillo que se ganaba la vida trabajando con sus hilos y su costura, sentado sobre su mesa, junto a la ventana; risueño y de buen humor, se había puesto a coser a todo trapo. En esto pasó par la calle una campesina que gritaba:—¡Rica mermeladaaaa... Barataaaa! ¡Rica mermeladaaa, barataaa.
Este pregón sonó a gloria en sus oídos. Asomando el sastrecito su fina cabeza por la ventana, llamó:
—¡Eh, mi amiga! ¡Sube, que aquí te aliviaremos de tu mercancía!
Subió la campesina los tres tramos de escalera con su pesada cesta a cuestas, y el sastrecito le hizo abrir todos y cada uno de sus pomos. Los inspeccionó uno por uno acercándoles la nariz y, por fin, dijo:
—Esta mermelada no me parece mala; así que pásame cuatro onzas, muchacha, y si te pasas del cuarto de libra, no vamos a pelearnos por eso.
La mujer, que esperaba una mejor venta, se marchó malhumorada y refunfuñando:
—¡Vaya! —exclamo el sastrecito, frotándose las manos—. ¡Que Dios me bendiga esta mermelada y me de salud y fuerza!
Y, sacando el pan del armario, cortó una gran rebanada y la untó a su gusto. «Parece que no sabrá mal», se dijo. «Pero antes de probarla, terminaré esta chaqueta.»
Dejó el pan sobre la mesa y reanudó la costura; y tan contento estaba, que las puntadas le salían cada vez mas largas.
Mientras tanto, el dulce aroma que se desprendía del pan subía hasta donde estaban las moscas sentadas en gran número y éstas, sintiéndose atraídas por el olor, bajaron en verdaderas legiones.
—¡Eh, quién las invitó a ustedes! —dijo el sastrecito, tratando de espantar a tan indeseables huéspedes. Pero las moscas, que no entendían su idioma, lejos de hacerle caso, volvían a la carga en bandadas cada vez más numerosas.
Por fin el sastrecito perdió la paciencia, sacó un pedazo de paño del hueco que había bajo su mesa, y exclamando: «¡Esperen, que yo mismo voy a servirles!», descargó sin misericordia un gran golpe sobre ellas, y otro y otro. Al retirar el paño y contarlas, vio que por lo menos había aniquilado a veinte.
«¡De lo que soy capaz!», se dijo, admirado de su propia audacia. «La ciudad entera tendrá que enterarse de esto» y, de prisa y corriendo, el sastrecito se cortó un cinturón a su medida, lo cosió y luego le bordó en grandes letras el siguiente letrero: SIETE DE UN GOLPE.
«¡Qué digo la ciudad!», añadió. «¡El mundo entero se enterará de esto!»
Y de puro contento, el corazón le temblaba como el rabo al corderito.
Luego se ciñó el cinturón y se dispuso a salir por el mundo, convencido de que su taller era demasiado pequeño para su valentía. Antes de marcharse, estuvo rebuscando por toda la casa a ver si encontraba algo que le sirviera para el viaje; pero sólo encontró un queso viejo que se guardó en el bolsillo. Frente a la puerta vio un pájaro que se había enredado en un matorral, y también se lo guardó en el bolsillo para que acompañara al queso. Luego se puso animosamente en camino, y como era ágil y ligero de pies, no se cansaba nunca.
El camino lo llevó por una montaña arriba. Cuando llegó a lo mas alto, se encontró con un gigante que estaba allí sentado, mirando pacíficamente el paisaje. El sastrecito se le acercó animoso y le dijo:
—¡Buenos días, camarada! ¿Qué, contemplando el ancho mundo? Por él me voy yo, precisamente, a correr fortuna. ¿Te decides a venir conmigo?
El gigante lo miró con desprecio y dijo:
—¡Quítate de mi vista, monigote, miserable criatura!
—¿Ah, sí? —contestó el sastrecito, y, desabrochándose la chaqueta, le enseñó el cinturón—-¡Aquí puedes leer qué clase de hombre soy!
El gigante leyó: SIETE DE UN GOLPE, y pensando que se tratara de hombres derribados por el sastre, empezó a tenerle un poco de respeto. De todos modos decidió ponerlo a prueba. Agarró una piedra y la exprimió hasta sacarle unas gotas de agua.
—¡A ver si lo haces —dijo—, ya que eres tan fuerte!
—¿Nada más que eso? —contestó el sastrecito—. ¡Es un juego de niños!
Y metiendo la mano en el bolsillo sacó el queso y lo apretó hasta sacarle todo el jugo.
—¿Qué me dices? Un poquito mejor, ¿no te parece?
El gigante no supo qué contestar, y apenas podía creer que hiciera tal cosa aquel hombrecito. Tomando entonces otra piedra, la arrojó tan alto que la vista apenas podía seguirla.
—Anda, pedazo de hombre, a ver si haces algo parecido.
—Un buen tiro —dijo el sastre—, aunque la piedra volvió a caer a tierra. Ahora verás —y sacando al pájaro del bolsillo, lo arrojó al aire. El pájaro, encantado con su libertad, alzó rápido el vuelo y se perdió de vista.
—¿Qué te pareció este tiro, camarada? —preguntó el sastrecito.
—Tirar, sabes —admitió el gigante—. Ahora veremos si puedes soportar alguna carga digna de este nombre—y llevando al sastrecito hasta un inmenso roble que estaba derribado en el suelo, le dijo—: Ya que te las das de forzudo, ayúdame a sacar este árbol del bosque.
—Con gusto —respondió el sastrecito—. Tú cárgate el tronco al hombro y yo me encargaré del ramaje, que es lo más pesado .
En cuanto estuvo el tronco en su puesto, el sastrecito se acomodó sobre una rama, de modo que el gigante, que no podía volverse, tuvo de cargar también con él, además de todo el peso del árbol. El sastrecito iba de lo más contento allí detrás, silbando aquella tonadilla que dice: «A caballo salieron los tres sastres», como si la tarea de cargar árboles fuese un juego de niños.
El gigante, después de arrastrar un buen trecho la pesada carga, no pudo más y gritó:
—¡Eh, tú! ¡Cuidado, que tengo que soltar el árbol!
El sastre saltó ágilmente al suelo, sujetó el roble con los dos brazos, como si lo hubiese sostenido así todo el tiempo, y dijo:
—¡Un grandullón como tú y ni siquiera eres capaz de cargar un árbol!
Siguieron andando y, al pasar junto a un cerezo, el gigante, echando mano a la copa, donde colgaban las frutas maduras, inclinó el árbol hacia abajo y lo puso en manos del sastre, invitándolo a comer las cerezas. Pero el hombrecito era demasiado débil para sujetar el árbol, y en cuanto lo soltó el gigante, volvió la copa a su primera posición, arrastrando consigo al sastrecito por los aires. Cayó al suelo sin hacerse daño, y el gigante le dijo:
—¿Qué es eso? ¿No tienes fuerza para sujetar este tallito enclenque?
—No es que me falte fuerza —respondió el sastrecito—. ¿Crees que semejante minucia es para un hombre que mató a siete de un golpe? Es que salté por encima del árbol, porque hay unos cazadores allá abajo disparando contra los matorrales. ¡Haz tú lo mismo, si puedes!
El gigante lo intentó, pero se quedó colgando entre las ramas; de modo que también esta vez el sastrecito se llevó la victoria. Dijo entonces el gigante:
—Ya que eres tan valiente, ven conmigo a nuestra casa y pasa la noche con nosotros.
El sastrecito aceptó la invitación y lo siguió. Cuando llegaron a la caverna, encontraron a varios gigantes sentados junto al fuego: cada uno tenía en la mano un cordero asado y se lo estaba comiendo. El sastrecito miró a su alrededor y pensó: «Esto es mucho más espacioso que mi taller.»
El gigante le enseñó una cama y lo invitó a acostarse y dormir. La cama, sin embargo, era demasiado grande para el hombrecito; así que, en vez de acomodarse en ella, se acurrucó en un rincón. A medianoche, creyendo el gigante que su invitado estaría profundamente dormido, se levantó y, empuñando una enorme barra de hierro, descargó un formidable golpe sobre la cama. Luego volvió a acostarse, en la certeza de que había despachado para siempre a tan impertinente grillo. A la madrugada, los gigantes, sin acordarse ya del sastrecito, se disponían a marcharse al bosque cuando, de pronto, lo vieron tan alegre y tranquilo como de costumbre. Aquello fue más de lo que podían soportar, y pensando que iba a matarlos a todos, salieron corriendo, cada uno por su lado.
El sastrecito prosiguió su camino, siempre con su puntiaguda nariz por delante. Tras mucho caminar, llegó al jardín de un palacio real, y como se sentía muy cansado, se echó a dormir sobre la hierba. Mientras estaba así durmiendo, se le acercaron varios cortesanos, lo examinaron par todas partes y leyeron la inscripción: SIETE DE UN GOLPE.
—¡Ah! —exclamaron—. ¿Qué hace aquí tan terrible hombre de guerra, ahora que estamos en paz? Sin duda, será algún poderoso caballero.
Y corrieron a dar la noticia al rey, diciéndole que en su opinión sería un hombre extremadamente valioso en caso de guerra y que en modo alguno debía perder la oportunidad de ponerlo a su servicio. Al rey le complació el consejo, y envió a uno de sus nobles para que le hiciese una oferta tan pronto despertara. El emisario permaneció en guardia junto al durmiente, y cuando vio que éste se estiraba y abría los ojos, le comunicó la proposición del rey.
—Justamente he venido con ese propósito —contestó el sastrecito—. Estoy dispuesto a servir al rey —así que lo recibieron honrosamente y le prepararon toda una residencia para él solo.
Pero los soldados del rey lo miraban con malos ojos y, en realidad, deseaban tenerlo a mil millas de distancia.
—¿En qué parará todo esto? —comentaban entre sí—. Si nos peleamos con él y la emprende con nosotros, a cada golpe derribará a siete. No hay aquí quien pueda enfrentársele.
Tomaron, pues, la decisión de presentarse al rey y pedirle que los licenciase del ejército.
—No estamos preparados —le dijeron— para luchar al lado de un hombre capaz de matar a siete de un golpe.
El rey se disgustó mucho cuando vio que por culpa de uno iba a perder tan fieles servidores: ya se lamentaba hasta de haber visto al sastrecito y de muy buena gana se habría deshecho de él. Pero no se atrevía a despedirlo, por miedo a que acabara con él y todos los suyos, y luego se instalara en el trono. Estuvo pensándolo por horas y horas y, al fin, encontró una solución.
Mandó decir al sastrecito que, siendo tan poderoso hombre de armas como era, tenía una oferta que hacerle. En un bosque del país vivían dos gigantes que causaban enormes daños con sus robos, asesinatos, incendios y otras atrocidades; nadie podía acercárseles sin correr peligro de muerte. Si el sastrecito lograba vencer y exterminar a estos gigantes, recibiría la mano de su hija y la mitad del reino como recompensa. Además, cien soldados de caballería lo auxiliarían en la empresa.
«¡No está mal para un hombre como tú!» se dijo el sastrecito. «Que a uno le ofrezcan una bella princesa y la mitad de un reino es cosa que no sucede todos los días.» Así que contestó:
—Claro que acepto. Acabaré muy pronto con los dos gigantes. Y no me hacen falta los cien jinetes. El que derriba a siete de un golpe no tiene por qué asustarse con dos.
Así, pues, el sastrecito se puso en camino, seguido por cien jinetes. Cuando llegó a las afueras del bosque, dijo a sus seguidores:
—Esperen aquí. Yo solo acabaré con los gigantes.
Y de un salto se internó en el bosque, donde empezó a buscar a diestro y siniestro. Al cabo de un rato descubrió a los dos gigantes. Estaban durmiendo al pie de un árbol y roncaban tan fuerte, que las ramas se balanceaban arriba y abajo. El sastrecito, ni corto ni perezoso, eligió especialmente dos grandes piedras que guardó en los bolsillos y trepó al árbol. A medio camino se deslizó por una rama hasta situarse justo encima de los durmientes, y, acto seguido, hizo muy buena puntería (pues no podía fallar) pues de lo contrario estaría perdido.
Los gigantes, al recibir cada uno un fuerte golpe con la piedra, despertaron echándose entre ellos las culpas de los golpes. Uno dio un empujón a su compañero y le dijo:
—¿Por qué me pegas?
—Estás soñando —respondió el otro—. Yo no te he pegado.
Se volvieron a dormir, y entonces el sastrecito le tiró una piedra al segundo.
—¿Qué significa esto? —gruñó el gigante—. ¿Por qué me tiras piedras?
—Yo no te he tirado nada —gruñó el primero.
Discutieron todavía un rato; pero como los dos estaban cansados, dejaron las cosas como estaban y cerraron otra vez los ojos. El sastrecito volvió a las andadas. Escogiendo la más grande de sus piedras, la tiró con toda su fuerza al pecho del primer gigante.
—¡Esto ya es demasiado! —vociferó furioso. Y saltando como un loco, arremetió contra su compañero y lo empujó con tal fuerza contra el árbol, que lo hizo estremecerse hasta la copa. El segundo gigante le pagó con la misma moneda, y los dos se enfurecieron tanto que arrancaron de cuajo dos árboles enteros y estuvieron aporreándose el uno al otro hasta que los dos cayeron muertos. Entonces bajó del árbol el sastrecito.
«Suerte que no arrancaron el árbol en que yo estaba», se dijo, «pues habría tenido que saltar a otro como una ardilla. Menos mal que nosotros los sastres somos livianos.»
Y desenvainando la espada, dio un par de tajos a cada uno en el pecho. Enseguida se presentó donde estaban los caballeros y les dijo:
—Se acabaron los gigantes, aunque debo confesar que la faena fue dura. Se pusieron a arrancar árboles para defenderse. ¡Venirle con tronquitos a un hombre como yo, que mata a siete de un golpe!
—¿Y no estás herido? —preguntaron los jinetes.
—No piensen tal cosa —dijo el sastrecito—. Ni siquiera, despeinado.
Los jinetes no podían creerlo. Se internaron con él en el bosque y allí encontraron a los dos gigantes flotando en su propia sangre y, a su alrededor, los árboles arrancados de cuajo.
El sastrecito se presentó al rey para pedirle la recompensa ofrecida; pero el rey se hizo el remolón y maquinó otra manera de deshacerse del héroe.
—Antes de que recibas la mano de mi hija y la mitad de mi reino —le dijo—, tendrás que llevar a cabo una nueva hazaña. Por el bosque corre un unicornio que hace grandes destrozos, y debes capturarlo primero.
—Menos temo yo a un unicornio que a dos gigantes —respondió el sastrecito—-Siete de un golpe: ésa es mi especialidad.
Y se internó en el bosque con un hacha y una cuerda, después de haber rogado a sus seguidores que lo aguardasen afuera.
No tuvo que buscar mucho. El unicornio se presentó de pronto y lo embistió ferozmente, decidido a ensartarlo de una vez con su único cuerno.
—Poco a poco; la cosa no es tan fácil como piensas —dijo el sastrecito.
Plantándose muy quieto delante de un árbol, esperó a que el unicornio estuviese cerca y, entonces, saltó ágilmente detrás del árbol. Como el unicornio había embestido con fuerza, el cuerno se clavó en el tronco tan profundamente, que por más que hizo no pudo sacarlo, y quedó prisionero.
«¡Ya cayó el pajarito!», dijo el sastre, saliendo de detrás del árbol. Ató la cuerda al cuello de la bestia, cortó el cuerno de un hachazo y llevó su presa al rey.
Pero éste aún no quiso entregarle el premio ofrecido y le exigió un tercer trabajo. Antes de que la boda se celebrase, el sastrecito tendría que cazar un feroz jabalí que rondaba por el bosque causando enormes daños. Para ello contaría con la ayuda de los cazadores.
—¡No faltaba más! —dijo el sastrecito—. ¡Si es un juego de niños!
Dejó a los cazadores a la entrada del bosque, con gran alegría de ellos, pues de tal modo los había recibido el feroz jabalí en otras ocasiones, que no les quedaban ganas de enfrentarse con él de nuevo.
Tan pronto vio al sastrecito, el jabalí lo acometió con los agudos colmillos de su boca espumeante, y ya estaba a punto de derribarlo, cuando el héroe huyó a todo correr, se precipitó dentro de una capilla que se levantaba por aquellas cercanías. subió de un salto a la ventana del fondo y, de otro salto, estuvo enseguida afuera. El jabalí se abalanzó tras él en la capilla; pero ya el sastrecito había dado la vuelta y le cerraba la puerta de un golpe, con lo que la enfurecida bestia quedó prisionera, pues era demasiado torpe y pesada para saltar a su vez por la ventana. El sastrecito se apresuró a llamar a los cazadores, para que la contemplasen con su propios ojos.
El rey tuvo ahora que cumplir su promesa y le dio la mano de su hija y la mitad del reino, agregándole: «Ya eres mi heredero al trono».
Se celebró la boda con gran esplendor, y allí fue que se convirtió en todo un rey el sastrecito valiente.
de Wilhelm y Jacob Grimm
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viernes, 15 de enero de 2010
Flying instructor at indoor skydiving
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jueves, 14 de enero de 2010
La cabina del Disc Jockey se transforma
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Pink Floyd - Another Brick in the Wall
19.771.096 reproduciones
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miércoles, 13 de enero de 2010
Limones Frescos durante más tiempo
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Sopa de Merluza con Puerro y Patatas
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martes, 12 de enero de 2010
lunes, 11 de enero de 2010
Si las regiones españolas fueran países...
El primer mapa muestra a las autonomías españolas renombradas con el nombre de otro país, con el que guarda una equivalencia aproximada del valor monetario de su Producto Interior Bruto (PIB).
Las series corresponden al año 2006 y se han obtenido de los datos que facilita el Instituto Nacional de Estadística para cada Comunidad Autónoma de España.
Las cifras, expresadas en euros, se han convertido en dólares del año 2006, para poder encontrar por aproximación, el país equivalente en PIB de cada región española. El PIB de 2006 de todos los países se puede encontrar en la Wikipedia . En este caso he utilizado la tabla facilitada por el Banco Mundial.
El que una región como La Rioja le corresponda por PIB Jamaica, no implica que los riojanos tengan las mismas condiciones de vida que los jamaicanos. El PIB es una magnitud monetaria que mide el valor de los bienes y servicios producidos en dicho año para cada región. Lo que es lo mismo, todo lo que produce La Rioja tiene un valor en dólares similar a todo lo que produce Jamaica. Es por ello que ninguna de las regiones españolas pueda superar a la propia España, ya que teóricamente, la suma de todos los PIB autonómicos debe ser el PIB total de España.
Para comparar el nivel de vida se utiliza la Renta per cápita , que es la relación que hay entre el PIB de un país y el número de habitantes. Es decir, la cantidad de dinero del que dispone cada persona sobre el total de lo producido en términos monetarios. Desde esta magnitud, el mapa regional de España quedaría más o menos así:
Para la realización de este mapa, bastante más complejo, se han tomado las series económicas de 2004 facilitadas por el Instituto Nacional de Estadística , y se han convertido a dólares de 2004. Los datos de la renta per cápita para cada país en 2004 también lo facilita el instituto en su sección Internacional.
Comentar como curiosidad que ha sido difícil encontrar países con niveles de renta equivalentes a cada región, de ahí que en algunas autonomías se repitan. Aún así, el mapa refleja bien claro las regiones que estarían en el grupo de primeras potencias, y las regiones que estarían en un reducido grupo de economías emergentes. Como era de esperar, ninguna economía autonómica tiene un equivalente subdesarrollado en términos de poder de compra. Del mapa también se desprende, que si bien existen diferencias en la distribución de la riqueza nacional, su disparidad no es elevada y tiende a una homogeneidad.
Aclarar por último, que los datos reflejados en este artículo no se derivan de un estudio serio y pormenorizado, por lo que no se le debe otorgar ninguna validez académica. Todos los datos de los mapas se basan en aproximaciones y equivalencias que pueden variar dependiendo de la fiabilidad de la magnitud, fuente y paridad monetaria ofrecidas en las páginas consultadas.
ESCRITO POR PHRANET 21 ABRIL, 2008
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domingo, 10 de enero de 2010
Ni respeto ni silencio
El juez de lo Penal de Madrid Ricardo Rodríguez produjo en las vísperas de Navidad, con la inestimable ayuda de la fiscal Pilar Joga, un bodrio intelectual en forma de sentencia, cuya pésima calidad nos permite interrogarnos sobre los criterios aplicados en su día para que accediera a magistrado desde su cargo de secretario judicial. Por si alguno no lo sabe todavía, este juzgador dictó penas de cárcel (un año y nueve meses nada menos) para dos periodistas de la cadena SER acusados del nefando delito de publicar una noticia, diligentemente comprobada y fehacientemente veraz, relacionada con la corrupción política y urbanística en el Partido Popular de Villaviciosa de Odón. Considera el juez tan grave el comportamiento de los condenados que dictamina, además, su inhabilitación para ejercer profesionalmente el periodismo y añade al castigo severas penas de multa, argumentando que sin duda podrán pagarlas porque deben tener un sueldo "verdaderamente importante".Me declaro instigador, cómplice y cooperador necesario del crimen perpetrado por Daniel Anido y Rodolfo Irago.
El deber profesional y ético de todo periodista es revelar secretos, sobre todo cuando sirve para desenmascarar los excesos del poder.
El juez Ricardo Rodríguez quiere enviar a la cárcel a Rodolfo Irago y Daniel Anido, tratándoles como a delincuentes, por cumplir con sus obligaciones como ciudadanos y como periodistas.
El crimen perpetrado por Daniel Anido y Rodolfo Irago, del que desde ya me declaro instigador, cómplice y cooperador necesario, fue publicar en la página web de la emisora una lista de militantes de dicho partido que se afiliaron irregularmente, burlando los requisitos de sus propios estatutos, con objeto de desbancar a una dirigente afín a Ruiz-Gallardón y sustituirla por alguien leal a Esperanza Aguirre. La calificación jurídica que merece este hecho es la de "revelación de secretos", y la argumentación, revestida de la oscura dignidad de un lenguaje incomprensible, como acostumbran a hacer los malos médicos y los jueces torpes, es tan peregrina que sorprende que nadie pueda basarse en ella para decretar penas de privación de libertad.
No han sido pocas las voces que se han alzado en protesta por tan aberrantes hechos, entre ellas las de algunos representantes políticos que han aludido a que su discrepancia -o su silencio, como en el caso del PP, culpable y víctima a la vez de la corrupción desvelada-, se expresaba desde el respeto. Pero ni desde el punto de vista legal, ni desde el político, ni desde el gramatical, merece el texto firmado por el señor Rodríguez respeto alguno. Y si es verdad que las sentencias deben acatarse, no menos cierto es que también pueden atacarse cuando menoscaban el sentido común y los valores constitucionales y democráticos hasta el punto que ésta lo hace, por lo que es imposible guardar silencio ante los hechos, como algunos pretenden bajo pretexto de que la sentencia no es aún firme.
Hay quien pensará, con toda razón, que escribo esto desde mi condición de periodista, compañero de los condenados en las tareas de la radio y responsable del comportamiento profesional de su grupo de medios. Pero lo hago igualmente como ciudadano preocupado tanto por el buen uso de la libertad de expresión como por la defensa de una cultura democrática en nuestra Administración de justicia. Por último, como académico, no puedo sino lamentar el manoseo que hace del diccionario el juez Rodríguez, cuya impericia en el uso del idioma le impediría ocupar plaza de redactor en ningún medio, incluidos, mal que le pese, los de Internet.
Sobre las deficiencias jurídicas de la sentencia, otros más expertos que yo han expresado ya sus conclusiones, que resumo en tres puntos: a) no se tiene en cuenta la prevalencia constitucional del derecho a informar sobre el de protección de la vida privada, cuando se trata de noticias relevantes y de interés general; b) a dichos efectos se desprecia -aunque se reconoce en la propia sentencia- la veracidad de la noticia y la eficacia profesional con que fue elaborada; y c) se establece el peculiar criterio de que las informaciones a través de Internet no merecen la protección prevista en el artículo 20 de nuestra Constitución, pues no se trata de un medio de comunicación social sino universal (sic). Hay otros detalles menores pero significativos de la chapucería ante la que nos encontramos, por ejemplo el hecho de reseñar como testigo de la acusación a un abogado de la defensa y como querellante a uno de los supuestos perjudicados, pero que no demandó procedimiento alguno.
Todas ellas son razones suficientes para esperar que el tribunal de apelación enmiende el entuerto, entre otras cosas porque una sentencia previa sobre el mismo caso instado por otros denunciantes, y dictada por la sección 10 de la Audiencia Provincial de Madrid, absolvía a los redactores de un periódico local que publicó parecida lista de afiliados al PP, estimando que "los problemas internos de elecciones en un partido también se revisten de interés general y público, al aparecer, como en el presente caso, vinculados a cuestiones de urbanismo". Es cuando menos llamativo que ni el magistrado ni la fiscal hayan tenido en cuenta este precedente, y es más que preocupante que el ministerio público haya ejercido la acusación y reclamado severas penas, aunque en el juicio oral las redujera a cinco meses de prisión, petición igualmente injusta a mi entender, y en la que se ha ratificado la fiscalía en su recurso ante la audiencia. Semejante actitud permite preguntarnos por el entendimiento que la oficina del fiscal general del Estado tiene respecto a los valores democráticos y el enunciado constitucional. Pues hay que decir que sin la disposición del ministerio público a denunciar un delito donde es imposible que lo haya es más que probable que el contencioso hubiera salido del área penal para dirimirse, en todo caso, ante los tribunales civiles.
Me parece irrisorio que la publicación de la pertenencia a un partido político se considere una violación de la intimidad, cuando lo que denota es el deseo de participar en la vida pública. Y resulta esperpéntico pretender que dicha publicación genera un dolor o daño a esos militantes. En realidad, el perjuicio que sufrieron en el caso que nos ocupa no fue debido al conocimiento de su afiliación, sino al de que ésta se produjera de manera irregular, contra toda norma de transparencia democrática. La democracia interna de los partidos es un requisito fundamental y no puede ser tarea de los tribunales reprimir la revelación de conspiraciones como la de Villaviciosa, que acabaron en el famoso tamayazo, con la anulación de las elecciones a presidente de la Comunidad de Madrid y el pírrico triunfo de Esperanza Aguirre. Antes bien, el ministerio público, en defensa de la legalidad, debería alentar esas revelaciones a fin de que se sancionen y persigan tales conductas irregulares. En el caso del Partido Popular, su reglamento obliga además a que los militantes ejerzan activamente el proselitismo, con lo que mal puede interpretarse que la pertenencia al partido forma parte de su intimidad, y mucho menos que constituya ningún secreto. Pero incluso tratándose de organizaciones privadas, religiosas, deportivas, culturales o de cualquier otro género, es extravagante suponer que la publicación, sin su permiso, del nombre de sus miembros o simpatizantes pueda ser un delito penado con la cárcel. El Gobierno tiene por eso obligación de pronunciarse sobre el comportamiento de la fiscalía, y es de esperar que lo haga en defensa de la libertad de información y la transparencia de la vida política.
Merece la pena ocuparse de la tibieza de los políticos a la hora de protestar por la violación constitucional que supone el documento. Un tal señor Güemes, dirigente del PP madrileño cuyo brillo en el universo parlamentario emana más que nada de su afición al fijador, se permitió un comentario vulgar respecto a las simpatías políticas o ideológicas de los condenados y la cadena SER, lo que sugiere que el silencio al que se acogió el portavoz del PP a la hora de comentar la sentencia es en realidad una aprobación tácita de la misma. Otras declaraciones de un ministro del Gobierno en el sentido de considerar desproporcionada la pena podrían, por su parte, indicar que quizás un castigo menos duro, tal vez como el que la fiscal sugiere, resultaría aceptable. Las declaraciones del resto de los grupos se han alineado en general con la corrección política demandada, y nadie o casi nadie ha denunciado lisa y llanamente que nos hallamos ante una verdadera tropelía: los corruptos en la calle y quienes denunciaron la corrupción, a la cárcel.
El respeto que nuestro sistema judicial merece, reclama una actitud crítica por parte de los ciudadanos. Contra lo que muchos piensan, yo creo que sí se han transformado para bien no pocas cosas en la Administración de justicia durante las recientes décadas, aunque reste mucho por hacer. A pesar de actitudes como las de Rodríguez y Joga, o del guirigay montado en torno al Constitucional, existe en este país un alto grado de seguridad jurídica garantizado por la eficacia de los tribunales. Por eso mismo, es necesario desvelar públicamente los excesos y estupideces que se cometan. La irrupción de la política en la justicia, mezclada con las manías, los errores y las carencias de algunos de sus miembros, así como la tendencia a judicializar los conflictos ideológicos, provoca situaciones tan curiosas como que un magistrado relevante por sus servicios a la comunidad se vea investigado por querer enjuiciar los crímenes de la dictadura franquista, mientras algunos jueces mediocres siguen campando por sus predios a la hora de imponer su particular criterio acerca del ejercicio de la libertad.
La prohibición de revelar secretos personales, relacionada con la protección de datos informáticos, no se prevé en el Código Penal como una limitación a la libertad de expresión, sino como una obligación de confidencialidad a quienes tienen encomendada por cargo o profesión la custodia de determinados datos o informaciones. Paradójicamente, el deber profesional y ético de todo periodista es revelar secretos, sobre todo cuando sirve para desenmascarar los excesos y corrupciones del poder. De manera que el juez Rodríguez quiere enviar a la cárcel a Irago y Anido, tratándoles como a delincuentes, por cumplir con sus obligaciones como ciudadanos y como periodistas, y por rendir así un servicio valioso a la sociedad. Toda una agresión a la convivencia democrática. El artículo 20 de la Constitución garantiza la libertad de informar y de expresar libremente las ideas. La excepción que el juez hace de Internet a la hora de citar dicha protección de derechos resulta un despropósito. Puedo estar de acuerdo con él en que Internet no es, en sí misma, un medio de comunicación social, pero las páginas web que a través de ella se difunden sí lo son. Por lo demás, el artículo 20 del texto constitucional reconoce y protege textualmente "el derecho a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión". Internet no es sólo uno de ellos, es el principal medio de difusión del mundo. La suposición de que la protección jurídica a nuestras libertades no incluye el uso de la Red es contraria al mínimo sentido común. Aceptarla supone endosar la tesis de que el mayor instrumento de libertad inventado por el hombre en las últimas décadas no goza de la protección de las constituciones democráticas. Es una actitud simétrica a la de quienes se rebelan contra la defensa de la propiedad intelectual y justifican con embelecos intelectuales o morales las prácticas de la piratería. Cuando a diario padecemos toda clase de tropelías perpetradas en la Red por parte de individuos dedicados a mentir, infamar, injuriar y calumniar sin que a nadie se le pida responsabilidad alguna, viene ahora un juez a explicarnos en 35 folios que es conforme a derecho enviar a la cárcel a dos periodistas solventes y honestos por difundir informaciones verdaderas, comprobadas y de gran relevancia social. Para utilizar la acertada expresión de una de las mejores cabezas jurídicas con las que cuenta el Partido Popular, ¡manda huevos!
JUAN LUIS CEBRIÁN 10/01/2010
EL PAÍS
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sábado, 9 de enero de 2010
Cinco extrañas formas de perder una partida de ajedrez
Se puede perder por las buenas, por las malas o por… extrañas razones, entre ellas estas cinco que se explican detalladamente en esta simpática anotación:
Cinco formas de perder en ajedrez:
1.- Darle al reloj antes de realizar el movimiento
2.- Que te suene el teléfono móvil
3.- Llegar tarde a la partida (más de una hora)
4.- Realizar una jugada ilegal
5.- No saludar al rival
Actualización:
Erral que es Árbitro Internacional de ajedrez nos escribió para contarnos que en el caso (1) no se pierde directamente: es una irregularidad que hay que corregir y sancionar, pero no se pierde. Y en el caso (5) dice que todavía nadie ha perdido por eso porque no existe esa regla, aunque hay una propuesta al respecto.
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¿Por qué se equivoca el hombre del tiempo?
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viernes, 8 de enero de 2010
Mantenga el talón derecho bajo
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Lleve su swing por buen camino
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jueves, 7 de enero de 2010
Avatar - Crítica de la Película
Director: James Cameron
Género: aventuras, ciencia ficción
Fecha de estreno en España: 18 de diciembre
Intérpretes: Sam Worthington, Zoe Saldana, Stephen Lang, Michelle Rodríguez
¿Debo ir a verla?
El tan anunciado y ansiado de James Cameron llega a las pantallas. La estrella es el director: tras años desarrollando la tecnología necesaria, Avatar viene avalada por la promesa de ser el siguiente paso de gigante a nivel tecnológico en la industria del cine. Objetivo conseguido. Pero ¿hay algo más?.
Pues sí, como se pueden imaginar. Cameron no se deja llevar por sus propios fuegos artificiales, y al igual que en Titanic, consigue que el espectáculo de efectos especiales dé la impresión de estar puesto al servicio de la historia, por muy poco novedosa que ésta sea. Por Avatar caminan mil y una referencia: que si Pocahontas, Star Wars, Matrix, los anteriores films de Cameron -y todo el bagaje previo de éstas, que no es poco-… Esto es cierto, y quien quiera cargarse Avatar en este sentido probablemente no tenga problema. Pero la verdad es que el film funciona. Te atrapa y no te suelta hasta el final, y sin recurrir a argucias habituales en este tipo de productos, es decir, epatar al personal con batallas épicas, escenas de acción inimaginables y explosiones colosales.
Cameron dice y repite que lo importante está en los ojos de sus actores, y no sólo está en lo cierto, sino que se ha aplicado su propia regla al cien por cien. Para ver la anunciadísima batalla hay que esperar al final de Avatar, pero que el público ansioso de emociones no se espante. Por el camino les espera un viaje de descubrimiento personal y colectivo, una bonita y poco babosa historia de amor, y una ración de cine de bandera. Y cuando la acción se presenta, es espectacular. Además, Cameron no limita el uso del 3D a las escenas de aventuras: su aprovechamiento es casi total a lo largo y ancho de todo el film.
Porque lo mejor de Avatar es lo bien que Cameron mueve la cámara (para contar la historia, no solo para epatarnos), seducirnos con humor, golpearnos con… pues eso, golpes de efecto, y sobre todo, maravillarnos con la creación de un mundo nuevo que huye de las coordenadas del mundo videojueguil para entretener al espectador. Todo eso es sólo el barniz de Avatar, o mejor dicho, su trasfondo.
Lo que de verdad importa es la aplastante lógica, verosimilitud y cariño volcado en la creación del planeta Pandora, que nos obliga a comprar su mensaje ecologista, a creernos a sus habitantes, y a querer pasar más tiempo con ellos. Existe en Avatar una extraordinaria sensibilidad para crear todo un cosmos con unas relaciones entre lo divino y lo humano no sólo verosímiles, sino conmovedoras. La acción, la aventura, el humor, nacen de ahí: como dirían en Jerry Maguire, Jim Cameron nos tenía atrapados en realidad desde el principio. Los extraordinarios CGI -hay que decirlo: perfectos- son sólo la superficie de lo que Avatar ofrece.
El hablar de los fallos del film, que los tiene, es como tirar chinas a un elefante. Poco importan la relativa simpleza de sus personajes cuando están tan bien interpretados (muy bien Sam Worthington y Zoe Saldana, impecable ese fenómeno que es Stephen Lang), o que de vez en cuando dé la impresión de que todo esto ya lo hemos visto antes.
Y eso es lo que es Avatar: una bonita y épica película de aventuras, un film de ciencia ficción sólido, y un simple pero extraordinario entretenimiento. Dudo que Cameron tenga dudas al respecto, pero estos meses puede sentirse con comodidad el rey del mundo. Se lo merece.
autor: Juanma González
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Etiquetas: Cine
Avatar
Muchos de nosotros hemos seguido las expectativas que se han ido generando a lo largo de los años sobre el proyecto que finalmente James Cameron estrenará durante esta semana. ‘Avatar‘ de a poco se fue tomando todas las noticias de medios especializados, quienes comenzaron a seguir lo que en algún momento comenzó a llamarse una revolución para la técnica del 3D en el séptimo arte, y aún mas, una revolución para el cine en general. Un trabajo que le llevó al realizador canadiense más de 10 años de un largo proceso de gestación, desde el más mínimo detalle en el mundo que crea a su alrededor, como también en perfeccionar una técnica para el cine que hasta hace un par de años ni se soñaba, y que hoy nos convoca a una experiencia total en el cine. Una película que hay que ver en 3D no solo para disfrutarla, sino que es la única real forma de pararse frente al proyecto de Cameron, y poder comprender todos los largos años que le tomó a una larga producción poder plasmar la idea tan completa frente a la pantalla. Quizás no sea aquella revolución que tan extrañamente nos poníamos en mente para un cambio total para el cine, pero es uno de los pasos hacía una nueva forma de enfrentar todas las sensaciones y sobre todo la forma de involucrarnos con una historia. El 3D fue hecho para ‘Avatar’, y de aquí en adelante.
Como lo dijimos en muchas oportunidades, la campaña de promoción que la Fox había puesto para lanzar de forma mundial ‘Avatar’ fue colosal. Como aquellas campañas que de a poco vamos entendiendo que son seguidas de películas que a final de cuentas no cumplen con las expectativas, y nos dejan con sabor amargo y un vacío sorprendente. Felizmente ‘Avatar’ cumple, y hace mucho más que eso, pues junto a ser una película de más de 2 horas y media de escenas que demuestran el trabajo en cada fotograma de años de elaboración, nos logra contar una historia que aunque simple, es conmovedora hasta su punto más básico. Este es uno de aquellos estrenos que quieres seguir viendo, una y otra vez y seguir sorprendiéndote y gritando de emoción en sus épicas escenas.
Esta crítica recién comienza, You’re not in Kansas anymore.
‘Avatar‘y el mundo donde todo esto ocurre, Pandora, es un lugar tan irreal y sorprendente que parece no ser posi-ble solo con palabras describirlo tan bien como lo pueden hacer las imágenes que el director ha hecho. He ahí las razones para que se tomara más de 14 años en preparar el terreno en la industria del cine para entregar su proyecto más ambicioso a sus seguidores. Aquellos que ya antes lo idolatraban por ‘Alíen’, ‘Terminator’ o ‘Titanic’, y que ahora encontrarán en esta un nuevo nivel para sorprenderse y pensar que es lo que se podrá hacer en el futuro. Para comprobar esto nada mas hay que pensar en cuantas salas 3D existían hace un par de años atrás, y lo necesarias que son ahora para hacer exitosa a esta cinta que ha costado, solo en producción de la películas (sin pasar por la publicidad) poco mas de 400 millones de dólares. La revolución está ahí.
La historia nos lleva a Pandora, una luna a la que llega el ex-marine y ahora minusválido Jake Sully (Sam Worthington) tras la muerte de su hermano, reclutado para que continúe su labor científica trabajando para llegar a un mutuo acuerdo que ayudara tanto a los humanos como los aborígenes del planeta, los Na’vi. Las razones para que los humanos estén ahí es que en este futuro hemos destruido nuestro planeta tierra, y encontramos en Pandora un mineral tan poderoso que se decidió explotarlo por completo, asunto que tiene en constante enfrentamiento a los humanos contra los originarios del planeta. En un principio su papel ahí será mezclarse con los nativos, utilizando un híbrido humano/aborigen llamado Avatar al que maneja gracias a una conexión mental, aprendiendo de sus costumbres y modo de vida, para así aprovechar esta información y utilizarla para llevar a cabo la misión de seguir explotando el tan preciado mineral. Sin embargo pronto Jake se encontrará entre dos mundos tan distintos, con los humanos dándole la oportunidad de volver a servir, y los Na’vi quienes le mostrarán toda una nueva vida.![]()
La experiencia de vivir ‘Avatar’ en 3D pasa por muchos aspectos que la hacen una cinta tan especial. En primer lugar, es necesario que lleguemos a identificar a Pandora como un mundo existente, real y tan poderoso como se intenta exponer. Para esto Cameron da rienda suelta a efectos digitales sorprendentes, que pasan más allá de ser elementos de un mundo totalmente fantástico, hasta ser una brillante y a la vez desconocida realidad que al final de la proyección pareciera que hemos visitado. Pandora es enorme en todos los sentidos, su flora y fauna es un peligro latente para los humanos que viven en el lugar dentro de una pequeña colonia, y que solo se aventuran a lo salvaje por medio de los Avatar, o bien los poderosos trajes AMP, los que son una especie de exotraje robótico genialmente diseñado. En cada secuencia se puede descubrir lo exótico del lugar, ya sea viendo la amplia gama de animales e insectos que se crearon especialmente pensados para el 3D, así como la vegetación que en cada minuto nos da un espectáculo de luces y brillos que ya se nos había adelantado algo en el ‘Avatar Day’, con esa escena entre el Avatar de Jake y Neytiri en la noche dentro del bosque.
Pero una cinta no pueden ser solo imágenes, y muy por el contrario de lo que yo esperaba, ‘Avatar’ tiene una historia bien solida de fondo. No les voy a adelantar mucho pues creo que es necesario verla por completo y disfrutar de la premisa muy interesante. Sólo diré que la importancia de lo autóctono en la cinta es fundamental, y ahí es donde más se nota el largo trabajo en la creación de una historia que se ve fundada en un mundo que parece existiese de verdad. Pandora es rica en leyendas, mitología, y de forma especial como todo está interconectado sin perder ningún tipo de sentido. Dentro de ellos la atención principal se encuentra en los Na’vi, la raza originaria del planeta, que sorprende por su complejidad emocional. En ellos se nota un trabajo en reintentar muchas de las reacciones a las emociones humanas para hacerlas algo totalmente ajeno a nosotros, entregándonos momentos de sentimientos encontrados y encuentros para nosotros confusos.
Lo anterior es acompañado siempre por muy fantásticos personajes interpretados por una larga lista de estrellas Hollywoodenses. Es cierto que Sam Worthington en el papel principal de Jake Sully es mucho más interesante cuando está inmerso en su Avatar compartiendo con el resto de los Na’vi más que como el soldado minusválidos que es en la realidad. Esta falta de personaje humano importante se ve contrarrestada con la gran participación de Sigourney Weaver como la Dr. Grace Augustine, justa, contenida y necesaria se va haciendo durante la historia desde una perspectiva de acompañamiento. Así también Giovanni Ribisi como un inescrupuloso Parker Selfridge. Pero donde está el poder de los personajes humanos es en el Coronel Miles Quaritch, interpretado por Stephen Lang: Un tipo duro, decidido, fuerte y un espectacular estereotipo de soldado Norteamericano que de seguro se va a quedar marcada en la historia del cine por sus continuas frases para el bronce, como por ejemplo “we’ll fight terror with terror“. Tremendo.
‘Avatar’ es una de esas experiencias en el cine que no te pueden contar. Una de aquellas películas que tenemos que ver en el cine sin lugar a dudas para vivir una aventura tremenda, genial, sorprendente. Quizás sería mejor que en este review no les diéramos tantas expectativas para verla, y dejarlos que se hagan su propia opinión luego de volver de Pandora, al regreso de su primer vuelo en su Banshee, pero me es imposible no compartir el asombro. Lo mejor es sentarse en la butaca, ponerse los lentes 3D, y no esperar absolutamente nada para recibir las mejores sorpresas, y llevarse una tremenda sorpresa al ver uno de los finales más épicos de este año, y quizás de la década.
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Cuatro estilos para un mismo problema
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Decálogo para fracasar exitosamente
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Food Ad Tricks - Helping Kids Understand Food Ads on TV
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Ya se han ido Los Tres Reyes Magos de Oriente
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miércoles, 6 de enero de 2010
NO LES PAGUES A LOS MAFIOSOS DE LA SGAE
A continuación detallo la lista de sonsejos prácticos para evitar que el SGAE se quede con tu dinero. Esta lista fue desarrollada en la última reunión que la asociación de empresarios de Montijo y Comarca tuvo con abogados especialistas en derechos de autor, y os aseguramos que es absolutamente viable.
CONSEJOS PRACTICOS PARA LIBERARTE DE LA SGAE
1º_ Jamás firmes un contrato con ellos. (Recuerda que por mucho que te presionen no estas obligado)
2º_ En caso de tener un contrato firmado deberás resolverlo antes de poder seguir las indicaciones de este documento (Ponte en contacto con ADEMYC)
3º_ Envía carta burofax a la SGAE renunciando a la reproducción del repertorio SGAE y solicitando copia de la lista de socios de la entidad. Si no sabes hacerlo ponte en contacto con ADEMYC
4º_ Coloca en la puerta de tu local carteles visibles donde quede expresamente claro que renuncias a la reproducción del repertorio SGAE. Si tienes televisor anuncia bajo el mismo que solo lo utilizas para visualizar noticiarios, fútbol y toros. (Los carteles están disponibles en la sede de ADEMYC)
5º_ Si recibes la visita de un inspector de la SGAE, expúlsalo del local. Tienes derecho de admisión y ellos no representan ninguna autoridad. Si no quiere marcharse avisa a la policía y ponte en contacto con un representante de ADEMYC.
6º_ Utiliza música libre para ambientar tu local. En Internet podrás encontrar más de 150 millones de títulos; Pop, Rock, Folk, Clásicos, Jazz... (En caso de dificultades para identificarla o conseguirla, ponte en contacto con ADEMYC)
7º_ Si después de seguir todos estos consejos la SGAE se empeña en querer cobrarte, no te preocupes, ADEMYC defenderá tus intereses.
Teléfono de ADEMYC: 924453729
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martes, 5 de enero de 2010
Los Reyes Magos son verdad
Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escucharle como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el colegio, cuando ésta en voz algo baja, como con miedo, le dijo:- ¿Papa?
- Sí, hija, cuéntame...
- Oye, quiero... que me digas la verdad...
- Claro, hija. Siempre te la digo -respondió el padre un poco sorprendido.
- Es que... -titubeó Blanca.
- Dime, hija, dime.
- Papá, ¿existen los Reyes Magos?
El padre de Blanca se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo, que le miraba igualmente.
- Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?
La nueva pregunta de Blanca le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo:
- ¿Y tú qué crees, hija?
- Yo no se, papá: que sí y que no. Por un lado me parece que sí que existen porque tú no me engañas; pero como las niñas dicen eso...
- Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos pero...
- ¿Entonces es verdad? -cortó la niña con los ojos humedecidos- ¡Me habéis engañado!
- No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen -respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Blanca .
- Entonces no lo entiendo. papá.
- Siéntate, Blanquita, y escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla -dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado. Blanca se sentó entre sus padres ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:
- Cuando el Niño Jesus nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:
- ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.
- ¡Oh, sí! -exclamó Gaspar-. Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo. Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó:
- Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito... Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió y la voz de Dios se escuchó en el Portal:
- Sois muy buenos, queridos Reyes Magos, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?
- ¡Oh, Señor! -dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas. Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero no podemos tener tantos pajes, no existen tantos.
- No os preocupéis por eso -dijo Dios-. Yo os voy a dar, no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo.
- ¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible? -dijeron a la vez los tres Reyes Magos con cara de sorpresa y admiración.
- Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños? -preguntó Dios.
- Sí, claro, eso es fundamental - asintieron los tres Reyes.
- Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?
- Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje -respondieron cada vez más entusiasmados los tres.
- Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres? Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír:
- Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres Reyes Magos de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, YO, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos todos son más felices.
Cuando el padre de Blanca hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo:
- Ahora sí que lo entiendo todo papá.. Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado. Y corriendo, se dirigió a su cuarto, regresando con su hucha en la mano mientras decía:
- No sé si tendré bastante para compraros algún regalo, pero para el año que viene ya guardaré más dinero. Y todos se abrazaron mientras, a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos...
¡Feliz Navidad desde todas las partes del mundo!
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Moscow in slow motion
Slow Moscow from Andrey Stvolinsky on Vimeo.
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2012
El plano más significativo de la nueva superproducción de Roland Emmerich no es ninguno de los muchos que representan el Apocalipsis con un detallismo y una espectacularidad obscenos, embriagadores. Es aquel, apenas iniciado su desmesurado metraje, que nos muestra a Adrian Helmsley (Chiwetel Ejiofor) hojeando la lectura favorita de Ignatius Reilly, La consolación de la filosofía.Adrian está a punto de descubrir que, debido a los efectos de una tormenta solar especialmente virulenta, a nuestro planeta le queda poco para alborotarse «como un pollo olvidado en el microondas». Desde luego, ante tal coyuntura no están de más las reflexiones estoicas de Boecio, que animan a relativizar pasadas alegrías, apreciar la importancia de la mala fortuna para recuperar valores trascendentes, y aspirar al regreso a una Edad de Oro en la que la felicidad resida en conocerse racionalmente a sí mismo; jalones perceptibles, si se presta atención, de la ficción que nos ocupa.
Pero las ideas del pensador romano no son aplicables a Adrian: en su condición de brillante asesor presidencial, el científico tiene asegurado sin esfuerzo un billete a la salvación de unos pocos que preparan secretamente en el Himalaya las autoridades mundiales. Atañen más bien a Jackson Curtis (John Cusack), escritor de ciencia-ficción pluriempleado como conductor de limusinas a quien la destrucción pisa los talones sin descanso, aunque él logre salir indemne una y otra vez en el último instante merced a su única virtud palpable, la voluntad. Que, en cuanto humana, expresa para Boecio el movimiento de la razón y, por tanto, el camino correcto para cumplir con las etapas de perfeccionamiento reseñadas.
Promocionando su anterior película, El Día de Mañana (The Day After Tomorrow. 2004), Emmerich afirmaba no estar interesado en adaptar al cine cómics de superhéroes: “No los leo. Soy incapaz de hincarles el diente. No sé por qué el mundo necesita superhéroes”. Una declaración de principios corroborada por su filmografía, en la que abundan protagonistas sin atributos a quienes les resulta muy costoso influir en acontecimientos de proporciones titánicas; acontecimientos descritos por el director alemán con equiparables apuros estilísticos: sus cintas están hilvanadas por incontables tomas frontales de escasa movilidad, en las que actores y objetos tienden además a ocupar el centro del encuadre, redundando en un estatismo y una arritmia fatigosos. Si su cine hasta la fecha era ínfimo, no se debía a que lo conformasen préstamos y clichés, pulp y supercherías, oportunismo coyuntural, pompa y circunstancias. Sino a que, como sus personajes, Emmerich se ha desvelado impotente para hacer otra cosa que reconocer esos aspectos. Con la posible excepción de Stargate: Puerta a las Estrellas (Stargate. 1994), sus escaparates han manifestado carecer de una dinámica de conjunto, de una sinergia entre los materiales de desecho manejados y su reciclaje. Los ojos de Emmerich eran los de un adolescente no demasiado despierto que emulase a sus mayores —Cecil B. De Mille, Irwin Allen, Steven Spielberg— regido por principios únicamente cuantitativos. Lo que le ha llevado, ante la falta de resultados convincentes, a una práctica temeraria del corregido y aumentado saludada ya con irrisión por crítica y aficionados.
Sin embargo, en 2012 uno ha percibido por primera vez signos de madurez en Emmerich. Quién sabe si, como en el caso de Jackson Curtis, fruto del triunfo agónico de la voluntad, de la persistencia en el género de las disaster movies. Así, el humor que salpica los hechos en los momentos más inesperados presenta una elaboración mayor de lo acostumbrado. Los peajes discursivos y sentimentales son despachados con un laconismo expositivo que bordea la crueldad (véase la despedida televisada del presidente norteamericano). La realización hace gala de un vigor inusual, casi una euforia que, dado que estamos asistiendo a la muerte de miles de millones de personas, permite hablar de guilty pleasure no tanto, en esta ocasión, por la nula calidad de la película, sino en términos de ética audiovisual, que Emmerich parece debatir con insertos tan perturbadores durante la fastuosa, antológica destrucción de Los Ángeles como el de una niña llorando aterrorizada o unos oficinistas colgando sin posible escapatoria de un rascacielos abierto en canal. El divertimento sin sentido de la medida y una imaginería cataclísmica que roza por instantes lo surreal, son compatibles con ciertas reflexiones acerca de la universalidad del instinto de supervivencia, ejemplificadas por ese dramático plano/contraplano que hermana a un ser humano y un animal presos de la misma situación desesperada…
En tanto guionista y director, Emmerich continúa delatando numerosas insuficiencias; baste con citar ese clímax a varias bandas que resuelve muy confusamente. Pero a los aciertos consignados hay que sumar, por infantil y presuntuoso que pueda parecer viniendo de quien viene, una agenda política muy explícita, que certifica de la manera más gráfica posible el fin de Estados Unidos como superpotencia y el auge de China, así como las bondades de la Alianza de Civilizaciones (sic); y la inserción socarrona en lo narrado de claves culturales y mediáticas que enriquecen su disfrute (no suele contarse que Emmerich es un gran coleccionista de arte controvertido y con motivos sociopolíticos). Algunas de esas claves son obvias, como las referidas a Isabel II de Inglaterra, Arnold Schwarzenegger y Lady Di. Otras no tanto: el nombre del investigador enloquecido que interpreta Woody Harrelson remite al del escritor y explorador de lo oculto Charles Fort (1874-1932); el del afable presidente Thomas Wilson (Danny Glover), al del asimismo mandatario estadounidense Thomas Woodrow Wilson, impulsor de la Sociedad de Naciones y ganador del Premio Nobel de la Paz. Y el epicentro del tsunami que acaba arrojando el portaaviones USS John F. Kennedy contra la Casa Blanca se localiza en la bahía de Chesapeake, donde el hermano del presidente asesinado, el senador Edward Kennedy, dejó asfixiándose a Mary Jo Kopechne.En su superficie, 2012 representa otra pica de Roland Emmerich en la nada cinematográfica. Soterradamente, da testimonio de un tipo sin grandes aptitudes que, al menos, empieza a conocerse a sí mismo y a gestionar con habilidad sus limitaciones e intereses. De ahí a encadenar películas potables, a lo mejor no hay mucho trecho. «Sólo el ejercicio y la paciencia robustecen las virtudes» (Boecio).
Por Diego Salgado
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Etiquetas: Cine
lunes, 4 de enero de 2010
Barba Azul
Érase una vez un hombre que tenía hermosas casas en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y plata, muebles forrados en finísimo brocado y carrozas todas doradas. Pero desgraciadamente, este hombre tenía la barba azul; esto le daba un aspecto tan feo y terrible que todas las mujeres y las jóvenes le arrancaban.Una vecina suya, dama distinguida, tenía dos hijas hermosísimas. Él le pidió la mano de una de ellas, dejando a su elección cuál querría darle. Ninguna de las dos quería y se lo pasaban una a la otra, pues no podían resignarse a tener un marido con la barba azul. Pero lo que más les disgustaba era que ya se había casado varias veces y nadie sabia qué había pasado con esas mujeres.
Barba Azul, para conocerlas, las llevó con su madre y tres o cuatro de sus mejores amigas, y algunos jóvenes de la comarca, a una de sus casas de campo, donde permanecieron ocho días completos. El tiempo se les iba en paseos, cacerías, pesca, bailes, festines, meriendas y cenas; nadie dormía y se pasaban la noche entre bromas y diversiones. En fin, todo marchó tan bien que la menor de las jóvenes empezó a encontrar que el dueño de casa ya no tenía la barba tan azul y que era un hombre muy correcto.
Tan pronto hubieron llegado a la ciudad, quedó arreglada la boda. Al cabo de un mes, Barba Azul le dijo a su mujer que tenía que viajar a provincia por seis semanas a lo menos debido a un negocio importante; le pidió que se divirtiera en su ausencia, que hiciera venir a sus buenas amigas, que las llevara al campo si lo deseaban, que se diera gusto.
—He aquí, le dijo, las llaves de los dos guardamuebles, éstas son las de la vajilla de oro y plata que no se ocupa todos los días, aquí están las de los estuches donde guardo mis pedrerías, y ésta es la llave maestra de todos los aposentos. En cuanto a esta llavecita, es la del gabinete al fondo de la galería de mi departamento: abrid todo, id a todos lados, pero os prohibo entrar a este pequeño gabinete, y os lo prohibo de tal manera que si llegáis a abrirlo, todo lo podéis esperar de mi cólera.
Ella prometió cumplir exactamente con lo que se le acababa de ordenar; y él, luego de abrazarla, sube a su carruaje y emprende su viaje.
Las vecinas y las buenas amigas no se hicieron de rogar para ir donde la recién casada, tan impacientes estaban por ver todas las riquezas de su casa, no habiéndose atrevido a venir mientras el marido estaba presente a causa de su barba azul que les daba miedo.
De inmediato se ponen a recorrer las habitaciones, los gabinetes, los armarios de trajes, a cual de todos los vestidos más hermosos y más ricos. Subieron en seguida a los guardamuebles, donde no se cansaban de admirar la cantidad y magnificencia de las tapicerías, de las camas, de los sofás, de los bargueños, de los veladores, de las mesas y de los espejos donde uno se miraba de la cabeza a los pies, y cuyos marcos, unos de cristal, los otros de plata o de plata recamada en oro, eran los más hermosos y magníficos que jamas se vieran. No cesaban de alabar y envidiar la felicidad de su amiga quien, sin embargo, no se divertía nada al ver tantas riquezas debido a la impaciencia que sentía por ir a abrir el gabinete del departamento de su marido.
Tan apremiante fue su curiosidad que, sin considerar que dejarlas solas era una falta de cortesía, bajó por una angosta escalera secreta y tan precipitadamente, que estuvo a punto de romperse los huesos dos o tres veces. Al llegar á la puerta del gabinete, se detuvo durante un rato, pensando en la prohibición que le había hecho su marido, y temiendo que esta desobediencia pudiera acarrearle alguna desgracia. Pero la tentación era tan grande que no pudo superarla: tomó, pues, la llavecita y temblando abrió la puerta del gabinete.
Al principio no vio nada porque las ventanas estaban cerradas; al cabo de un momento, empezó a ver que el piso se hallaba todo cubierto de sangre coagulada, y que en esta sangre se reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas y atadas a las murallas (eran todas las mujeres que habían sido las esposas de Barba Azul y que él había degollado una tras otra).
Creyó que se iba a morir de miedo, y la llave del gabinete que había sacado de la cerradura se le cayó de la mano. Después de reponerse un poco, recogió la llave, volvió a salir y cerró la puerta; subió a su habitación para recuperar un poco la calma; pero no lo lograba, tan conmovida estaba.
Habiendo observado que la llave del gabinete estaba manchada de sangre, la limpió dos o tres veces, pero la sangre no se iba; por mucho que la lavara y aún la resfregara con arenilla, la sangre siempre estaba allí, porque la llave era mágica, y no había forma de limpiarla del todo: si se le sacaba la mancha de un lado, aparecía en el otro.
Barba Azul regresó de su viaje esa misma tarde diciendo que en el camino había recibido cartas informándole que el asunto motivo del viaje acababa de finiquitarse a su favor. Su esposa hizo todo lo que pudo para demostrarle que estaba encantada con su pronto regreso.
Al día siguiente, él le pidió que le devolviera las llaves y ella se las dio, pero con una mano tan temblorosa que él adivinó sin esfuerzo todo lo que había pasado.
—¿Y por qué, le dijo, la llave del gabinete no está con las demás?
—Tengo que haberla dejado, contestó ella allá arriba sobre mi mesa.
—No dejéis de dármela muy pronto, dijo Barba Azul.
Después de aplazar la entrega varias veces, no hubo más remedio que traer la llave.
Habiéndola examinado, Barba Azul dijo a su mujer:
—¿Por qué hay sangre en esta llave?
—No lo sé, respondió la pobre mujer, pálida corno una muerta.
—No lo sabéis, repuso Barba Azul, pero yo sé muy bien. ¡Habéis tratado de entrar al gabinete! Pues bien, señora, entraréis y ocuparéis vuestro lugar junto a las damas que allí habéis visto.
Ella se echó a los pies de su marido, llorando y pidiéndole perdón, con todas las demostraciones de un verdadero arrepentimiento por no haber sido obediente. Habría enternecido a una roca, hermosa y afligida como estaba; pero Barba Azul tenía el corazón más duro que una roca.
—Hay que morir, señora, le dijo, y de inmediato.
—Puesto que voy a morir, respondió ella mirándolo con los ojos bañados de lágrimas, dadme un poco de tiempo para rezarle a Dios.
—Os doy medio cuarto de hora, replicó Barba Azul, y ni un momento más.
Cuando estuvo sola llamó a su hermana y le dijo:
—Ana, (pues así se llamaba), hermana mía, te lo ruego, sube a lo alto de la torre, para ver si vienen mis hermanos, prometieron venir hoy a verme, y si los ves, hazles señas para que se den prisa.
La hermana Ana subió a lo alto de la torre, y la pobre afligida le gritaba de tanto en tanto;
—Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
—No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.
Mientras tanto Barba Azul, con un enorme cuchillo en la mano, le gritaba con toda sus fuerzas a su mujer:
—Baja pronto o subiré hasta allá.
—Esperad un momento más, por favor, respondía su mujer; y a continuación exclamaba en voz baja: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Y la hermana Ana respondía:
—No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.
—Baja ya, gritaba Barba Azul, o yo subiré.
—Voy en seguida, le respondía su mujer; y luego suplicaba: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
—Veo, respondió la hermana Ana, una gran polvareda que viene de este lado.
—¿Son mis hermanos?
—¡Ay, hermana, no! es un rebaño de ovejas.
—¿No piensas bajar? gritaba Barba Azul.
—En un momento más, respondía su mujer; y en seguida clamaba: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Veo, respondió ella, a dos jinetes que vienen hacia acá, pero están muy lejos todavía... ¡Alabado sea Dios! exclamó un instante después, son mis hermanos; les estoy haciendo señas tanto como puedo para que se den prisa.
Barba Azul se puso a gritar tan fuerte que toda la casa temblaba. La pobre mujer bajó y se arrojó a sus pies, deshecha en lágrimas y enloquecida.
—Es inútil, dijo Barba Azul, hay que morir.
Luego, agarrándola del pelo con una mano, y levantando la otra con el cuchillo se dispuso a cortarle la cabeza. La infeliz mujer, volviéndose hacia él y mirándolo con ojos desfallecidos, le rogó que le concediera un momento para recogerse.
—No, no, dijo él, encomiéndate a Dios; y alzando su brazo...
En ese mismo instante golpearon tan fuerte a la puerta que Barba Azul se detuvo bruscamente; al abrirse la puerta entraron dos jinetes que, espada en mano, corrieron derecho hacia Barba Azul.
Este reconoció a los hermanos de su mujer, uno dragón y el otro mosquetero, de modo que huyó para guarecerse; pero los dos hermanos lo persiguieron tan de cerca, que lo atraparon antes que pudiera alcanzar a salir. Le atravesaron el cuerpo con sus espadas y lo dejaron muerto. La pobre mujer estaba casi tan muerta como su marido, y no tenía fuerzas para levantarse y abrazar a sus hermanos.
Ocurrió que Barba Azul no tenía herederos, de modo que su esposa pasó a ser dueña de todos sus bienes. Empleó una parte en casar a su hermana Ana con un joven gentilhombre que la amaba desde hacía mucho tiempo; otra parte en comprar cargos de Capitán a sus dos hermanos; y el resto a casarse ella misma con un hombre muy correcto que la hizo olvidar los malos ratos pasados con Barba Azul.
MORALEJA
La curiosidad, teniendo sus encantos,
a menudo se paga con penas y con llantos;
a diario mil ejemplos se ven aparecer.
Es, con perdón del sexo, placer harto menguado;
no bien se experimenta cuando deja de ser;
y el precio que se paga es siempre exagerado.
OTRA MORALEJA
Por poco que tengamos buen sentido
y del mundo conozcamos el tinglado,
a las claras habremos advertido
que esta historia es de un tiempo muy pasado;
ya no existe un esposo tan terrible,
ni capaz de pedir un imposible,
aunque sea celoso, antojadizo.
Junto a su esposa se le ve sumiso
y cualquiera que sea de su barba el color,
cuesta saber, de entre ambos, cuál es amo y señor.
Autor: CHARLES PERRAULT
Escrito por
Penagos
a las
7:20
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Etiquetas: Cuento


























